Pintura representando el asedio de los insurgentes filipinos a la iglesia de Baler
Faustino Ovide, el héroe olvidado de la defensa española de Manila en 1898, al frente de 30 hombres
Mientras los últimos de Filipinas resistían en Baler, este oficial asturiano combatía en los accesos de Manila y cubría la retirada española en 1898
El Museo del Ejército de Toledo custodia la última bandera española que ondeó en Baler, Filipinas. Se defendió a fuego y sangre, incluso cuando las islas dejaron de ser españolas, pero aquellos hombres, los conocidos como los últimos de Filipinas, la custodiaron durante 337 días.
Última bandera española que ondeó en Baler, Filipinas
«Tenemos que seguir luchando. Ya hemos pasado momentos más duros: los ataques, la artillería, la epidemia, la traición y, sobre todo, esto. Un año, un año sin saber más que de estas cuatro paredes. Pero tenemos la misma obligación que cuando llegamos. Perder la esperanza no es perder el honor. Pelearemos hasta que caiga el último», arengó el teniente Martín Cerezo, según se plasma en la película Los últimos de Filipinas de 1945.
Pero aquel reducto de 55 hombres —de los cuales solo regresaron 33 a España con la bandera— no fue el único que demostró una resistencia «propia del valor de los hijos del Cid y de Pelayo», tal y como describió y reconoció Emilio Aguinaldo, el primer presidente de la República Filipina, en el decreto del 30 de junio de 1899.
Al tiempo que Martín Cerezo, De las Morenas y Fossi, Alonso Zayas, Marcelo Adrián Obregón y Timoteo López Larios defendían Baler, había otro puñado de españoles defendiendo la capital filipina, entre los que se encontraba Faustino Ovide González.
Nacido en 1863 en Villategil, una aldea asturiana del concejo de Cangas del Narcea, Faustino comenzó su andadura profesional como herrador en Madrid, antes de ser llamado al servicio militar en 1883. Inició su carrera en el Regimiento de Infantería de la Reina n.º 2, destacando pronto por su disciplina y méritos, lo que le llevó a ascensos tempranos y a reengancharse voluntariamente tras licenciarse.
Antes de llegar a Filipinas sirvió en diversos destinos, incluyendo Ceuta durante tiempos de tensión con Marruecos, y posteriormente en Melilla y otros puntos estratégicos. Sería en 1895 cuando, tras solicitar un destino arriesgado y bien considerado, fue ascendido a segundo teniente y enviado al archipiélago, donde se convertiría en protagonista de una de las defensas más valerosas del ya decadente Imperio español.
Faustino Ovide, defensor de Manila
Al llegar a las islas, Ovide fue destinado a Mindanao, una zona conflictiva por la resistencia musulmana. Una vez allí, sirvió en el Regimiento Indígena Joló n.º 73, donde tuvo su primer contacto con el combate real y fue condecorado con el pasador de Mindanao por su actuación, tal y como recoge el doctor en Historia Agustín R. Rodríguez González en la biografía que escribe sobre Faustino, su tío abuelo.
Al estallar la insurrección tagala en agosto de 1896, encabezada por Emilio Aguinaldo, regresó a Manila. Durante la revuelta, Ovide solicitó su ingreso en la Guardia Civil, siendo asignado al 20.º Tercio, con mando de tropas indígenas —la defensa de las islas se realizó con una fuerza mixta compuesta por peninsulares y criollos, pero, sobre todo, nativos—.
Según relata Rodríguez en su biografía, Ovide participó en intensos combates en Las Piñas y en las márgenes del río Zapote, donde su valentía le valió varias condecoraciones, entre ellas cuatro Cruces Rojas del Mérito Militar de 1.ª clase, obtenidas por acciones ofensivas exitosas y arriesgadas, incluyendo asaltos nocturnos y persecuciones con fuerzas muy inferiores.
«Su valor personal estaba más que acreditado en todos estos combates, pero por si faltaba alguna duda, resultó herido de arma blanca [...]. Tras una estancia en el hospital que solo duró del 9 a 16 de junio, volvió al combate», escribe el también académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.
Gracias a su capacidad para liderar unidades indígenas y su espíritu ofensivo, Ovide obtuvo la confianza de sus superiores, como el general Polavieja, quien le dejó el mando de una columna de 180 hombres en Cavite, con la que obtuvo importantes victorias, además de capturar armamento y cabecillas enemigos.
Sin embargo, el final de la insurrección no trajo estabilidad: la frágil paz fue seguida por el estallido de la guerra con los Estados Unidos en 1898.
La defensa de Manila contra EE. UU.
En medio de la desmoralización general y el aislamiento de las guarniciones españolas, Ovide, como parte del 2.º Batallón de Cazadores, volvió a distinguirse por su firmeza y resolución. En junio de 1898, al frente de su unidad, rechazó varios ataques. El 18 de julio dirigió la defensa durante un feroz asalto cuerpo a cuerpo. Pero su acto más heroico llegaría el 13 de agosto de 1898, durante el ataque final norteamericano.
Su hoja de servicios relata los hechos de la siguiente manera: «... roto el fuego por la escuadra americana sobre nuestras líneas avanzadas y ordenada la retirada por el jefe del sector, se quedó voluntariamente mandando el último escalón. Recibida orden de recuperar una de las trincheras abandonadas al objeto de detener al enemigo y para proteger la retirada de otras fuerzas, retrocedió con treinta hombres y, al observar que ya estaba ocupada por fuerzas americanas, atacó a estas con tal ímpetu que las obligó a abandonarlas precipitadamente, dejando varios muertos, en cuyo ataque resultó herido de bala en el labio inferior con fuerte contusión en la dentadura, siguiendo no obstante al mando de la fuerza, sosteniendo vivísimo fuego para detener al enemigo y salvar la retirada de estas fuerzas, hasta llegar próximo a las murallas de Manila, donde recibió orden de rendirse por haberlo efectuado y hacía ya tiempo la plaza, siendo entonces felicitado por el general americano Greene, quien, puesto al frente de sus tropas, le tributó los honores de la guerra».
A pesar de la orden de retirada, Ovide se quedó voluntariamente en la última línea, lideró un contraataque con solo treinta hombres frente a tropas estadounidenses que habían tomado una trinchera, y logró recuperarla brevemente. Resultó herido de bala en el rostro, pero se mantuvo al frente hasta recibir orden de rendirse, ya consumada la capitulación de la ciudad.
Tras la retirada de Filipinas, Ovide fue destinado a guarniciones en Cataluña y Baleares. Ascendió hasta teniente coronel en 1917 y, veinte años más tarde, fallecería en Barcelona. En su esquela no se mencionaba su carrera militar ni sus méritos y su figura quedó relegada al olvido; sin embargo, «tuvo que ser un motivo de legítimo orgullo y satisfacción personal el hecho de haber sido el último y denodado defensor de Manila, rechazando al victorioso enemigo y cesando solo la resistencia ante órdenes superiores», expresa el doctor en Historia sobre su antepasado.