La gesta del Marqués de Amboage: el excepcional filántropo y falso negrero

La gesta del Marqués de Amboage: el excepcional filántropo y falso negrero

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La Embajada de Italia es uno de los edificios más hermosos de Madrid. Sin embargo, nada tiene que ver con ese país. La mansión fue levantada con parte de la fortuna de un empresario, Ramón Plá y Monge, que había triunfado cruzando el Atlántico en busca de un porvenir. Su único hijo varón, Fernando, encargó este magnífico palacio, pero la propiedad no permaneció en manos de la familia.

Palacio de los Marqueses de Amboage

Ramón Plá fue uno de tantos gallegos que, tras su experiencia en Ultramar, regresaban enriquecidos y no entendían sus bienes como un privilegio personal. Practicaron una filantropía católica nacida de la virtud teologal de la caridad: devolver a la sociedad parte de aquello que la Providencia les había concedido. Financiaron hospitales, escuelas, asilos y toda clase de instituciones benéficas que transformaron para siempre sus lugares de origen.

Ramón Pla

Una fulgurante carrera empresarial

Ramón Plá y Monge nació en Ferrol en 1823, en una familia de origen catalán que había establecido allí un modesto negocio de vinos a finales del siglo XVIII. Con diecisiete años, y siendo el menor de ocho hermanos, su familia le envió a Cuba posiblemente para librarle de un prolongado servicio militar o de una eventual incorporación a las armas. La Guerra Carlista acababa de concluir, pero la posibilidad de nuevos conflictos seguía presente. Aquella circunstancia explica uno de los rasgos de su trayectoria posterior.

En La Habana, el joven inició una inteligente y fulgurante carrera empresarial. Comenzó trabajando en una ferretería, de la que acabaría siendo propietario. Y con disciplina y austeridad fue prosperando y llegó a alcanzar la presidencia de compañías de alumbrado por gas en La Habana y Matanzas. Aunque acumuló una considerable fortuna, el éxito no le hizo olvidar la realidad que tenía ante sus ojos. Frecuentaba los círculos de la emigración gallega y conocía de primera mano las dificultades de tantos jóvenes que no lograban prosperar, que añoraban a sus familias o que lamentaban la distancia que les impedía ayudar a los suyos. Aquellas vivencias marcarían el rumbo de su futuro.

Al fondo, el palacio neogótico de Ramón Pla en Recoletos

Se escribió que se había marcado una meta: cuando reuniera un millón de reales abandonaría la isla. Y así fue. Regresó a España convertido ya en uno de los empresarios más solventes de su época. Contrajo matrimonio y, en 1860, se estableció en Madrid, que vivía entonces una etapa de expansión económica.

Dotado de una extraordinaria visión para los negocios, supo integrarse rápidamente en la capital. Mientras seguía percibiendo los rendimientos cubanos, más de setenta mil duros anuales, multiplicó su patrimonio mediante acertadas inversiones en la banca y en la Bolsa. Su riqueza no fue fruto de la especulación, sino del trabajo constante, la prudencia financiera y un excepcional instinto para identificar oportunidades. Participó en la Empresa del Gas de Madrid, en el Banco Hipotecario y figuró entre los principales accionistas del Banco de España. Alcanzó una posición destacada en la economía española de finales del siglo XIX, paralela a una fama extendida de hombre generoso y benefactor.

Faustina Peñalver, segunda esposa del Marqués

Tras enviudar, contrajo un segundo matrimonio con la aristócrata Faustina Peñalver, con la que tuvo dos hijos, y mandó construir un palacete neogótico en el Paseo de Recoletos. Vivía con las comodidades propias de su posición, pero, aunque podía permitirse todos los lujos, jamás destacó por la ostentación. Era discreto, de trato afable y de una modestia poco frecuente, y destinaba una parte sustancial de sus recursos a obras de caridad.

