La gesta de Mariano Mediano: combates, asedios y cautiverio de un militar español olvidado en Filipinas

Grandes gestas españolas

La gesta de Mariano Mediano: combates, asedios y cautiverio de un militar español olvidado en Filipinas

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Afinales del siglo XIX, Cuba y Filipinas vivían el momento final del Imperio español ultramarino. Miles de soldados fueron enviados a defender aquellas últimas posesiones sometidas a la presión independentista y al interés depredador de los Estados Unidos.

La película Los últimos de Filipinas de 1945, fijó para siempre en el imaginario colectivo la gesta de los héroes de Baler, símbolo de resistencia, sacrificio y fidelidad al deber como narra López de la Asunción en la obra más completa sobre este grandioso capítulo. Sin embargo, aquellos hombres no fueron los últimos españoles que combatieron en el archipiélago. Tras la evacuación de Baler, otros soldados continuaron luchando, padecieron cautiverio y regresaron meses después a una patria que ya había perdido Filipinas. Uno de ellos fue el oscense Mariano Mediano Vilas.

El Sitio de Baler. La heroica gesta de los últimos de Filipinas

Un oscense del Pirineo a Filipinas

Nacido en Peralta de la Sal (Huesca) en 1866, siguió la vocación militar de su hermano mayor e ingresó en el cuerpo de Carabineros. Destinado en Jaca, recorrió durante años los abruptos paisajes pirenaicos persiguiendo partidas de contrabandistas. Fue para él una escuela de dureza, resistencia y conocimiento del terreno que resultaría decisiva para combatir después en las selvas filipinas.

Su imponente estatura y sus excepcionales condiciones físicas le abrieron las puertas de la Guardia Real y a Madrid. Pero este destino no satisfacía a un hombre hecho para la acción. Cuando surgió la posibilidad de servir en Ultramar, no dudó.

En junio de 1897 dejó atrás a su esposa e hijos para embarcar rumbo a Filipinas. Allí fue destinado a los Cazadores Expedicionarios, unidad habituada a las operaciones más arriesgadas contra la insurgencia. Muy pronto destacó en una guerra de emboscadas, marchas extenuantes y combates librados en un clima y naturaleza hostil.

Mariano Mediano

Los primeros combates

Uno de los primeros escenarios en los que demostró su valor fue el monte Arayat. Bajo una lluvia torrencial y pendientes convertidas en trampas de barro, los soldados españoles tuvieron que avanzar al asalto. La maniobra exigió atacar prácticamente a la bayoneta, escalando las laderas de la colina mientras la tierra se desmoronaba bajo sus botas. Fue una lucha feroz, cuerpo a cuerpo en la que doscientos hombres perdieron la vida. Algunos de sus cuerpos desaparecieron para siempre en los barrancos despeñados en lugares tan inaccesibles que resultó imposible recuperarlos.

También combatió en Kamansi, posición defendida por fuerzas insurgentes al mando del general Macabulos. La posición fue conquistada, pero a un coste ingente. Las bajas españolas fueron tan elevadas y la resistencia filipina tan feroz que los rebeldes consideraron aquella derrota una victoria moral.

La amargura llegó después del combate. Los honores recaían sobre oficiales alejados de la primera línea. Mariano vio incluso cómo se le retiraba el mando de su sección para entregárselo a un jefe sin experiencia de campaña. Este oficial ordenó el regreso a Manila por una ruta temeraria. Mediano protestó formalmente y fue arrestado por insubordinación. Lo que parecía una desgracia acabó salvándole la vida. Mientras permanecía encarcelado, la unidad emprendió la marcha y cayó en una devastadora emboscada y fue aniquilada.

Voluntarios españoles en Manila

Una adaptación al terreno con éxito

Recuperada la libertad, Mariano Mediano solicitó su incorporación a la Guardia Civil Indígena y destinado a la provincia de Tayabas, en la isla de Luzón. Durante meses recorrió la selva y al frente de pequeños destacamentos acometió emboscadas, marchas interminables, enfermedades tropicales ante un enemigo que aparecía y desaparecía entre la espesura.

