La batalla naval de Lepanto, librada por Don Juan de Austria. Obra de Juan de Luna

Picotazos de historia

Así fueron los últimos días de Juan de Austria: la sangría que agravó su enfermedad

Don Juan enfermó gravemente en su campamento de Bouge, cerca de Namur. Una sangría practicada para aliviar su estado agravó su debilidad y precipitó el final del vencedor de Lepanto

Septiembre de 1578. Estamos en un lugar llamado Bouge, cerca de la ciudad de Namur (Bélgica), donde se encuentra acampado el ejército de su excelencia el gobernador general de los Países Bajos, don Juan de Austria. El vencedor de Lepanto, de la campaña de las Alpujarras, de Túnez y Gembloux se encuentra afectado por un tabardillo –que es como entonces se llamaba al tifus– que le hace pasar más tiempo en la letrina que a caballo.

Para el 28 de septiembre de ese año, su estado se ha deteriorado, su debilidad es cada vez mayor y tiene rachas de fiebre alta. Los galenos del ejército se reúnen en conciliábulo y deciden que hay que intervenir, por lo que acuerdan que al enfermo se le practique una sangría.

«Batalla de Lepanto, 1571, Galera La Real», José Ferre Clauzel

Aunque la decisión ha sido tomada colectivamente entre todos los médicos y cirujanos, no sabemos el nombre de quien usó la lanceta. Tal vez sea mejor, ya que intervino una almorrana que afligía al gobernador y que llevó al fatal desenlace.

Fuera por nervios o mala suerte –impericia no, ya que los médicos y cirujanos no hubieran permitido que interviniera nadie que no tuviera probada destreza y experiencia–, la malhadada intervención provocó una fuerte hemorragia que acabaría rematando al enfermo.

Don Juan se debilitó más todavía y, sintiéndose morir, convocó junto a su lecho a su estado mayor. Delante de todos entregó su bengala de general (el bastón de mando) a Alejandro Farnesio, nombrándole así sucesor suyo. El pobre Farnesio, roto de dolor, cayó de rodillas junto al catre militar que usaba don Juan en campaña. El conde de Mansfeld, quien había ejercido la gobernación de Luxemburgo, le alzó del suelo y trató de consolarlo.

En sus últimas palabras, don Juan declaró que no tenía necesidad de testamento alguno, ya que nada poseía que no fuera de su hermano, el rey Felipe II. También declaró en voz alta, para que todos lo oyeran y fueran testigos, que deseaba que su cuerpo fuera enterrado en España junto a su padre, el emperador Carlos. Sus últimas palabras fueron «tía, tía... Señora tía», refiriéndose a doña Magdalena de Ulloa, la mujer que le crio y le quiso cuando solo era Jeromín.

'Presentación de don Juan de Austria al emperador Carlos V, en Yuste'. Obra de Eduardo Rosales

Su confesor, fray Francisco de Orantes y Villena, en todo momento le acompañó, dándole apoyo y consuelo espiritual hasta su fallecimiento el 1 de octubre.

Este fraile nos dejó un importante testimonio. Había servido con fidelidad y dedicación en vida de su señor y, muerto, quiso asegurarse de hacerle buen servicio. Al poco de morir inició una relación detallada de cómo fueron los últimos días del gobernador general, para dar cumplida información de cómo fue y qué se dijo, garantizando que el rey, y mucha más gente, se enterase del deseo final del héroe.

Inmediatamente se envió un mensajero a Madrid con las tristes noticias, al tiempo que se le solicitaban al rey instrucciones en relación con el cadáver de su hermano, pues él era el inmediato familiar y señor. De comunicar la noticia a la tropa se encargó el maestre de campo Lope de Figueroa, quien había combatido junto a don Juan desde Lepanto y tenía un gran ascendiente sobre la tropa.

Acompañó a Lope de Figueroa en esta triste misión otro maestre de campo: Francisco Verdugo. Este era militar de humilde origen, quien había recorrido toda la escala –de soldado a maestre– con probado valor e inteligencia. Sus méritos le ganaron la mano de doña Dorotea Mansfeld, la hermana del conde gobernador de Luxemburgo.

El caballerizo mayor de la casa de don Juan y hombre de su confianza, Gabriel Niño de Zúñiga, fue encargado por Alejandro Farnesio de que se recogieran y se hiciera cumplido inventario de las posesiones y papeles del difunto gobernador.

Alejandro Farnesio de joven

El cadáver fue puesto en manos de los médicos para proceder a su embalsamamiento. Las entrañas y el corazón le fueron extraídos y depositados dentro de una urna de cuero recio que fue trasladada y enterrada en la catedral de Saint-Aubain de Namur, con intención de que allí permanecieran por siempre.

Cuando tuvieron listo el cuerpo de don Juan, Gabriel Niño hizo que lo vistieran con rico jubón con pasamanería de oro y plata. Le pusieron una de las armaduras que usaba, con el collar del Toisón de Oro sobre el pecho. Como le habían rapado la cabeza los médicos, la cubrieron con un bonete de color carmesí y, sobre este, una corona de tela de oro con piedras preciosas. ¡La única corona que jamás ciñó!

Tumba de Juan de Austria en El EscorialPatrimonio Nacional

El cuerpo fue colocado dentro de un féretro y a sus pies pusieron la celada y las manoplas: como general que no había muerto en batalla.

Entre las tropas se rifó el honor de portar el féretro, pues todos querían tal honor. Se organizaron los turnos de relevo y los órdenes y precedencias de las personas y unidades que acompañarían a don Juan hasta su entierro provisional en la catedral de Namur.

Allí estuvieron Alejandro Farnesio y el conde de Mansfeld, el bronco don Lope de Figueroa y el fiero Francisco Verdugo, Pedro de Toledo, el marqués de Villafranca, el obispo de Arras, etc. Todos marcharon al son de los atambores, a los cuales les habían aflojado los parches. Marchaban a cajas destempladas.

Cuando se hubo completado la ceremonia y las exequias hubieron terminado, Alejandro Farnesio encargó una placa de bronce en la que se consignaran el nombre, los cargos y los hechos de don Juan y que se colocara sobre la sepultura provisional. Esta placa, cuando se trasladó el cadáver a España, permaneció en el lugar, sobre la urna que contenía el corazón y las entrañas del vencedor de Lepanto.

La catedral sería parcialmente derruida y remodelada en el siglo XVIII, pero los habitantes de Namur no querían que se perdieran los restos del héroe allí depositados, así que los trasladaron al altar mayor, acompañados por la placa que encargó Farnesio.

En el siguiente artículo les contaré a ustedes los pintorescos y macabros hechos sucedidos tras conocerse la voluntad del rey Felipe respecto al destino de los restos de su hermano.