Escultura de la Marquesa por Benlliure

Los reconocimientos oficiales no tardaron en llegar. En 1875 recibió la Gran Cruz de Isabel la Católica y, en 1884, el papa León XIII le concedió el título pontificio de marqués de Amboage. Era una distinción a su beneficencia y a su profunda fidelidad a la Iglesia. Sin embargo, pocos años después, la muerte de su hijo mayor, Ramón, víctima de la difteria con solo, a los nueve años, sumió al marqués en un dolor devastador. El insigne Arturo Mélida, autor de la espectacular tumba sevillana de Colón, construyó para el niño un panteón en el cementerio de San Isidro de Madrid, una joya de la arquitectura funeraria. Y de aquella tragedia nacería la obra más noble y perdurable de su legado: la futura Fundación Amboage.

En 1892 fallecía Ramón Plá y era enterrado junto a su pequeño Ramón. Su hijo menor, Fernando, heredó el título de Marqués de Amboage y mantuvo vivo el vínculo con Galicia. Fue diputado en Cortes por Ferrol y murió sin descendencia.

Tumba de la familia Pla y Monge

Los testamentos y la Fundación

En julio de 1889, cuando sus hijos Ramón y Fernando eran todavía niños, el Marqués había otorgado un primer testamento en el que dirigía a su esposa una recomendación:

«Encarecidamente te encargo que cuides de dar carrera a nuestros hijos y de hacerlos laboriosos, para que, a pesar de la fortuna que les dejo, puedan saberla conservar y ser útiles a sí mismos, a la sociedad y, como buenos ciudadanos, a la patria».

Estas palabras resumen toda una filosofía de vida. Para Amboage, la verdadera herencia no era el dinero, sino la cultura del esfuerzo.

Fernando Pla, Marqués de Amboage

Tras la muerte de su primogénito, hizo un segundo testamento. El documento recoge su dolor al recordar «haber visto morir en breves días a su adorado hijo tras de su tránsito fugaz por la tierra». Concedía una parte sustancial de su patrimonio para crear una fundación que perpetuase la memoria del niño fallecido. Su fortuna era inmensa, pero comprendió que dispersar los recursos entre innumerables destinatarios disminuiría su eficacia. Por ello optó por concentrar la ayuda en los jóvenes trabajadores de Ferrol y, posteriormente, de la provincia de La Coruña.

Tres loables objetivos de la Fundación

La Fundación Amboage se centró en tres grandes objetivos. El primero consistía en la distribución anual de cinco mil pesetas el día de San Ramón entre cien pobres de la ciudad, expresión visible de la caridad cristiana que había orientado su vida.

El segundo era muy innovador y respondía a una preocupación que le acompañaba desde su juventud: sufragar a los mozos ferrolanos la cantidad para la redención en metálico del servicio militar. De este tipo de redención solo se beneficiaban los jóvenes con recursos. La ayuda pretendía proteger a quienes ya demostraban esfuerzo y responsabilidad, porque tenían que acreditar una ocupación honrada en talleres, comercios, el campo, el mar o los negocios familiares. Con ello evitaba que fueran separados de sus hogares y de su trabajo.

Palacio de los Marqueses de Amboage

Esta medida fue crucial durante las campañas de Cuba, África y Filipinas de finales del siglo XIX y principios del XX. Gracias a estas ayudas, numerosos jóvenes ferrolanos no combatieron en conflictos bélicos que segaron miles de vidas y se libraron de enfermedades tropicales, infecciones y de las terribles secuelas físicas que acompañaban a quienes regresaban del frente. También permitió que las familias campesinas no tuviesen que prescindir de la mano de obra de sus hijos durante los dos años de servicio.

Pero Amboage fue más allá. Con una visión previsora, contempló la posibilidad de que algún día el servicio militar fuese obligatorio para todos, sin posibilidad de redención. Dejó estipulado que, si eso sucedía, los beneficiarios recibieran al finalizarlo 1.500 pesetas. Eso sí, debían acreditar haber mantenido una conducta ejemplar y regresar dispuestos a desarrollar una actividad productiva. El objetivo era convertir aquella suma en el capital inicial de una nueva vida. Y así fue.

