Superar el pasado: la corona y los exiliados
La historia contemporánea de España está atravesada por numerosos exilios por motivos políticos. Españoles que tuvieron que rehacer su vida en países extranjeros, a veces con ayuda y otras sin ella. Su existencia reveló la incapacidad de numerosos políticos por construir una España sin exiliados
Llegada de refugiados republicanos del campo de Argelès-sur-Mer al campo de Le Barcarès
En 1814, tras la guerra de la Independencia, se exiliaron miles de afrancesados a los cuales los vencedores no vieron como compatriotas, sino como traidores, calificación que se repetiría en otros desterrados políticos. En 1822 fue el turno de los realistas contrarrevolucionarios y, un año después, el de los liberales. En 1840, 1849 y 1876, miles de carlistas, perdedores de tres guerras, fueron los siguientes.
El exilio por estos motivos provocó la emigración a Gran Bretaña, a Portugal y, sobre todo, a Francia de familias de todos los grupos sociales: soldados, contrabandistas, campesinos, eclesiásticos, clases medias, nobles… hasta la propia familia real en 1808, 1868 y 1931.
Estar una temporada en Europa, como exiliado político, incluso formó parte de la vida cotidiana de numerosos políticos como el conde de Toreno, Martínez de la Rosa, Espartero, O'Donnell, Narváez, Prim, etc. A partir de 1875, la Restauración canovista intentó evitar esa situación, alternándose en el poder conservadores y liberales sin necesidad de pronunciamientos militares ni de que los políticos que abandonaban el Gobierno fueran al exilio.
Incluso, si no realizaban actos de violencia, se concedió su espacio político a regionalistas, republicanos y carlistas. Sin embargo, el destierro por motivos políticos volvió a aparecer en el escenario español con la dictadura de Miguel Primo de Rivera, la Guerra Civil y la posguerra.
Si bien, en las décadas siguientes, algunos de los exiliados republicanos fueron volviendo poco a poco, a partir de 1976, la Transición hacia un régimen democrático tuvo en cuenta a los exiliados republicanos. Actitud lógica si se pretendía construir un sistema político que superara los estragos de la Guerra Civil, favoreciera el consenso y la construcción colectiva del presente.
Juan Carlos I no se opuso nunca a esa política de retorno de los exiliados, de reconocimiento de su españolidad. En junio de 1977, Darío Bavagaño Vega, mutilado del Ejército republicano, escribió al Rey solicitando su apoyo para acelerar la tramitación para que todos sus compañeros de filas pudieran, cuanto antes, auxiliarse de pensiones legisladas a su favor.
También le pidió que se unificara el Cuerpo de Caballeros Mutilados por la Patria sin distinción de bandos enfrentados en la Guerra Civil. El Rey le respondió que conocía su situación desde el año anterior y que trasladaba su petición al presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, para acelerar al máximo la resolución de esos expedientes.
En 1978, Juan Carlos I y la Reina Sofía viajaron a México, donde se entrevistaron con Dolores Rivas Chérif, viuda de Manuel Azaña, y se reunieron con una representación del exilio español, hecho que repitieron en otros viajes a otros lugares como Colombia. En 1981, los Reyes visitaron a la escritora María Zambrano en su domicilio, con motivo de la concesión del Premio Príncipe de Asturias a su obra, la cual no puede entenderse, como ella misma siempre confesó, sin la experiencia del exilio.
Cinco años más tarde, falleció Victoria Kent, política republicana, en Nueva York, la cual había manifestado que su mala salud le había impedido acudir a Madrid para recibir de manos del Rey la Gran Cruz de la Orden de San Raimundo de Peñafort, concedida el año anterior. Así, Juan Carlos I colaboró en el cierre de las heridas de la Guerra Civil, como en el homenaje que se rindió a Emilio Herrera Linares, presidente de la República en el exilio entre 1960 y 1962.
A lo largo de su reinado, los monarcas continuaron fomentando ese acercamiento, ese deseo de reencuentro y de identidad incluso con exiliados nada famosos. En 2006, por ejemplo, visitaron Toulouse y la comunidad de descendientes de republicanos exiliados junto a una decena de estos con edad avanzada, que sumaban unas 400 personas, aunque se reunieron 3.000 para darles la bienvenida.
Francisco Folch, presidente de la asociación de excombatientes y víctimas de guerra republicanas, expresó que el deseo de estos era que no hubiera jamás otro conflicto similar en España, reconociendo el papel de la Corona en la construcción democrática. Rafael Gandía, presidente de la asociación de guerrilleros, apoyó sus palabras.
Juan Carlos I tuvo palabras de reconocimiento a los supervivientes del largo y doloroso exilio, no olvidando a los que habían fallecido. Diez años antes, el entonces Príncipe de Asturias había realizado la misma visita y también se había puesto en contacto con ellos.
Juan Carlos I siempre intentó apoyar el cierre y la superación de la Guerra Civil, a diferencia de otros políticos e historiadores que han vuelto a abrir las heridas de la misma. Y continúan haciéndolo, como resulta evidente.