Reclusos del campo de concentración de Alcalá de Henares. Foto publicada por la revista ‘Estampa’ el 18 de agosto de 1934
Entrevista al historiador estadounidense Michael Seidman
Michael Seidman: «La propaganda republicana ocultó con eufemismos las condiciones en sus campos de trabajo»
El prestigioso historiador estadounidense saca a la luz en su ensayo más reciente cómo la Europa del siglo XX reinstauró un sistema de explotación que creíamos extinto
Solemos pensar en la esclavitud como una mancha de un pasado lejano, un capítulo oscuro que la civilización cerró de forma definitiva en el siglo XIX gracias al avance del abolicionismo. Sin embargo, ¿y si el corazón de la Europa contemporánea, cuna de los derechos humanos, hubiera vuelto a encadenar a millones de personas hace apenas unas décadas?
Esa es la realidad que el prestigioso historiador estadounidense Michael Seidman saca a la luz en su ensayo más reciente, Esclavos en la Europa del siglo XX (1914-1945). Fruto de años de exhaustiva investigación, el profesor de la Universidad de Carolina del Norte documenta un fenómeno tan aterrador como silenciado: cómo la extrema violencia de las dos grandes guerras mundiales frenó en seco la evolución social y reactivó el uso sistemático de trabajos forzados.
Del comunismo al nazismo, pasando por el fascismo e incluso arrastrando a las democracias en guerra, el Viejo Continente reinstauró un sistema de explotación que creíamos extinto.
Michael Seidman
–Se suele asociar la esclavitud a siglos lejanos y a geografías ajenas a Europa, como el comercio atlántico o el mundo islámico premoderno. ¿Qué le llevó a utilizar el término para describir los campos y gulags del periodo 1914-1945?
–Utilizo los tres términos –«esclavitud», «trabajo forzoso» y «represión política»– en Esclavos en la Europa del siglo XX. Todos ellos tienen sus raíces en la violencia extrema; sin embargo, la esclavitud –o, más precisamente, la neoesclavitud– es la más violenta y extrema de todas. El periodo de las guerras mundiales (1914-1945) fue testigo de la reaparición, a una escala nunca vista en la historia de la humanidad, de la «esclavitud absoluta», durante la cual los amos eliminaban –por razones políticas o, en el caso nazi, político-biológicas– a aquellos que consideraban demasiado peligrosos para trabajar o para mantener con vida.
–¿Considera que fue la Primera Guerra Mundial y su industrialización de la muerte el verdadero detonante que destruyó el respeto por el individuo en Europa?
–Coincido en que la evolución moral de Occidente no es lineal, sino que varía según el contexto histórico. Ciertamente, tras el siglo XIX –marcado por la abolición–, el desarrollo de una forma de neoesclavitud durante el periodo de las guerras mundiales constituye un ejemplo radical de esta regresión. La Primera Guerra Mundial fue el punto de partida de esta era neoesclavista ultraviolenta; sin embargo, la «industrialización de la muerte» comenzó realmente en los campos de exterminio nazis durante la Segunda Guerra Mundial.
La cifra de 20.000 soldados británicos e imperiales caídos en el primer día de la batalla del Somme (1 de julio de 1916) se equipara, aproximadamente, al número de víctimas –18.000 judíos– asesinadas en el campo de exterminio nazi de Majdanek el 3 de noviembre de 1943; no obstante, el contexto de la muerte de jóvenes guerreros armados en el fragor de la batalla contrasta drásticamente con el de los judíos –hombres y mujeres de todas las edades–, desarmados y aniquilados con celeridad mientras se hallaban en cautiverio. Por otra parte, el genocidio otomano contra los armenios cristianos se cobró la vida de aproximadamente un millón de miembros de esta minoría, si bien dicho exterminio no llegó a ser industrializado.
–Más allá de la ideología con la que justificaban sus crímenes los regímenes comunistas, fascistas y nacionalistas, ¿cuál era la verdadera motivación económica y práctica de Hitler y Stalin para crear estas vastas redes de esclavos?