Posteriormente regresó al Batallón Expedicionario n.º 12, acantonado en Tayabas y mandado por el comandante Pacheco, futuro laureado de San Fernando. Allí desarrolló una forma de combatir especialmente eficaz. Aprovechando la experiencia adquirida en la persecución de contrabandistas en el Pirineo aragonés, adaptó tácticas de guerra irregular al entorno filipino. Sus hombres, muchos de ellos indígenas conocidos como buriks, se desplazaban descalzos y utilizaban carabaos para confundirse con la población local y moverse con rapidez por selvas y arrozales.

Aquella combinación de movilidad, astucia y profundo dominio del terreno permitió a Mediano obtener importantes éxitos contra los insurgentes vinculados al Katipunan. Entre sus acciones figuró la captura de la guerrillera Francisca Inanta, mítica en la región.

Guardia Civil de Filipinas

A finales de 1897, el Pacto de Biak-na-Bató estableció una tregua temporal entre las autoridades españolas y los seguidores de Emilio Aguinaldo, que marchó al exilio en Hong Kong. Se recibió la noticia con alivio, pero la paz sería efímera. En abril de 1898, el estallido de la guerra entre España y Estados Unidos cambió las tornas. La destrucción de la escuadra de Montojo en Cavite dejó a Filipinas prácticamente aislada, mientras Aguinaldo regresaba al archipiélago y reanudaba la insurrección.

Las guarniciones españolas quedaron dispersas y rodeadas por fuerzas cada vez más numerosas. Para Mariano Mediano comenzaba entonces la etapa más dura de toda su campaña: una lucha desesperada por la supervivencia.

La defensa de Tayabas: setenta y cinco días de resistencia

Ante el avance de la insurrección filipina, el comandante Pacheco concentró en Tayabas todas las fuerzas disponibles de la provincia. La plaza reunió a dos compañías del Batallón de Cazadores, una sección de caballería, marinos, guardias civiles, carabineros y varios funcionarios civiles. En total, menos de quinientos hombres.

Frente a ellos, los generales Miguel Malvar y José Carpio concentraron cerca de quince mil combatientes tagalos apoyados por artillería. Aunque los españoles disponían de treinta y cuatro cañones, la escasez de pólvora y municiones convertía la defensa en una empresa casi imposible.

El asedio comenzó el 12 de junio de 1898. La ciudad se hallaba rodeada por completo, los defensores se refugiaron en los escasos edificios de piedra mientras gran parte de Tayabás era consumida por las llamas. Comenzaban setenta y cinco días de combate, hambre y también de enfermedad porque el paludismo causó estragos. A finales de julio había noventa y dos heridos y cerca de doscientos noventa enfermos. Entre ellos, el propio Pacheco, que perdió un brazo al ser alcanzado por una bala explosiva. Las deserciones también hicieron su aparición. El caso más doloroso fue el del teniente Benedi, que abandonó la plaza llevándose parte de las escasas reservas de pólvora.

Uniformes de los españoles en Filipinas

Pese a todo, los sitiados rechazaban un ataque tras otro y Pacheco desoyó hasta cuatro ofertas de rendición. Sin embargo, el hambre y la falta de municiones acabaron imponiéndose. El 13 de agosto la situación era desesperada: once soldados habían muerto ya de inanición y los últimos guardias indígenas abandonaron la guarnición. Aquel mismo día, Manila capitulaba ante los estadounidenses.

El 16 de agosto de 1898, tras setenta y cinco días de resistencia, Pacheco entregó finalmente la plaza. De los aproximadamente 450 hombres que habían iniciado la defensa, apenas quedaban veinte oficiales y ciento setenta y cinco soldados españoles. Mientras numerosos soldados indígenas se incorporaban al ejército revolucionario, pero otros permanecieron fieles a España hasta el final. Entre ellos, un teniente de la Guardia Civil cuya vida fue salvada por la intervención de Mariano Mediano.

La caída de Tayabás puso fin a una de las resistencias más duras y desconocidas de la campaña filipina. Derrotados, pero no vencidos moralmente, aquellos hombres iniciaban ahora un calvario aún peor: el cautiverio.

