La lección de san John Henry Newman ante las elecciones: por qué no debemos votar siempre al mismo partido
Retirar la confianza a quienes considerábamos los nuestros puede doler, pero defenderlos cuando creemos que han dejado de merecerla debería inquietarnos mucho más. Y ahí entra la libertad de conciencia de cada uno, que debería ser siempre tomada como un ejercicio de enorme responsabilidad como ciudadanos
Cardenal John Henry Newman, santo y Doctor de la Iglesia
Aun mes de las elecciones generales del 29 de noviembre, España vuelve a prepararse para ese ejercicio en el que los partidos solicitan nuestra confianza y nosotros deberíamos examinar qué han hecho para merecerla.
La campaña oficial comenzará el 13 de noviembre, aunque la política lleva tiempo instalada en ella. Entre consignas, acusaciones y promesas, convendría hacerse una pregunta que rara vez aparece en los mítines: ¿qué tendría que hacer el partido al que votamos para que dejáramos de votarlo?
Si la respuesta es «nada», tenemos un problema. Porque una cosa es mantener unas convicciones y otra conceder a quienes dicen representarlas una autorización indefinida para traicionarlas. Hay personas capaces de reconocer inmediatamente una mentira del adversario que necesitan explicaciones interminables para admitir la de los suyos. El hecho es el mismo; lo que cambia es nuestra disposición a juzgarlo.
Mientras nos encaminamos hacia las urnas, la Universidad de Navarra ha celebrado, este 29 de octubre, su I Jornada Newmaniana. La coincidencia invita a recuperar a un hombre que conoció bien el conflicto entre pertenecer a una comunidad y seguir una convicción que podía apartarlo de ella. Además, este domingo se cumple un año de la proclamación de John Henry Newman como doctor de la Iglesia por León XIV.
¿Y qué tiene que ver un sacerdote inglés del siglo XIX con unas elecciones españolas? Su biografía permite pensar sobre algo que nos afecta de lleno: el precio que estamos dispuestos a pagar por admitir que los nuestros pueden estar equivocados.
Nacido en Londres en 1801, Newman se formó en Oxford, fue miembro de Oriel College y recibió la ordenación como sacerdote anglicano. Su posición intelectual y religiosa estaba vinculada a una institución desde la que trató de renovar el anglicanismo. Fue una de las figuras principales del Movimiento de Oxford, que buscaba recuperar su herencia católica y apostólica. Su camino comenzó dentro de la comunidad a la que pertenecía, con una profunda preocupación por su verdad y su continuidad histórica.
Esto importa. Examinar críticamente aquello en lo que creemos exige algo más que repetir las objeciones de quienes siempre estuvieron enfrente. A menudo, las preguntas más difíciles nacen de alguien que conoce, aprecia y ha defendido una tradición. También en política puede exigir responsabilidades quien ha confiado durante años en un partido. Precisamente porque lo votó, tiene motivos para pedirle cuentas.
El estudio de los Padres de la Iglesia y de la historia del cristianismo fue llevando a Newman hacia conclusiones que comprometían su posición anterior. En 1845 ingresó en la Iglesia Católica. Aquella decisión tuvo consecuencias dolorosas en sus relaciones personales y en el mundo al que había pertenecido. La búsqueda religiosa había terminado por exigirle una elección que difícilmente podía considerarse fácil.
Sería absurdo equiparar una conversión religiosa con cambiar una papeleta, pero podemos reconocer un conflicto humano que atraviesa ambas situaciones: descubrir algo que obliga a revisar nuestra lealtad y preguntarnos cuánto estamos dispuestos a perder por actuar en consecuencia.
El votante también pertenece a un entorno. Tiene familia, amigos, recuerdos y experiencias que explican su identificación política. A veces, cambiar de voto parece una desautorización de la propia vida. ¿Cómo admitir que quienes defendimos nos han decepcionado? ¿Cómo reconocerlo ante aquellos con quienes discutimos? La tentación de buscar una excusa más puede ser enorme.
