Felipe II
Por qué Felipe II pidió abrir el ataúd de Carlos V antes de morir
El Rey Prudente dejó escrito que se fabricara un ataúd con los restos de la quilla de un barco desguazado, cuya madera era incorrupta. También pidió que lo enterrasen en una caja de cinc que «se construyera bien apretada para evitar todo mal olor»
«Muero como católico en la fe y obediencia de la Iglesia católica, apostólica y romana». Estas fueron, según recoge Baltasar Porreño en Dichos y hechos del señor rey don Felipe II, potentísimo y glorioso monarca de las Españas y de las Indias, las últimas palabras del Rey Prudente.
El monarca que llevó a España a la cima de su poder territorial fallecía el 13 de septiembre de 1598 en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Tenía 71 años y aguantaría 53 días de agonía postrado en la cama por culpa de las calenturas, la hidropesía y con un cuerpo lleno de úlceras y llagas purulentas, cuyo olor lo mortificaban tanto o incluso más que los espantosos dolores que sufría.
Conocido como el Rey Prudente, Felipe II firmó su testamento cuatro años antes de morir. A pesar de su debilidad física y de los graves dolores que sufría, quiso tener todo atado antes de morir, pues, como destacó el historiador John H. Elliott, Felipe II mostró una constante preocupación por la muerte.
Así, en 74 páginas, divididas en 49 cláusulas, en las que especifica 19 profesiones de fe, pago de deudas, limosnas y celebración de sufragios, el hombre que reinaba un Imperio donde no se ponía el sol realizó una petición extraña.
Tras dejar clara la línea de sucesión, en la que designó al príncipe Felipe, futuro Felipe III, como su «heredero y sucesor universal en todos los dichos mis reinos, señoríos y estados», y establecer el panteón real en el monasterio de San Lorenzo el Real, en El Escorial, ordenó ser sepultado en el monasterio junto a los restos de sus padres, los emperadores Carlos V e Isabel de Portugal; sus mujeres Isabel de Valois y Ana de Austria, y sus hijos los infantes Carlos, Fernando, Diego, Carlos Lorenzo y María de Austria, así como que también allí tenían que «ir poniendo los demás cuerpos reales de mis sucesores que quisieren sepultarse allí».
Vista del Panteón de nuestros augustos Reyes en el Real Monasterio, obra realizada por Fernando Brambila a petición del rey Fernando VII
Según recoge el cronista Juan Ginés Sepúlveda, el Rey Prudente dejó escrito que se fabricara un ataúd con los restos de la quilla de un barco desguazado, cuya madera era incorrupta. También pidió que lo enterrasen en una caja de cinc que «se construyera bien apretada para evitar todo mal olor».
Pero lo más sorprendente fue que quiso que su cadáver fuera tratado igual que el de su padre, el emperador Carlos V, por lo que pidió que abrieran su ataúd: «Felipe II ordenó que abrieran el ataúd de su padre, el emperador Carlos V, para ver cómo estaba amortajado y dispuesto, porque él quería quedar de manera idéntica», describe el periodista Javier Ramos en su obra La España Sagrada. Historia y viajes por las reliquias cristianas (Arcopress).
Siguiendo las estrictas instrucciones de Felipe II, el cuerpo fue envuelto en una sábana sobre camisa limpia que le pusieron a solas dos de sus más fieles ayudantes y ataron a su cuello un cordel del que colgaba una vulgar cruz de palo, que fue la única joya que se llevó a la tumba.
Del mismo modo, «se celebraron 62.500 misas y se ordenaron otras seis misas diarias, más 24 de réquiem en los aniversarios de su nacimiento y muerte», advierte Ramos. El monarca que había gobernado el mayor imperio de su tiempo quiso despedirse del mundo no rodeado de riquezas, sino con la austeridad de un rey consciente de la muerte y aferrado a la fe que había guiado su vida.