Jóvenes de reemplazo en los años 20 esperando para recibir las 1500 pesetas

Las célebres «mil quinientas de Amboage» quedaron grabadas en la memoria colectiva de Ferrol. En los primeros años del siglo XX, aquella cantidad era muy elevada y podía representar la adquisición de un local, herramientas para ejercer un oficio, tierras o ganado, una embarcación de pesca o la apertura de un establecimiento comercial. No fueron pocos los negocios ferrolanos cuyos orígenes estuvieron en aquella ayuda, que constituyó una auténtica oportunidad de ascenso social. A lo largo de casi un siglo, miles de jóvenes se beneficiaron de las prestaciones de la Fundación. Ni siquiera la Guerra Civil interrumpió su actividad. Pocas instituciones benéficas españolas pueden acreditar una influencia tan prolongada y directa sobre una sociedad local.

El tercer fin de la Fundación destinaba los excedentes de las rentas a hospicios, asilos, establecimientos infantiles y otras obras asistenciales de la ciudad, que se beneficiaron de estos fondos hasta nuestros días.

Una ciudad agradecida frente a la mezquindad

Cuando Ramón Plá falleció, Ferrol comprendió la magnitud del legado que acababa de recibir. Se acordó dedicarle una plaza, erigir una estatua en su honor y celebrar anualmente, cada 31 de agosto, un acto de homenaje con una procesión cívica a los pies del monumento del Marqués, que sigue protagonizando la corporación municipal.

En estos tiempos, por ignorancia o pura manipulación ideológica, se tiende a presentar a los empresarios envueltos en una particular leyenda negra. El marqués de Amboage no se ha librado de ella. Es una evidencia que no obtuvo su fortuna mediante el abuso ni la explotación. Al contrario, su patrimonio salvó vidas, ayudó a miles de jóvenes ferrolanos, sostuvo instituciones asistenciales y favoreció la movilidad social de innumerables familias con escasos recursos.

Corporación Municipal con la ofrenda

Por ello, para ensuciar su nombre se ha tenido que recurrir a la difamación y a la calumnia: que fue un negrero y que el origen de su fortuna se encontraba en el tráfico de esclavos. Nada más lejos de la realidad. Existen abundantes pruebas del origen de sus actividades empresariales, de sus inversiones, de sus obras benéficas y de su compromiso con Ferrol. No existe un solo documento, ni una escritura mercantil, ni un registro, contrato, procedimiento judicial o expediente administrativo que lo relacione personalmente con la esclavitud. Tampoco aparece tal acusación en las numerosas referencias dejadas por sus contemporáneos. Nadie lo señaló como esclavista. Nadie.

Fiestas en honor al Marqués de Amboage

Muy al contrario, periodistas e intelectuales destacaron sin excepción su talento, patriotismo y extraordinaria labor filantrópica. Esa imputación surgió como un rumor por envidia y después, en fechas relativamente recientes, cuando el sectarismo buscó relaciones indirectas en algunas de sus numerosas sociedades y en las actividades de uno de sus hermanos para desacreditar al personaje. Ello resultaba muy útil para determinados planteamientos ideológicos. Podría ser un héroe por lo que hizo, pero la figura de un plebeyo enriquecido gracias a su talento y esfuerzo, elevado a aristócrata por el Papa y católico convencido, que dedicó su patrimonio a mejorar las condiciones de vida de los más humildes y vulnerables, encaja mal en ciertos esquemas. Por no decir que molesta. Y no duelen prendas en sustituir la verdad documental por la calumnia. Total, está muerto.

El legado vivo

Ni la ingratitud de la ignorancia y mezquindad han conseguido borrar su memoria. Hoy su efigie permanece en la plaza que lleva su nombre, la más hermosa de la ciudad, inmortalizado en bronce a la cera perdida, como los héroes de la antigua Roma. Entre cedros, palmeras y una majestuosa araucaria, sostiene el documento que cambió el destino de muchas familias de generaciones de niños que a sus pies jugaron y siguen jugando.

Marqués de Amboage

El tiempo se llevó la riqueza y los honores; pero no así su memoria, cimentada sobre una obra que sobrevivió a su tiempo y que acabó integrándose en la gran historia de Ferrol, una ciudad que le vio partir siendo un muchacho y a la que regresó para la eternidad convertido en su más digno benefactor.