Sin embargo, un voto anterior expresa una decisión tomada en unas circunstancias determinadas. No debería obligarnos a justificar cuanto suceda después. Quien cambia de juicio ante hechos nuevos puede estar demostrando precisamente la seriedad con la que se tomó su primera elección.
Aquí aparece el centro del pensamiento de Newman: la conciencia. Para él tenía un fundamento religioso y una exigencia moral que es preciso conservar si queremos comprenderlo. No era una autorización para hacer cuanto apeteciera. En su Carta al duque de Norfolk, insistió en que sus derechos nacían de sus deberes y en la obligación de formar un juicio responsable.
Trasladado al terreno electoral, esto nos exige un trabajo serio y riguroso, y no todo el mundo está dispuesto a asumirlo. Informarse, contrastar, distinguir una acusación de una prueba, examinar una gestión y escuchar explicaciones que quizá no nos gusten. La indignación puede impulsar ese examen, pero no sustituirlo. Tampoco basta con proclamarse independiente mientras se aceptan sin comprobar todas las noticias perjudiciales para el adversario.
En 1874, William Gladstone, dirigente del Partido Liberal británico y primer ministro hasta unos meses antes, había cuestionado la independencia cívica de los católicos tras la definición de la infalibilidad pontificia en el Concilio Vaticano I de 1870. Sostenía que la obediencia a Roma comprometía su libertad para cumplir sus deberes como ciudadanos.
Newman respondió defendiendo la compatibilidad entre la fe católica y las obligaciones civiles. En aquella controversia situó su célebre brindis: «Por la conciencia primero y por el Papa después». Era una afirmación sobre el deber moral y los límites de la obediencia, dentro de su comprensión católica de ambos. ¡Qué cuestión tan actual si la llevamos, por ejemplo, al tema del aborto y lo que, en conciencia, puede hacer frente a esto, por ejemplo, un médico!
John Henry Newman
La comparación electoral, lógicamente, tiene sus límites, pero deja una pregunta que me parece muy interesante: si Newman pudo examinar con semejante cuidado las relaciones entre autoridad y conciencia, ¿qué justifica que un ciudadano entregue su juicio a la dirección de un partido? La confianza política debe poder renovarse, condicionarse o retirarse. Para decidirlo, necesitamos valorar a quienes piden gobernarnos, además de recordar por qué rechazamos a sus contrarios.
También su reflexión universitaria resulta brillante y muy importante. En su obra La idea de una universidad, Newman defendió una formación que desarrollara la capacidad de juzgar, comparar y ordenar los conocimientos.
Acumular información no garantiza comprenderla
Hoy podemos recibir centenares de mensajes políticos al día sin detenernos a comprobar uno solo. Una ciudadanía formada debería poder preguntar qué demuestra cada dato, qué se ha omitido y si aceptaría ese mismo argumento cuando favoreciese al otro. También debería saber reconocer una respuesta satisfactoria, aunque proceda de alguien a quien no pensaba escuchar.
Newman no dejó instrucciones para las elecciones españolas. Su vida y sus escritos nos permiten, en cambio, examinar cómo se construye un juicio y qué ocurre cuando seguirlo tiene consecuencias. Esa es la reflexión que merece acompañarnos hasta las urnas.
Cada ciudadano decidirá qué candidatura responde mejor a sus principios y a las necesidades del país. Pero antes todos deberíamos resolver una cuestión: si estamos eligiendo después de examinar los hechos o seleccionando los hechos para conservar intacta nuestra elección.
Retirar la confianza a quienes considerábamos los nuestros puede doler, pero defenderlos cuando creemos que han dejado de merecerla debería inquietarnos mucho más. Y ahí entra la libertad de conciencia de cada uno, que debería ser siempre tomada como un ejercicio de enorme responsabilidad como ciudadanos. Especialmente porque votar es un derecho que ha costado mucho conseguir.