Cabrera y de fondo una carga en Morella
Grandes gestas españolas
La gesta de Cabrera: del Seminario a Tigre del Maestrazgo y caballero victoriano
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Gran parte de la historiografía contemporánea, heredera del relato liberal triunfante, ha tendido a simplificar el carlismo hasta convertirlo casi en una caricatura. Los manuales siguen presentando a sus partidarios como reaccionarios defensores de un mundo condenado a desaparecer y aferrados a unas estructuras políticas, sociales y religiosas incompatibles con la modernidad. Retrógrados, ultramontanos, cavernarios, anacrónicos… Pocas corrientes españolas han soportado semejante defenestración.
Pese a ello, pocas figuras de la historia de España reúnen de forma tan intensa grandeza militar, pasión política y romanticismo. Héroe para unos y verdugo para otros; caudillo genial para sus soldados y símbolo de la crueldad para sus enemigos, su vida parece extraída de una novela decimonónica en la que los hombres son arrastrados hacia destinos insospechados. La Historia lo recuerda con un sobrenombre destinado a sobrevivir a los siglos: el Tigre del Maestrazgo.
General Cabrera
Dos padres y un destino inesperado
Ramón Cabrera nació en Tortosa en 1806 y tuvo dos padres. El biológico, un mercante dedicado al comercio de cabotaje, falleció cuando él era un niño. El segundo marido de su madre, también marino, desempeñó un papel decisivo en su formación moral. Aunque el joven Ramón ingresó en el seminario, su carácter e inquietudes reclamaban otros horizontes. El propio obispo de Tortosa lo comprendió y, aunque Cabrera ya contaba veintiséis años, nunca llegó a ordenarlo sacerdote.
La muerte de Fernando VII en 1833 abrió una de las mayores fracturas de la historia española. En los últimos años de su vida, el monarca anuló, restauró y volvió a derogar la Ley Sálica, provocando una ruptura del orden sucesorio legítimo encarnado en su hermano Carlos. La Corona recayó en su hija Isabel. Pero para quienes la respaldaron, la cuestión dinástica era baladí: aspiraban a identificar el futuro de España con el liberalismo, el anticlericalismo, la centralización política y las transformaciones inspiradas por la Revolución francesa.
Muerte de Fernando VII
Frente a ellos, los partidarios de Carlos lucharían por la continuidad de la monarquía tradicional, la defensa de la religión católica como elemento identitario español y la preservación de los fueros históricos. Y como miles de españoles del norte y del Levante, Cabrera tomó partido por ellos sin vacilaciones. Abandonó unos hábitos, que nunca había llegado a consagrar, y empuñó las armas en defensa de la causa carlista. Y la adhesión idealista de un joven convencido de luchar por la legitimidad y la tradición acabaría desarrollando una carrera militar fulgurante y extraordinaria.
El nacimiento del caudillo militar
Resulta paradójico que quien acabaría convirtiéndose en uno de los jefes militares más temidos y admirados del siglo XIX conociera el miedo en su primer encuentro con la guerra.
General Cabrera
Se incorporó como cabo al Batallón de Vinaroz, y su cultura le permitió ejercer pronto como secretario de varios mandos. En aquellos primeros compases de la contienda, Morella, estratégica fortaleza conquistada por los carlistas, era objetivo prioritario de las tropas liberales. El gobernador isabelino de Tortosa, Bretón, avanzaba sobre ella con seiscientos hombres dispuesto a recuperarla.
Cuando resonaron los primeros cañonazos, el humo y los gritos provocaron que Cabrera se arrojara instintivamente al suelo. Los veteranos le reprocharon aquella reacción y el joven Ramón, avergonzado, regresó a su puesto pronunciando unas palabras que la tradición convertiría en legendarias: «He tenido miedo, lo confieso; nunca había oído silbar las balas, pero en adelante se verá quién es Cabrera». Real o edulcorada por los suyos, aquella frase fue premonitoria. Porque, efectivamente, desde entonces toda España acabaría sabiendo quién era Cabrera.
