El templo mayor en Tenochtitlan por Diego Rivera

Así era Tenochtitlan cuando llegó Hernán Cortés: la gran ciudad mexica que maravilló a los españoles

¿Cómo fue, realmente, la mítica Tenochtitlan? ¿Fue efectivamente tan grandiosa y espectacular como la definieron aquellos españoles?

Cuando aquella singular tropa de europeos meridionales entró en la capital de los mexicas, el 8 de noviembre de 1519, ya llevaba varios meses en el nuevo territorio de tierra firme y había podido admirar una sorprendente arquitectura que nada tenía que ver con la de los pueblos que habitaban las islas del Caribe y que se habían ido incorporando, paulatinamente, a la Corona.

En Cempoala, en Cholula y en otras ciudades conquistadas, existían templos, pirámides escalonadas, murales, esculturas y relieves que les habían impresionado por su magnitud. Pero nada era comparable a aquella populosa ciudad construida sobre una isla.

Allí, en Tenochtitlan, las dimensiones de los templos y palacios eran sobrecogedoras y sobre ellos flameaban estandartes de vivos colores tejidos con plumas; las estatuas y relieves estaban policromados en rojos, verdes y azules; la mayor parte de las calzadas estaban empedradas y las plazas principales tenían suelos de mármol y, además de los puentes y diques, había acueductos que llevaban agua potable al interior de la ciudad.

De hecho, Cortés mostrará su admiración por la capital de los mexicas en su segunda carta de relación a Carlos V, del 30 de octubre de 1520 (quien, por cierto, acababa de ser coronado una semana antes en Aquisgrán como rey de romanos). La define como la «más maravillosa y rica de todas» y la equipara a Córdoba y Sevilla. Por su parte, el cronista y compañero de armas Bernal Díaz del Castillo reconocería: «Nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís...».

Estos testimonios tienen un valor especial porque ambos conocieron la ciudad antes de su caída, el 13 de agosto de 1521. Otros cronistas de la época, como Bernardino de Sahagún o Cervantes de Salazar, elogiaron la ciudad, pero basándose en testimonios de los hombres del de Medellín, ya que llegaron a Nueva España en años posteriores, cuando México-Tenochtitlan ya había sido destruida y estaba en un proceso de reconstrucción que la transformaría radicalmente.

Aunque también hay que matizar que los testimonios tanto de Cortés como de Bernal no eran inocentes, ya que, usando hipérboles y poniendo en mucho valor aquella ciudad-isla, también valoraban, igualmente, la epopeya de su conquista.

Pero ¿cómo fue, realmente, la mítica Tenochtitlan? ¿Fue efectivamente tan grandiosa y espectacular como la definieron aquellos españoles?

Vista de la ciudad de Tenochtitlan (o México Tenochtitlan)

Los orígenes de la fundación están envueltos en un halo de leyenda. Huitzilopochtli, posiblemente el más poderoso y el más sangriento de los dioses del panteón mexica, ordenó a su pueblo abandonar Aztlán (de ahí el término azteca, es decir, los habitantes de Aztlán), un indeterminado lugar del norte, y emigrar hacia el sur hasta que encontrasen un águila devorando a una serpiente sobre un nopal que crecía sobre una roca.

En 1325 se produjo el milagroso avistamiento en un pequeño islote del lago de Texcoco y allí se establecieron. Por supuesto, tanto la fecha como el águila culebrera sobre el cactus tienen más de mito que de realidad histórica.

Tenochtitlan se encontraba en una isla dentro de una cuenca natural rodeada por montañas y volcanes desde donde descendían corrientes de agua que desembocaban en cinco lagos y, como señala la historiadora Jessica Ramírez Méndez, «cada uno con distinta profundidad y variaciones en su nivel de salinidad debido a los minerales presentes», lo que influía en la «coloración de sus aguas, que variaban del azul grisáceo al verde turquesa».

Los lagos del norte, Zumpango y Xaltocan (en la isla principal de este último lago, por cierto, se desarrolló una civilización notable y anterior a la propia Tenochtitlan), eran de agua salobre. Al oriente se encontraba el mayor de los lagos, el de Texcoco, nombrado así por la segunda ciudad en importancia de la Triple Alianza (la que componían Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan). Este lago es el que contenía mayor contenido en sal, mientras que los lagos del sur, Xochimilco y Chalco, eran los únicos de agua dulce.

