Ilustración de la batalla de Lepanto
455 años
Lepanto, 1571: la batalla que acabó con el mito de la invencibilidad otomana
El 7 de octubre de 1571, la victoria de la Liga Santa en Lepanto quebró el mito de la invencibilidad otomana y consagró a don Juan de Austria como una de las grandes figuras militares de su tiempo
Era la mañana del 7 de octubre de 1571, apenas se veía el mar y frente a las costas griegas centenares de galeras ocupaban el horizonte. Mástiles, velas, estandartes, remos. Miles de hombres apiñados sobre cubiertas de madera aguardaban una batalla de la que muchos no regresarían.
Delante tenían una de las fuerzas militares más temidas de su tiempo: la armada del Imperio otomano. Cuando comenzó el combate, el Mediterráneo desapareció bajo el humo.
Las galeazas cristianas abrieron fuego mientras las galeras avanzaban impulsadas por centenares de remeros; los cañones disparaban prácticamente a quemarropa. Después llegaron los arcabuces y, finalmente, aquello dejó de parecer una batalla naval.
Las proas chocaban, los garfios atrapaban las embarcaciones enemigas y los soldados saltaban de una cubierta a otra para luchar con espadas, picas y arcabuces sobre barcos convertidos en pequeños campos de batalla flotantes.
En el centro de aquella carnicería navegaba una galera imposible de confundir: La Real, capitana de la flota cristiana. Construida en las Atarazanas de Barcelona, pintada y ornamentada en rojo y oro, llevaba a bordo alrededor de 550 hombres. Allí estaba también el comandante supremo de la expedición. Se llamaba don Juan de Austria y tenía apenas veinticuatro años. Frente a él se encontraba La Sultana, la galera de Alí Pachá, comandante de la flota otomana.
Las dos naves terminaron embistiéndose y quedaron trabadas. A partir de ese momento la batalla por el centro se convirtió en una lucha feroz por conquistar las cubiertas enemigas. Los soldados cristianos atacaron una vez, pero fueron rechazados.
Volvieron a atacar y durante horas se combatió prácticamente cuerpo a cuerpo hasta que los hombres de la Liga consiguieron hacerse con la nave otomana. Alí Pachá murió durante el combate. La caída de su insignia y la pérdida de la galera del comandante tuvieron un efecto devastador sobre los suyos.
Cervantes en Lepanto, imaginado por el pintor Augusto Ferrer-Dalmau en 2016
Mientras tanto, en otro punto de aquella inmensa batalla, un soldado español enfermo de fiebre se negaba a permanecer bajo cubierta. Quiso combatir y recibió varios disparos de arcabuz; dos alcanzaron su pecho y otro le inutilizó la mano izquierda. Se llamaba Miguel de Cervantes. Años después recordaría Lepanto como «la más alta ocasión» que habían visto los siglos. No exageraba demasiado. En aquellas aguas se enfrentaron centenares de embarcaciones y decenas de miles de hombres en la mayor confrontación de galeras de la historia.
Pero para comprender qué hacían allí todos aquellos hombres hay que retroceder varias décadas y también hay que conocer la extraordinaria historia del joven que los mandaba. Don Juan de Austria era hijo de Carlos V, aunque durante los primeros años de su vida nadie debía saberlo.
Había nacido fuera del matrimonio del emperador y durante su infancia fue conocido como 'Jeromín'. Creció lejos de la Corte y terminó bajo el cuidado de Luis de Quijada y de su esposa, Magdalena de Ulloa. Carlos V había dispuesto que aquel hijo suyo fuera reconocido después de su muerte y Felipe II cumplió la voluntad paterna.
Aquel muchacho era, por tanto, hermanastro del rey de España, pero había una diferencia fundamental entre ambos. Felipe había nacido para gobernar y desde niño había sido educado para soportar la enorme responsabilidad de una monarquía extendida por varios continentes. Don Juan, en cambio, parecía hecho para la acción.
Y el Mediterráneo necesitaba precisamente hombres de acción, y más en aquel momento. Carlos V había pasado buena parte de su reinado intentando contener la formidable expansión otomana. Desde la conquista de Constantinopla en 1453, el Imperio otomano se había convertido en una de las grandes potencias del mundo. Solimán el Magnífico había llevado sus ejércitos hasta las puertas de Viena en 1529 y el dominio otomano se extendía por buena parte del Mediterráneo oriental.
La amenaza no desapareció con Carlos V y fue una de las cosas que heredó su hijo Felipe II. A ella se añadía otro peligro especialmente doloroso para las poblaciones costeras: la actividad de los corsarios berberiscos, que atacaban las costas cristianas, saqueaban poblaciones y capturaban hombres y mujeres que después eran vendidos como esclavos. El Mediterráneo del siglo XVI no era precisamente un lugar tranquilo.