Carga carlista
Una trayectoria excepcional en el contexto europeo
Sin recibir formación castrense reglada, en apenas siete años pasó de simple voluntario a teniente general del ejército carlista. Una trayectoria excepcional en el contexto europeo y reveladora de unas condiciones naturales para el mando fuera de lo común.
Aquella capacidad se apoyaba en una sólida formación intelectual, una férrea disciplina personal y una notable facilidad para el análisis. Muy pronto, demostró una habilidad innata para interpretar el terreno, anticipar los movimientos del enemigo y aprovechar al máximo los recursos disponibles. Las sierras del Maestrazgo, desfiladeros abruptos y montañas azotadas por el viento, fueron el escenario de esa transformación y la cuna de su leyenda. Mientras los generales liberales dependían de complejas estructuras logísticas y largas líneas de comunicación, Cabrera hizo de la movilidad, la sorpresa y el conocimiento del terreno sus mejores armas. Aparecía donde nadie lo esperaba, golpeaba con rapidez y desaparecía antes de que el enemigo pudiera reaccionar.
Carlos María Isidro
Don Carlos le premió otorgándole el título de Conde de Morella, capital militar y moral del carlismo levantino. Aquel antiguo seminarista de Tortosa se había convertido en uno de los hombres más influyentes de la España en armas.
La guerra no se sostiene solo con valor
Cabrera comprendió que una guerra no podía sostenerse únicamente con entusiasmo y valor. Fue dotando a la suma de partidas dispersas una creciente cohesión militar y administrativa. Organizó depósitos de armamento, aseguró líneas de abastecimiento, impulsó talleres militares y organismos destinados a administrar los territorios bajo control carlista. No buscaba solo resistir, sino demostrar que el carlismo constituía una alternativa capaz de gobernar. Junto a ello, su constante disposición a compartir los riesgos físicos de sus soldados le granjeó una fidelidad extraordinaria.
General Cabrera pasando revista a sus tropas por Ferrer-Dalmau
La admiración alcanzó incluso al campo enemigo. Los mandos liberales comprendieron pronto que se enfrentaban a un adversario singular y que todos los recursos de la ciencia militar y de la astucia humana parecían estrellarse contra aquel caudillo capaz de escapar una y otra vez de las trampas tendidas para capturarlo. Cabrera ya no era únicamente un jefe guerrillero: era uno de los grandes estrategas de la guerra carlista.
Pero mientras crecía su prestigio militar, el destino le reservaba el episodio más dramático de su vida. En febrero de 1836 las autoridades liberales ordenaron el fusilamiento de su madre, María Griñó, detenida en Tortosa. La noticia recorrió España y provocó una profunda conmoción. Y lo que convirtió su ejecución en un acto aún más despiadado fue que a la anciana, cuya vida giraba en torno a la fe, se le arrebató incluso el derecho a la última confesión antes de morir.
Fusilamiento de la madre de Cabrera
Su muerte supuso un punto de inflexión decisivo. No creó una personalidad nueva, como han sostenido algunos relatos simplificadores, pero endureció aún más su carácter ya firme e intensificó la espiral de represalias que caracterizó el conflicto en ambos bandos. Se alejó toda posibilidad de conciliación, en una de las contiendas civiles más crueles de la España contemporánea. Fue entonces cuando comenzó a difundirse el sobrenombre que lo acompañaría para siempre: el Tigre del Maestrazgo.
Se resquebraja el sueño carlista
A finales de la década de 1830, el sueño carlista comenzaba a resquebrajarse. La muerte de Zumalacárregui había privado al movimiento de su mayor genio militar y las derrotas acumuladas agotaban la capacidad de resistencia de los ejércitos de don Carlos. El Convenio – o la Traición- de Vergara, en 1839, selló la pacificación del norte y muchos mandos carlistas aceptaron un acuerdo cuyas promesas nunca llegarían a cumplirse por completo. Pero el jefe del Maestrazgo se negó a capitular. Sus convicciones le impedían aceptar una paz incompatible con los ideales por los que había combatido durante años. Continuó resistiendo en Aragón, Valencia y Cataluña cuando la causa se desmoronaba a su alrededor.