El terrible cautiverio

La capitulación no supuso el final del sufrimiento. Según las condiciones acordadas, enfermos y heridos debían ser trasladados a Manila para su repatriación. Pero los barcos prometidos llegarían varios meses después y sesenta de ellos habían muerto ya víctimas de las enfermedades y el abandono. Los supervivientes quedaron en manos de las fuerzas tagalas. Mediano fue trasladado a Tanauán junto a otros prisioneros, entre ellos el teniente Alejandro Viamonte. Las garantías de trato digno prometidas por el general Miguel Malvar pronto se revelaron ilusorias. La amarga sorpresa llegó al descubrir quién estaba al frente de su vigilancia: el teniente Benedi, ahora coronel, antiguo camarada que había desertado durante el asedio llevándose parte de las reservas de pólvora.

Los últimos de Filipinas

Nada más asumir la custodia de los prisioneros, Benedi separó a los oficiales de la tropa, a excepción del soldado Rosselló que mandó con la oficialidad por ser especialmente pendenciero e inició un cautiverio que muy pronto reveló su verdadera naturaleza. Los españoles confiaban en que se tratara de una situación transitoria y que las cláusulas de la capitulación acabarían conduciéndolos a la repatriación. Sin embargo, aquella esperanza se desvaneció rápidamente. El hambre, la incertidumbre y los abusos se convirtieron en compañeros inseparables de los cautivos El antiguo compañero de armas se transformó en un carcelero despiadado responsable de numerosos abusos y de condiciones de reclusión que costaron la vida a varios cautivos.

Y, sin embargo, ni el hambre, ni las enfermedades, ni las humillaciones consiguieron quebrar la voluntad de aquellos hombres. Mientras el Imperio español desaparecía definitivamente de Filipinas y el mundo parecía olvidarse de ellos, los prisioneros siguieron aferrándose a una única certeza: debían sobrevivir.

Islas Filipinas

El plan de evasión

En marzo de 1899 los cautivos pusieron en marcha un desesperado plan de evasión. Alguien debía escapar y pedir ayuda Y el elegido fue el comandante Pacheco, por ser el de mayor rango, Para facilitar la evasión del comandante, los prisioneros fingieron durante días que se encontraba gravemente enfermo. Oculto bajo una manta, fue sustituido en los recuentos por un improvisado muñeco confeccionado con hierbas. El engaño funcionó durante algún tiempo, hasta que los guardianes descubrieron la fuga.

La reacción fue brutal. Los cautivos fueron golpeados, interrogados y despojados de las escasas pertenencias que habían logrado reunir durante su cautiverio: mantas, jergones, ropa e incluso los pocos zapatos que compartían entre todos.

Los españoles conocían bien las consecuencias que podía tener cualquier acto de rebeldía. Corrían noticias de otras prisiones donde los intentos de resistencia habían sido reprimidos con extrema dureza. En el campo de Camarines, según relataron algunos supervivientes, más de un centenar de cautivos españoles fueron asesinados por sus guardianes tras reclamar su libertad.

Aun así, ni el miedo ni las represalias consiguieron extinguir el ansia y la desesperación de aquellos hombres, dispuestos a arriesgarlo todo antes que resignarse a un cautiverio sin fin. Lo bueno es que Pacheco logró escapar y alcanzar Manila, donde informó a las autoridades norteamericanas de la dramática situación de los prisioneros españoles dispersos por el interior de Luzón. Lo malo fue que no atendieron a sus requerimientos y la ayuda nunca llegó.

Los 33 supervivientes del asedio en Baler que pasaron a la historia como Los últimos de Filipinas

El fusilamiento

La fuga desencadenó duras represalias. Incapaz de capturar al oficial evadido, Benedi descargó su ira sobre los cautivos y organizó el fusilamiento de varios de ellos, entre los que se encontraba Mariano Mediano. Los condenados fueron conducidos ante el pelotón y obligados a contemplar de frente una muerte que parecía inevitable. Sólo al escuchar el seco chasquido de los percutores comprendieron la macabra naturaleza de aquella farsa y que había sido un simulacro.

Pese al terror y las privaciones, los prisioneros no renunciaron a recuperar la libertad. En mayo protagonizaron una nueva tentativa de fuga colectiva y en breve episodios dignos de una novela de aventuras jalonarían la odisea de Mariano Mediano. Entraba en su capítulo más dramático y desconocido uno de los últimos españoles de Filipinas.