Todos los Santos, pintado por Fra Angélico

Picotazos de historia

Cuando celebrar el santo era una de las tradiciones más importantes de las familias españolas

En los siguientes siglos se mantendrá la costumbre de consultar el Martirologio para saber los santos y mártires que se conmemoraban durante el nacimiento y así elegir entre ellos uno

Yo soy de la generación que todavía celebra y felicita los santos, probablemente por venir de un tiempo en el que todo el mundo tenía un santo y lo celebraba. Por supuesto, todo empezó a irse a la porra cuando aparecieron los 'Kevincosner de Jesús' y las 'Ladidí'.

Históricamente, en España, la costumbre de felicitar «el santo» o la onomástica mezcla una raíz pagana asociada a la importancia del nombre, por lo que representa o puede aportar la celebración del santo, sus virtudes, logros y características. En muchas culturas, el nombre tiene tal importancia que se usan varios a lo largo de la vida, pero nunca se comparte el que te dieron tus padres, pues se cree que te expone peligrosamente a tus enemigos. Pero volvamos al asunto.

La costumbre de dar nombres de santos a los neonatos empezó a surgir a partir del siglo IV d. C., especialmente por la influencia de san Juan Crisóstomo («pico de oro» en griego, y es que hablaba muy bien), quien empezó a postular que se dieran a los niños, en el bautismo, nombres de santos y mártires para que les sirvieran de inspiración y guía.

Para entonces, las comunidades cristianas ya anotaban las fechas de nacimiento y muerte de sus mártires para asegurarse de que se mantendría su memoria, bien celebrando el día de su nacimiento, bien el de su óbito, este último con mucha frecuencia repentino y violento.

En el siglo V empiezan a aparecer las primeras compilaciones o listados de estos santos declarados y mártires. El primero del que se tiene noticia es el denominado Martirologio siriaco. En el siguiente siglo (siglo VI) aparecerá el erróneamente atribuido a san Jerónimo, Martyrologium Hieronymianum.

En este último, por primera vez, se incluyen santos y mártires tanto orientales como occidentales, por lo que se abandona el localismo en favor de una idea más ecuménica. Pero será el Papa Gregorio XIII quien empezará a regular oficialmente estas relaciones o listados. El Papa Gregorio también estaba poniendo orden en el calendario, que andaba un poco revuelto desde la reforma de los tiempos de Julio César. Por ello, el que utilizamos actualmente se denomina calendario gregoriano en su honor.

Como les estaba diciendo, el Papa Gregorio encargó un texto, que sería la versión única y oficialmente admitida en la cristiandad, donde se recopilarían las fechas de las festividades asociadas a los diferentes santos, beatos y venerables (en el proceso de canonización, las fases son: siervo de Dios, venerable, beato y santo), incluyendo las festividades relacionadas con la actividad de Jesucristo, la Virgen María, algunas basílicas (Letrán, San Pedro y San Pablo, Santa María la Mayor), misterios de fe (Santísima Trinidad, Corpus Christi, etc.), Semana Santa, etc. Este texto oficial se llamaría Martirologio Romano y por vez primera se publicó en el año 1584.

En España empezó a utilizarse el martirologio para bautizar al infante con el nombre del santo del día de su nacimiento o el de su bautismo. La antigua costumbre de poner varios nombres a la criatura puede explicarse por el recuerdo de familiares que le precedieron, el homenaje u honra que se hace a un amigo de la familia, la tradición familiar, etc., pero hay siempre uno que chirría (en el caso de un abuelo mío hay un Juan Clímaco que no encaja por ningún lado) y, las más de las veces, coincide con el santo del nacimiento o del día del bautizo oficial, no de la llamada agua de socorro que se podía dar si se veía que la criatura no salía adelante.

'El bautismo de san Francisco'. Obra de Zacarías González VelázquezMuseo del Prado

En los siguientes siglos se mantendrá la costumbre de consultar el Martirologio para saber los santos y mártires que se conmemoraban durante el nacimiento y así elegir entre ellos uno. A una parienta mía, María Petronila Aleja Manuel de Villena y Botello, le pusieron el Aleja por haber nacido el día de la celebración de ese santo.

Pues bien, a esta señora la casaron con el marqués de Villanueva del Fresno, un Portocarrero que era primo del padre de la novia, pero que estaba como una cabra. Nada más celebrarse la ceremonia, empezó a gritar indignado «que le habían casado con una Aleja» y no hubo manera de calmarle la indignación, pues por algún motivo se sentía engañado.

Más tarde intentaría librarse de su esposa declarándola loca. Lo que consiguió fue que le concedieran el divorcio inmediato a la señora –a finales del siglo XVII– y le declarasen loco a él.

Mientras las celebraciones de los santos iban desapareciendo de la mayoría de los países y reinos de Europa, en España, y por ende en las provincias y virreinatos de ultramar, enraizó aún más profundamente la costumbre. La celebración del santo no tenía la importancia festiva del cumpleaños, pero tenía importancia moral.

Lamentablemente, la celebración ha ido perdiendo importancia, especialmente en los últimos cincuenta años, con respecto a la celebración del cumpleaños. Si por casualidad algún peruano les invita a festejar su santo, en realidad les está invitando a su fiesta de cumpleaños. Una consecuencia de bautizar al niño con el nombre del santo del día de su nacimiento.

Si bien el Registro Civil permite actualmente prácticamente todo, tiene cuidado de evitar aquellos nombres que tengan connotaciones negativas, que puedan atentar contra la dignidad de la persona o puedan dar lugar a burlas –recuerdo haber leído en la prensa el caso de un funcionario que negó a una indignada madre el derecho a registrar al niño con el nombre de Kelvinator–.

Por su parte, el Código de Derecho Canónico, vigente desde el año 1983, en su canon 855, advierte: «Cuiden los padrinos, los padres y el párroco de que no se imponga un nombre ajeno al sentir cristiano».

Pero es que hay nombres de muy dignos santos y mártires que han envejecido muy mal, como quien dice. Nombres que en su tiempo llenarían de orgullo, pero que ya no pasarían el filtro del mencionado funcionario del Registro Civil ni del propio párroco. Miren el caso de Sátiro (hay tres santos distintos con este nombre), Ida, Cuadrado, Párroco, Sandalio, Drogón, Putamio, Macuto, Perfectísimo, Librada, etc. ¿Serían ustedes capaces de hacer semejante faena a un hijo suyo?