Carlistas encarcelados de la III Guerra
Durante meses prolongó una resistencia tan heroica como trágica. Sin embargo, la superioridad del ejército liberal fue cerrando inexorablemente el cerco. Morella cayó y las fortalezas del Maestrazgo sucumbieron una tras otra. Aquel pequeño Estado levantado entre montañas y barrancos desaparecía bajo el peso de la guerra, y en julio de 1840 cruzaba la frontera francesa acompañado por los restos de sus tropas.
El exilio y la apuesta por la paz
Durante la Segunda Guerra Carlista volvió a empuñar las armas. Pero las circunstancias ya no eran las de 1833 y el nuevo intento concluyó también en fracaso y Cabrera regresaba al exilio. Y sorpresivamente aquel hombre que había pasado media vida recorriendo montañas a caballo, durmiendo en campamentos improvisados y dirigiendo operaciones guerrilleras protagonizaba una inesperada historia de amor. Enamoró a la rica dama británica Marianne Catherine Richards e instalado en Inglaterra, acabaría transformado en un respetable caballero victoriano.
Y cuando estalló la Tercera Guerra Carlista no combatió. Pero no fue por edad. La distancia, la experiencia acumulada y, sobre todo, el recuerdo de las guerras civiles lo llevaron a revisar sus posiciones políticas. Había visto morir a miles de españoles y terminó valorando que el país necesitaba algo que durante décadas había parecido inalcanzable: la paz. Por ello, decidiría apoyar al casi niño Alfonso de Borbón, futuro Alfonso XIII, entonces alumno de la Academia Militar de Sandhurst. No se ha valorado suficientemente la trascendencia del reconocimiento público del viejo caudillo al joven rey para poner fin a la inestabilidad del Sexenio Revolucionario y respaldar la Restauración canovista que pacificaría una España convulsa y castigada.
Carlistas al exilio por Ferrer-Dalmau
Una traición con condena
Para muchos carlistas, su posición constituía una traición imperdonable. Carlos VII reaccionó de manera fulminante y le condenó con severidad privando de títulos, honores, empleos militares y condecoraciones a quien había sido uno de los grandes héroes de la causa.
La respuesta de Cabrera fue tan contundente como elegante y constituye uno de los documentos más hermosos de su biografía. Afirmó que podían retirarle cruces, títulos y honores, pero no las cicatrices obtenidas en combate ni los servicios prestados a la causa que había defendido con su sangre. Terminaba su carta con unas palabras que resumen toda una vida:
«Llévese V.A. las cruces y títulos que he ganado con mi sangre; yo conservo las cicatrices que los representan... Por la paz, doy gustoso cuanto he podido ganar en la guerra».
La última cabalgada
Ramón Cabrera murió en Inglaterra en 1877, lejos de Morella, de Cantavieja y de las montañas que lo habían convertido en leyenda. Lejos también de la España por la que había combatido durante gran parte de su vida. Sin embargo, había logrado cerrar el círculo de su existencia.
El muchacho destinado al sacerdocio se convirtió en general. El general se transformó en gobernante. El gobernante acabó siendo un exiliado. Y el exiliado terminó convertido en un anciano estadista que antepuso la paz de su Patria a las convicciones ideológicas. Porque Ramón Cabrera y Griñó, conde de Morella, marqués del Ter y capitán general de los ejércitos carlistas, fue mucho más que un militar de la historia del carlismo. Fue la encarnación de una época de ideales absolutos, lealtades inquebrantables y heroísmos desmedidos.
Estatua de Cabrera en Morella
Cabrera pertenece a esa rara categoría de personajes capaces de condensar las pasiones y contradicciones de todo un tiempo histórico. Luchó por una causa inspirada en los principios de Dios, Patria, Rey y Fueros que fue escrita con sangre, convicciones, sacrificios y desengaños.
Y en la memoria histórica de España sigue proyectándose la sombra de aquel hombre que creyó poder cambiar el destino de una nación y al que la Historia terminó inmortalizando con un nombre que aún conserva una fuerza casi legendaria: el Tigre del Maestrazgo.