'Felipe II a caballo', obra de Rubens
Picotazos de historia
El torneo en el que Felipe II estuvo a punto de morir a manos de su amigo Luis de Requesens
La lanza de Requesens impactó contundentemente en la celada del retador, que cayó aparatosamente al suelo, quedando allí inerte. Todos los presentes quedaron en silencio, pues bien podía haber sido grave el resultado del lance
En el año de 1548 el emperador Carlos, quinto de ese nombre, dio órdenes para que se preparase lo que sería un gran viaje de importante significado político. Lo que sería conocido como el Felicísimo Viaje (1548-1550) fue un tour europeo por los diferentes reinos y territorios que configuraban las posesiones del emperador Carlos V en Europa, con la intención de presentar y dar a conocer al príncipe Felipe a sus súbditos de los diferentes estados.
Juan Cristóbal Calvete de Estrella nos dejó una detallada relación del viaje. Se trata de una obra apologética y de propaganda, por lo que no da detalle ni hace mención del acontecimiento que hoy les voy a narrar. Por otro lado, contamos con Juan Ginés de Sepúlveda, que, en su De rebus gestis Caroli (libro XXVI), nos informa de lo sucedido. Algo absolutamente excepcional, ya que nos cuenta un suceso en el que se puso en riesgo la dignidad y la vida del heredero a la Corona. Estas cosas entonces se tomaban muy en serio.
Nos encontramos en un espléndido día 5 de mayo del año de 1549. La ciudad de Bruselas está engalanada con sus mejores prendas y ese día en particular brilla con más esplendor, pues está celebrando el cumpleaños del emperador, su señor, y con tal motivo ha organizado unas justas –un torneo– para dar mayor realce y permitir el lucimiento de los invitados.
Los participantes en el torneo llevan libreas falsas o sobrevestas de fantasía, amén de llevar todos las celadas bajadas para evitar que se les reconozca. Esta es una de las típicas actuaciones del Renacimiento, donde se idealizaba la caballería y se adornaba todo con un aura de misterio y romanticismo propio de los cantares de gesta.
Uno de estos caballeros, con su identidad oculta, se acerca a Luis de Requesens, hijo de Juan de Zúñiga, ayo del príncipe Felipe (futuro Felipe II), y le reta a singular combate en el torneo.
Retrato de Luis de Requesens y Zúñiga
Luis de Requesens, que era nieto del conde de Miranda del Castañar, no lleva el apellido de su linaje por imperativo de las capitulaciones matrimoniales de sus padres, donde se impuso el apellido materno. Luis es caballero de la casa del príncipe, donde se ha criado, y es amigo desde la infancia del príncipe Felipe. Ambos se han entrenado juntos tanto en el manejo de las armas como en la equitación. Se le tiene por un buen justador.
Ambos caballeros se acometieron con ímpetu; algún testimonio hay de que la estacada –línea de estacas o talanquera que divide los dos campos y marca la zona de combate– era demasiado corta.
De una manera u otra, la lanza de Requesens impactó contundentemente en la celada del retador, que cayó aparatosamente al suelo, quedando allí inerte. Todos los presentes quedaron en silencio, pues bien podía haber sido grave el resultado del lance.
Un preocupado Luis de Requesens bajó del caballo y se acercó a comprobar el estado de su oponente. Al levantarle la celada quedó horrorizado: se trataba del propio príncipe Felipe y parecía haber perdido el sentido.
Conmoción general. Carlos V saltó de su asiento y se acercó para comprobar el estado de su hijo. Llegaron otros de los participantes y testigos; algunos se acercaron agresivamente a don Luis de Requesens, quien, conmocionado por el hecho de poder haber matado a su príncipe y amigo, fue llevado a la posada en donde se alojaba.
Durante unos momentos, que se hicieron tremendamente largos, se temió lo peor. Felizmente, se recuperó el príncipe. Lo llevaron a un lecho donde fue examinado por los médicos. Los galenos aconsejaron prudencia y descanso. Don Felipe, aunque algo atontado, declaró que en cuanto descansara una hora volvería a salir al palenque para participar en más duelos.
Una vez que quedó claro que no había peligro, el emperador Carlos V actuó de una manera que le honra como persona. Mandó que llevaran ante su presencia a don Luis de Requesens. El joven, de apenas veintiún años de edad (era un año más joven que Felipe II), estaba asustado y preocupadísimo por lo sucedido y por la vida de su amigo.
Carlos V y Felipe II. Obra de Antonio Arias Fernández
Se presentó don Luis en la sala en la que se encontraba el césar Carlos, en el palacio de Coudenberg –este palacio fue completamente destruido por un incendio en febrero de 1741; las ruinas están bajo la plaza real de Bruselas–, esperando recibir un castigo.
Estaba angustiado y desesperado, pues el atentado contra la vida del heredero era un crimen de lesa majestad que no podía ser pasado por alto. Todas estas cosas y sentimientos bullían (ya en su cabeza, ya en su corazón, ya en sus tripas) mientras era llevado a presencia de su señor y padre de su amigo.
«Me has dado un gran susto» fueron las palabras con las que el emperador recibió al tembloroso joven. E, inmediatamente, empezó a tranquilizar a Requesens acerca de sus temores sobre la salud del príncipe y del –inexistente– enojo por su actuación. El emperador llevó a Luis hasta el lecho de Felipe para que él mismo pudiera comprobar cómo se había recuperado y para que los dos jóvenes pudieran hablar.
Don Felipe se alegró mucho de ver a Luis de Requesens y le dejó claro que no le guardaba rencor ni mal ánimo alguno.
Ya fuera de la habitación donde estaba el contuso príncipe –había que dejarle descansar–, Carlos V actuó más como padre que como emperador. Con voz tranquila le habló mientras se dirigían a la sala donde había recibido al joven.
Le contó sus experiencias como participante en múltiples justas, de las que siempre fue muy aficionado. De cómo estas son violentas y peligrosas y, aunque parecieran costosos juegos, no dejaban de ser remedos de la guerra para los que se preparaban los guerreros. Eran letales en potencia.
De cómo el azar y la fortuna están en continua actividad en cualquier actuación donde intervengan las armas y los animales, y que él no podía culparse de nada, pues todo había sido un lance típico de cualquier torneo. Un riesgo por todos aceptado y asumido.
En definitiva, después de comprobar que su hijo estaba bien, Carlos V se preocupó por un joven atemorizado por las involuntarias consecuencias de su actuación y actuó en un plano mucho más humano. Un hermoso detalle de la personalidad del césar que nos dejó Sepúlveda.
Luis de Requesens continuó en el séquito real, durante el Felicísimo Viaje, hasta el año siguiente. En 1550 abandonó al emperador y al príncipe Felipe por justificadas causas familiares. Su madre, doña Estefanía de Requesens, había fallecido y él debía hacerse cargo de los estados que le dejaba.