Calderote (Primera Guerra Carlista) de Augusto Ferrer Dalmau

Calderote (Primera Guerra Carlista) de Augusto Ferrer Dalmau

La batalla que cambió el rumbo de la Primera Guerra Carlista y convirtió a O'Donnell en un héroe militar

La victoria de Leopoldo O'Donnell en Lucena, en julio de 1839, frenó el avance carlista en el Levante y contribuyó al desenlace de la Primera Guerra Carlista, marcado por el histórico Convenio de Vergara

Durante la Primera Guerra Carlista (1833-1840), Leopoldo O'Donnell participó en el bando isabelino. A partir de 1837, se produjo una serie de divisiones internas en la España carlista, la cual se escindió entre partidarios de continuar la guerra hasta la victoria final y aquellos que comenzaron a proponer un convenio con el gobierno de Isabel II –bajo la regencia de su madre, la Reina María Cristina– antes de que las derrotas les impidieran retener el suficiente terreno y soldados con los que poder negociar.

El general Rafael Maroto fue nombrado jefe de Estado Mayor por el pretendiente Carlos V de Borbón. Solicitó el mando absoluto de todas las fuerzas militares, incluidas las de aquellas zonas carlistas que se encontraban fuera del escenario vasconavarro, en Aragón, Valencia y Cataluña. Estas facultades eran extraordinarias y absurdas, pues suponían desviar el centro de decisión del campo de batalla. Don Carlos no aceptó, lo que fue el comienzo de su pugna personal con Maroto.

En el año 1838 continuaron los combates entre isabelinos y carlistas y Leopoldo O'Donnell fue nombrado jefe de Estado Mayor del general Espartero, siendo, al año siguiente, premiado con la Gran Cruz de San Fernando por su heroica conducta en las acciones del fuerte de Ramales y Gandamino, donde fue herido con bala de cañón. En el campo carlista, las derrotas ahondaron la división interna.

En poco tiempo, circularon rumores sobre un acuerdo que Maroto estaba pactando con el mando isabelino, de cara a una rendición honrosa del ejército legitimista del Norte, pero a espaldas de su rey.

Entre diciembre de 1838 y enero de 1839, el gobierno carlista dimitió cinco veces, mientras resultaba imposible buscar un líder que uniera a los legitimistas y las potencias europeas amigas se negaban a enviar más dinero sin una manifestación de firmeza, unidad y sucesivas victorias.

Las conspiraciones de varios militares contra Maroto fueron descubiertas, produciéndose una serie de fusilamientos, exilios y separaciones, mientras Carlos V era forzado por su jefe de Estado Mayor a variar el gobierno para evitar una guerra civil interna en su bando.

Paralelamente, Leopoldo O'Donnell fue nombrado general en jefe del ejército del Centro y capitán general de Aragón y Valencia, con la misión de vencer al general carlista Ramón Cabrera, al cual mandó el ofrecimiento de un convenio para tratar de humanizar la guerra, evitando represalias entre los civiles.

Al conocer que la villa castellonense de Lucena –fiel a la Reina– resistía descorazonadamente a los carlistas, al mando del general Aznar, O'Donnell decidió acudir en su ayuda.

Leopoldo O'Donnell

Leopoldo O'Donnell

Al conocer la noticia, el líder carlista comentó a sus hombres: «¡Muchachos, ataos bien las alpargatas, que vais a entenderos con un buen general!». Ambos bandos sostuvieron un fuerte combate, el 17 de julio de 1839, en la batalla de Lucena o las Useras, retirándose finalmente los legitimistas. Para los liberales, O'Donnell puso de manifiesto una vez más sus virtudes militares: valor a toda prueba, intuición táctica y precisión extraordinaria en los planteamientos.

En cambio, para sus enemigos, demostró que era un general que quería vencer en todas partes por la fuerza de las masas, pero que desconocía totalmente la guerra irregular. Si bien consiguió su objetivo, fue a costa de pérdidas tan grandes que toda ventaja equivalió a una derrota.

Las consecuencias de esta acción fueron definitivas, ya que, por una parte, se exaltó la moral de la provincia, que temía la llegada de Cabrera desde Valencia, amenazando Cuenca y el camino hacia Madrid. Además, se hubiera necesitado, en caso de derrota, destinar tropas isabelinas del Norte al Levante, lo que hubiera diferido o impedido el logro de un acuerdo para rendir a las tropas carlistas en el escenario vasconavarro.

Y es que Maroto había reanudado sus negociaciones de paz con la mediación del gobierno francés mientras la desunión y las protestas aumentaban en el ejército legitimista. El 25 de agosto, el general manifestó el acuerdo como un hecho imposible de detener a su rey y a todos sus comandantes generales y diputaciones, informándoles de las propuestas de paz que suponía le había hecho Espartero, y según las cuales don Carlos sería reconocido como infante, conservándose los fueros y los grados de los oficiales conseguidos a lo largo de la guerra. La disgregación y el desorden fueron tan evidentes que varios oficiales y sus tropas, cansadas y exhaustas, se acogieron, el día 30, al Convenio de Vergara.

Leopoldo O'Donnell comunicó el famoso abrazo entre Espartero y Maroto a su madre en carta a sus parientes, donde anunció que el final de la guerra que estaba destrozando España se aproximaba, pues «los sucesos de Navarra no son obra de Maroto sino del cansancio de los pueblos; sin esta circunstancia, toda la influencia del primero hubiera sido nula para producir una resolución tan extraordinaria como es la de abrazarse dos ejércitos que por seis años han hecho una guerra sangrienta».

El desorden se apoderó del campo carlista y, en quince días, todo el Norte fue tomado por las tropas isabelinas, mientras 8.000 hombres, el gabinete y la familia del pretendiente atravesaban la frontera francesa.

La victoria militar de O'Donnell en Lucena no había dificultado ese derrumbe carlista, sino todo lo contrario, por lo que fue premiado con su elección como teniente general y, ocho años más tarde, con los títulos de conde de Lucena y vizconde de Aliaga.

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