Casi doscientos años después, aquel grupo de migrantes de Aztlán, reconvertidos en mexicas, había sometido a la mayoría de los pueblos vecinos y se encontraba en la cúspide de su poder. En cuanto a su ciudad-isla, la habían venido ampliando artificialmente, ganando terreno al lago mediante rellenos y chinampas (un sistema de cultivo apropiado para medios acuáticos, pero que producía una desecación paulatina).

Para 1519, se calcula que la ciudad lacustre se extendía unos 13 kilómetros cuadrados. La ciudad, como señalé al principio, tenía un gran centro ceremonial, un enorme mercado que, según Cortés, era tan grande como la entera ciudad de Salamanca (una clara exageración), numerosos canales por los que pululaban las canoas, tres calzadas que la unían con tierra firme, con un sistema de puentes desmontables a tramos por razones defensivas y que resultaron una auténtica pesadilla para españoles y tlaxcaltecas durante la huida de la «Noche Triste».

Tenochtitlan y Golfo de Mexico 1524

Contaba también con un puerto principal en la zona este que lo conectaba mediante canoa con Texcoco sin necesidad de rodear el lago y una serie de diques, el más importante, el de Nezahualcóyotl, que, por cierto, rompieron los hombres de Cortés para dar acceso a los bergantines construidos con la finalidad de asediar la ciudad en 1521.

Estas tres calzadas principales eran las de Iztapalapa, en el sur, que era la más larga y al final de la cual, ya entrando en la ciudad, tuvo lugar el célebre encuentro entre Cortés y Moctezuma; la del oeste era la de Tlacopan, la más corta, razón por la cual fue la que usaron los hombres del extremeño en su huida durante la «Noche Triste»; y la de Tepeyac, al norte. Las tres calzadas convergían en la plaza del Templo Mayor.

Centrándonos, ahora, en el recinto ceremonial, sobresalía el propio templo, una enorme pirámide escalonada de unos 60 metros de altura, decorada en vivos colores y dedicada a los dioses Huitzilopochtli y Tláloc. Este gran edificio estaba rodeado por diversos templos menores dedicados a otras deidades, por el cuauhxicalco, en donde se depositaban corazones de sacrificados y en donde se incineraba a los nobles para preparar su viaje al inframundo, por el estadio dedicado al juego de pelota y por un edificio de fuerte contenido religioso y ceremonial, la Casa de las Águilas.

A orillas del Templo Mayor destacaba el tzompantli, en donde se empalaban los cráneos de los sacrificados (Cortés habló de miles de cráneos apilados). Tras decapitar a las víctimas, los cráneos eran preparados y se les extraían el cuero cabelludo, el cerebro y los ojos, lo que no evitaba cierto grado de putrefacción; junto a los permanentes sacrificios que tenían lugar en el templo, esto generaba en el recinto un intenso olor nauseabundo que la quema de abundante resina de copal no podía disipar.

Bernal llegó a decir: «En los mataderos de Castilla no había tanto hedor». No muy lejos de la plaza mayor se encontraban los principales palacios, como el de Moctezuma o el de su padre Axayácatl, en donde permanecieron los españoles hasta su huida.

Me puedo imaginar al sacerdote contemplando la ciudad desde el altar del templo, tras sacrificar a algún castellano capturado en la «Noche Triste». Con la túnica embadurnada en sangre, envuelto en el tronar de tambores y el quejido de caracolas, con los ojos vidriosos por la fina lluvia estival transportada por Ehécatl, escudriñando la larga calzada de Iztapalapa, flanqueada, a su vez, por numerosos canales y por casas y palacios de reflejos nacarados, edificios construidos con concha y estuco.

Ahora bien, ¿era esta enorme ciudad, de población indeterminada, representativa de una cultura de inicios de la Edad del Cobre o estamos ante una civilización mucho más avanzada en todos los órdenes?

La respuesta, pese a las interesadas exageraciones de Bernal y Cortés, es la primera. Aunque no es exactamente comparable. En Mesopotamia o en Egipto existieron, de hecho, civilizaciones más avanzadas y ya instaladas en la Edad del Bronce, como los sumerios, que construían zigurats como el de Ur hacia el 2100 antes de Cristo, o el Egipto faraónico, que construyó las grandes pirámides de Guiza hacia el 2500 antes de Cristo.

La gran diferencia es que Hernán Cortés no descubrió las ruinas de una gran civilización clásica, sino que la descubrió en su máximo apogeo. Un caso absolutamente único y fascinante en la historia de la humanidad.