La batalla de Lepanto, en una obra de Antonio Brugada
En 1570 llegó la provocación definitiva: los otomanos atacaron Chipre, territorio de la República de Venecia. La caída de la isla alteraba seriamente el equilibrio mediterráneo y el Papa Pío V comenzó a impulsar algo que llevaba años pareciendo casi imposible: que las potencias cristianas dejaran momentáneamente a un lado sus rivalidades y combatieran juntas.
Así nació la Liga Santa. La alianza reunió fundamentalmente a la Monarquía Hispánica de Felipe II, Venecia y los Estados Pontificios, junto con otras fuerzas cristianas. Sus capitulaciones se firmaron el 24 de mayo de 1571. El objetivo era proteger los territorios cristianos del Mediterráneo y contener el avance otomano.
Quedaba una cuestión decisiva. ¿Quién mandaría aquella enorme flota? Felipe II eligió a su hermano, don Juan de Austria. Era joven, pero ya había demostrado su capacidad militar en la guerra de las Alpujarras. Y, sobre todo, a su alrededor había hombres de extraordinaria experiencia: Luis de Requesens, Juan Andrea Doria, Alejandro Farnesio y uno de los mejores marinos españoles del siglo XVI, Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz.
La flota se concentró en Mesina y el 16 de septiembre puso rumbo hacia el este. No todos estaban convencidos de que buscar una batalla frontal fuese una buena idea. Una derrota podía dejar prácticamente abierto el Mediterráneo occidental a la flota otomana.
Pero don Juan decidió combatir y en la mañana del 7 de octubre las dos armadas terminaron encontrándose. La flota cristiana se desplegó formando una larga línea. El ala izquierda quedó al mando del veneciano Agostino Barbarigo; el centro, bajo don Juan de Austria; el ala derecha, bajo Juan Andrea Doria.
Detrás permanecía una reserva comandada por Álvaro de Bazán. Enfrente, los otomanos desplegaron sus propias fuerzas bajo el mando de Alí Pachá y entonces comenzó el infierno. Las seis enormes galeazas situadas por delante de la formación cristiana castigaron con su artillería a las galeras otomanas antes de que llegaran al choque principal.
Después las dos líneas se encontraron. En el ala izquierda los combates fueron feroces; en la derecha, Uluj Alí consiguió aprovechar la separación de algunas unidades cristianas e intentó envolverlas.
'Batalla de Lepanto', por José Ferre Clauzel (2021)
Durante unos momentos la situación fue peligrosísima. La intervención de la reserva de Álvaro de Bazán resultó fundamental para contenerlo y obligarlo finalmente a retirarse. Pero el corazón de Lepanto estaba en el centro y allí se enfrentaban La Real y La Sultana.
Cuando la nave de Alí Pachá cayó en manos cristianas, la batalla comenzó a decidirse. Al caer la tarde, la victoria de la Liga Santa era incontestable. Las dimensiones del desastre otomano fueron enormes. Decenas de galeras fueron hundidas y más de un centenar acabaron capturadas según algunos recuentos posteriores.
Miles de hombres murieron o fueron hechos prisioneros y alrededor de 12.000 esclavos cristianos que remaban en las embarcaciones otomanas recuperaron la libertad. Europa celebró la noticia como una liberación. Lepanto hizo algo quizá todavía más importante que destruir una flota: destruyó un miedo. El Imperio otomano había parecido durante décadas una fuerza prácticamente imparable. El 7 de octubre de 1571 quedó demostrado que podía ser derrotado.
Eso no significa, como tantas veces se cuenta, que el poder otomano desapareciera aquella tarde. Constantinopla reconstruyó con sorprendente rapidez su flota y las divisiones entre los miembros de la Liga impidieron explotar militarmente la victoria todo lo que hubiera sido posible. Venecia acabaría incluso alcanzando posteriormente un acuerdo con los otomanos, pero nada volvió a ser exactamente igual.
Lepanto frenó la sensación de invencibilidad otomana, reforzó la posición de Felipe II en el Mediterráneo y convirtió a don Juan de Austria en uno de los hombres más famosos de Europa.
El hijo ilegítimo de Carlos V, aquel niño llamado Jeromín que había crecido lejos de la Corte sin saber siquiera públicamente quién era su padre, regresaba convertido en el vencedor de Lepanto. Y entre los miles de hombres que sobrevivieron aquel día regresó también aquel soldado herido en una mano.
Miguel de Cervantes nunca permitió que aquella herida fuese considerada una desgracia. Haber combatido allí era para él motivo de orgullo, probablemente porque comprendió mejor que nadie lo que había sucedido aquella mañana.
El 7 de octubre de 1571 dos mundos se encontraron sobre las aguas del Mediterráneo y durante unas horas el destino de Europa se decidió sobre las cubiertas ensangrentadas de unas galeras.