'Batalla de Pavía'. Obra de Augusto Ferrer-Dalmau
Cuando Milán fue española: la huella que comenzó con la victoria de Pavía
La preservación de los privilegios de la aristocracia lombarda, los lazos familiares y similares horizontes culturales (incluyendo una población muy católica) hicieron que este territorio se sintiese muy cómodo bajo el dominio hispano
Aquella carga desesperada de la otrora invencible caballería pesada francesa se había estancado entre las picas y los arcabuces españoles por el frente, mientras por retaguardia escaramuzaban los caballos de Pescara y Leyva. No había que quitarle mérito al valor galo, pero esa engreída élite asistía impotente al hundimiento de sus monturas por la cadencia y precisión de las modernas armas de fuego hispanas.
En el centro de la melé, entre gritos escupidos en varios idiomas, el ensordecedor atronar de carabinas y salpicaduras de sangre, destacaba un caballero con armadura completa, en la que se reflejaban algunos grabados dorados y un gran penacho de llamativas plumas.
Afirmaba el historiador Giovanni Tarcagnota que fue el condotiero Cesare Hercolani el que derribó de un arcabuzazo el imponente frisón del caballero emplumado.
El gallego Pita da Veiga, el vasco Urbieta, el andaluz Ávila y el catalán Aldana, conscientes, por su vestimenta, de que se encontraban ante un personaje importante, corrieron a auxiliarle antes de que algún rabioso piquero le atravesase el yelmo. Acababan de capturar a Francisco I, rey de Francia, y, con esa gesta durante aquella eterna aurora del 24 de febrero de 1525, en Pavía, habían puesto final a una de las batallas más decisivas de la Europa del Renacimiento y, sin ser conscientes entonces, también habían abierto la puerta de la historia del Milán español.
Tras la victoria, el Milanesado no pasó inmediatamente a manos españolas: el emperador Carlos restauró en el ducado a Francisco Sforza, pero sí pasaría a formar parte de la Corona hispana diez años después, a la muerte de Sforza sin herederos, siendo el brillante militar español Antonio de Leyva su primer gobernador.
Milán sería también un centro clave de la Contrarreforma católica y fue un ducado muy leal a España, así como pieza esencial en el Camino Español que recorrerían los tercios y que conectaba el Milanesado con Flandes a través de los Alpes (generalmente por el paso de la Valtelina), el también hispano Franco Condado, el aliado ducado de Lorena, el Luxemburgo español y, finalmente, los Países Bajos españoles.
Como señala David López: «El Milanesado era la puerta que abría a España el corazón de Europa a través del Camino Español, era el puñal que amenazaba a Francia, el bastión que protegía las posesiones españolas en la Península Itálica y era el primer punto de defensa de la propia España».
Una de las principales obras que arroja especial luz sobre este periodo es el libro de Gianvittorio Segnorotto, Milán español: guerra, instituciones y gobernante durante el reinado de Felipe IV. Señala cómo, desde Felipe II, el ducado es dirigido desde Madrid a través de un gobernador y el Consejo de Italia. Recuerda cómo la preservación de los privilegios de la aristocracia lombarda, los lazos familiares y similares horizontes culturales (incluyendo una población muy católica) hicieron que este territorio se sintiese muy cómodo bajo el dominio hispano.
También resulta interesante la lectura del libro de Nando Pozzoni, Tras las huellas de la Milán española, que comienza recordándonos una frase del Quijote, en la que pone en valor la importancia del Milanesado, para pasar a describirnos el fascinante legado arquitectónico, con obras como el lazareto del que todavía sobreviven veinte metros de murallas y celdas en la actual vía San Gregorio.
El Castillo, que, como señala David López, podía albergar una guarnición de dos mil soldados, fue mandado construir por Ferrante Gonzaga, quinto gobernador español, y del que todavía se mantienen los bastiones, cerca de Porta Romana, donde queda también el arco del triunfo de Margarita de Austria.
Ferrante también mandó construir Villa Simoneta y el Palacio Real. La primera construcción es un gran ejemplo del Renacimiento tardío; la segunda, situada en la Piazza Duomo, fue la residencia de los gobernadores españoles y actualmente es un museo. Otras construcciones notables son el Palacio Marino, actual sede del Ayuntamiento de Milán; el Acerbi; el Durini, y muchos otros edificios singulares, así como la dársena y los canales.
Grabado de Ville di delizia nello Stato di Milano , 1726
Esta huella también está presente en el arte. Pintores como Camillo Landriani; Antonio Campi, que también fue escritor y arquitecto; Giovanni Battista Crespi, también llamado el Cerano; Andrea Procaccini, que desarrollará en España la mayor parte de su obra; Bernardino Luini, o Pier Francesco Mazzuccheli, conocido como Morazzone, van a abrazar, en muchas ocasiones, temáticas o personajes religiosos, así como también españoles, para sus obras. Igualmente hay que recordar a la gran pintora Sofonisba Anguissola o que Caravaggio era de origen milanés. Hijo de milanés fue el pintor manchego Juan Bautista Mayno, y por Milán pasó Velázquez en su recorrido por la península itálica.
Nacido en el Milán español fue también el compositor Claudio Monteverdi. Antonio de Cabezón compuso unas diferencias sobre la gallarda milanesa. En literatura, además del ya citado Cervantes, otros autores hacen referencias a Milán, como Mateo Alemán o Alonso Castillo Solórzano. También pasó por el Milanesado el célebre Quevedo en sus andanzas itálicas. Entre los milaneses sobresale Maggi, que escribe en dialecto milanés y en castellano. Pozzoni nos recuerda que, de hecho, muchas palabras italianas tienen origen español.
Para los amantes de la cocina, conviene recordar que el maíz, las judías blancas, el pescado en escabeche y el pimentón fueron introducidos en el Milanesado por los españoles y que la cazuela lombarda está basada en el cocido castellano.
El 26 de septiembre de 1706, durante la guerra de Sucesión, las tropas austriacas toman la ciudad de Milán. Meses después caerá el resto del territorio del ducado, pese al gran rechazo de la población, que se sentía española y no austriaca. Los posteriores tratados de Utrecht (1713), Rastatt y Baden (1714) consolidarán la pérdida del Milanesado. Sin embargo, como hemos visto, no solo un gran legado español pervive, sino también la simpatía de los milaneses actuales hacia un periodo histórico que consideran, generalmente, positivo.