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Escena interpretada como canibalismo en el Códice Magliabechiano

Escena interpretada como canibalismo en el Códice MagliabechianoWikimedia Commons

Sacrificios y violencia ritual en la América precolombina: lo que revelan las fuentes históricas

La evidencia histórica y arqueológica cuestiona la visión edulcorada de la América precolombina y obliga a reconsiderar algunas de sus prácticas más incómodas

Hay temas que incomodan porque obligan a abandonar la comodidad del relato ordinario, y uno de ellos, y no menor, es el canibalismo en la América precolombina. Durante décadas, se ha diluido hasta hacerlo irreconocible, como si hubiera sido anecdótico. Y es imprescindible tenerlo en cuenta en la historia de los pueblos precolombinos.

La tentación de imaginar una suerte de edad de oro en la que el ser humano habría vivido en armonía consigo mismo y con su entorno es tan antigua como persistente. Pero la historia no confirma nada semejante: ninguna civilización ha estado exenta de violencia ni de conflicto.

Cambian las formas, pero no la sustancia, y lo humano atraviesa todos los tiempos. Y, desde luego, idealizar el pasado no lo ennoblece: lo distorsiona. Y solo desde la aceptación de esa incómoda complejidad puede construirse un conocimiento histórico que no sea una proyección de deseos, sino una comprensión honesta de lo que fuimos y, en gran medida, seguimos siendo.

Tzompantli asociado al Templo Mayor, Códice Ramírez

Tzompantli asociado al Templo Mayor, Códice Ramírez

Las fuentes y la arqueología son muy específicas: hablan y lo hacen con una claridad que para algunos resulta complejo asumir. Entre ellas destaca la obra de fray Bernardino de Sahagún, cuyo valor es difícil exagerar. Su Historia general de las cosas de Nueva España, construida a partir de informantes indígenas y escrita en castellano y náhuatl, describe un sistema religioso en el que el sacrificio humano no era una excepción, sino un elemento estructural.

En el Libro II, dedicado a las ceremonias, recoge prácticas que muestran hasta qué punto la muerte ritual estaba integrada en la vida colectiva.

Sahagún no oculta su juicio moral, pero tampoco altera los hechos, y es precisamente en esa tensión donde su testimonio adquiere mayor valor. En un pasaje muy conocido, escribe: «Estas matanzas y sacrificios de hombres son cosas muy horribles y contra la ley de Dios; por ello fue gran obra de misericordia que viniesen los españoles a destruir semejantes monstruos…».

No es una frase aislada ni retórica. Es la conclusión de quien vivió en primera persona tales atrocidades, registrada en sus escritos metódicamente. Y su testimonio, desgraciadamente, no se refiere únicamente al sacrificio ocasional. La arqueología, lejos de suavizar estas afirmaciones, las refuerza, y el hallazgo del tzompantli de Tenochtitlán —una gran estructura de cráneos descubierta en el Templo Mayor— ha documentado la presencia de cientos de restos humanos ensamblados en torres rituales. Y no, no se trata de una metáfora: es una arquitectura de la muerte, vinculada al sacrificio sistemático.

A ello se suman las representaciones indígenas, porque los códices muestran escenas en las que los cuerpos sacrificados son procesados, cocinados y distribuidos. No son imágenes alegóricas, sino registros visuales de prácticas bien conocidas por quienes las pintaron.

Torre de calaveras en Tenochtitlán, con los restos de hombres, mujeres y niños víctimas de los sacrificios humanos en el Imperio azteca

Torre de calaveras en Tenochtitlán, con los restos de hombres, mujeres y niños víctimas de los sacrificios humanos en el Imperio azteca

Porque, más allá del rito, emerge otra realidad que hoy tendemos a eludir, y cuyos macabros detalles me reservo, aunque cualquier lector puede acercarse a ellos. Las fuentes muestran que la carne humana no quedó confinada al espacio sagrado, ya que, en determinados contextos, circuló, se distribuyó y, en ocasiones, se comerció con ella. Algunos testimonios aluden a su presencia en mercados, junto a otros alimentos, lo que indica un grado de integración que no puede explicarse solo como excepción ceremonial.

Del mismo modo, diversas crónicas recogen situaciones en las que la vida humana podía ser entregada, intercambiada o sometida a lógicas de subordinación extrema. Y no estamos ante una metáfora cultural, sino ante prácticas que implicaban la cosificación radical del individuo.

También Bartolomé de las Casas, cuya autoridad moral nadie discute, menciona episodios de antropofagia en el Caribe. Y lo hace sin complacencia, pero también sin negación. Ese dato, en sí mismo, debería bastar para alejarnos de cualquier lectura simplificadora. ¿Qué hacer, entonces, con esta evidencia? Porque negarla es intelectualmente insostenible.

Pero hay una conclusión que sí puede sostenerse con firmeza: la llegada de los españoles supuso una ruptura real en este ámbito, que incluso el propio Hernán Cortés conoció de primera mano, buscando la finalización de estas prácticas que, si bien no fue inmediata ni perfecta, sí fue efectiva.

Lo conocieron y reflejaron también Francisco López de Gómara, Bernal Díaz del Castillo o el propio Inca Garcilaso, entre otras numerosas fuentes. La implantación del orden cristiano terminó con prácticas que implicaban la muerte organizada de seres humanos y su consumo, y lo hizo de manera irreversible, por lo cual los descendientes actuales deberían sentirse profundamente aliviados.

Esto no convierte la conquista en un proceso idílico; como en cualquier lugar y cualquier momento de la historia, la violencia existió y está bien documentada. Pero reducirla a una única dimensión es tan pobre como negar lo anterior.

Hay, además, otro elemento que conviene recordar. Mientras en buena parte de la América anglosajona las culturas indígenas fueron desplazadas o aniquiladas sin apenas mediación, en la América hispana se produjo un esfuerzo notable por comprender, registrar y preservar sus costumbres, sus lenguas, sus tradiciones y prácticas cotidianas, hasta el punto de que gran parte de la población actual hispanoamericana es hija de indígenas y españoles.

Bernardino de Sahagún

Bernardino de Sahagún

Sin Bernardino de Sahagún, sin los códices, sin ese impulso por traducir y fijar el mundo indígena, hoy sabríamos mucho menos. Y, si los indígenas que conocieron los españoles hubieran sido tratados como las tribus de América del Norte, hoy serían una minoría que habitaría, diezmada, enferma y paupérrima, en reservas aisladas.

La paradoja es evidente: quienes transformaron aquel mundo fueron también quienes, en gran medida, lo hicieron inteligible para nosotros y quienes lograron la supervivencia de su cultura y de su propia población. Quienes salvaron a una gran parte de la población también terminaron formando parte de sus orígenes, porque no fueron ajenos a ellos.

No se puede falsear la historia para justificar ideologías en el presente. Y quizá ha llegado el momento de aceptar que algunas de esas verdades no encajan bien en los relatos que nos hemos acostumbrado a escuchar, porque ni todo fue barbarie ni todo fue inocencia.

Pero, en cualquier caso, se dieron prácticas que no pueden relativizarse. Y hubo rupturas que cambiaron el curso de una civilización cuyos aspectos más crueles la conducían inevitablemente hacia su propia decadencia.

Citar estas terribles prácticas con precisión no es ideología. Es, simplemente, hacer historia. Y, para conocer, juzgar o acercarse a la verdad, es imprescindible atenerse a ella, una norma útil para príncipes y plebeyos.

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