–Las motivaciones de cada uno eran, a la vez, similares y diferentes. Ambos pretendían eliminar o controlar a sus enemigos y a sus enemigos potenciales. Tanto el marxismo soviético como el nazismo alemán compartían, asimismo, una ideología común de hipertrabajo que valoraba al trabajador tanto como al guerrero. Por consiguiente, ambos ponían a trabajar a sus supuestos enemigos o eliminaban de inmediato a los más peligrosos. No obstante, los marxistas soviéticos consideraban que podían reformar y redimir a muchos de sus adversarios mediante la terapia del trabajo. El Gulag constituía, pues, mucho más una especie de puerta giratoria por la que entraban y salían numerosos prisioneros. Además, solía ser menos letal que los campos nazis, donde únicamente los «arios» podían ser redimidos.
–¿Hasta qué punto el laicismo extremo y el materialismo de Estado de regímenes como el soviético facilitaron esta cosificación del ser humano?
–Hasta el auge del abolicionismo durante la Ilustración y el crecimiento de ciertas confesiones protestantes, la Iglesia católica –al igual que la mayoría de las instituciones islámicas– planteaba escasas objeciones a la esclavitud. No obstante, ambas grandes religiones tradicionales intentaron –a menudo de manera tenue e infructuosa– imponer ciertos límites a la crueldad y la naturaleza homicida de la esclavitud. El auge del «laicismo extremo y el materialismo de Estado» facilitó el abandono incluso de estas restricciones, de por sí bastante menores, sobre la servidumbre.
–Uno de los elementos de los que advierte es cómo los nuevos esclavizadores eliminaron la protección legal, la propiedad e incluso la privacidad. ¿Eran, en ciertos aspectos, las condiciones de un esclavo del siglo XX peores que las de los esclavos de la Antigüedad o de las Américas?
–En general, los esclavos del siglo XX padecieron condiciones tan penosas –e incluso peores– que las de sus predecesores del siglo XIX en las Américas, donde los esclavos eran considerados mercancías y, por lo común, poseían un valor de cambio mucho mayor. No obstante, la travesía transatlántica desde África hacia el Nuevo Mundo guardaba, en muchos aspectos, una notable similitud con los vagones de ganado ferroviarios —y, con menor frecuencia, con los barcos— que transportaban a los judíos deportados hacia los campos de concentración y exterminio.
Las cámaras de gas –quizás, dentro de la dilatada historia de la esclavitud, la «invención singular» de la Alemania nazi– terminaron por eclipsar el juicio emitido en 1789 por William Wilberforce, quien afirmó que los barcos negreros transatlánticos constituían «la faceta más abyecta de todo este asunto. Tanta miseria condensada en tan reducido espacio es algo que la imaginación humana jamás había concebido con anterioridad».
–Su libro también aborda la Guerra Civil española en este mapa europeo del horror. ¿Qué dimensiones y características tomó este fenómeno esclavista o de trabajo forzado dentro de nuestras fronteras en comparación con otras potencias europeas?
–Los historiadores de la Guerra Civil española han pasado por alto a menudo los campos de trabajo republicanos, los cuales se asemejaban en muchos aspectos a los soviéticos, tanto en su ideología del trabajo como en su deseo oficial de reformar a los prisioneros mediante la labor. La propaganda republicana también rivalizaba con su homóloga soviética en el uso de eufemismos y falsedades para ocultar las verdaderas condiciones de reclusión. Los campos de trabajo nacionales perduraron mucho más tiempo que los republicanos y albergaron a un mayor número de reclusos. Irónicamente, también guardaban similitudes con los de su odiado enemigo soviético.
Algunos franquistas llegaron incluso a manifestar una admiración transimperial hacia la implacable severidad con la que el régimen soviético castigaba a los disidentes. Ambos sistemas compartían la eliminación selectiva de los opositores políticos más peligrosos; las penurias cotidianas derivadas del hacinamiento y la escasez de suministros; los esfuerzos esporádicos por convertir a los disidentes a la ideología del régimen; la exigencia de considerar el trabajo como prueba de lealtad y subordinación, y la posibilidad de obtener reducciones de condena u otros beneficios mediante un esfuerzo adicional.
Al igual que en la URSS –y a diferencia de lo que ocurría en la Alemania nazi y sus aliados–, los criterios raciales estaban prácticamente ausentes. Las normativas españolas relativas a las madres con lactantes eran considerablemente más generosas que las soviéticas, por no hablar de las prácticas infanticidas masivas del régimen nazi.
Portada de Esclavos en la Europa del siglo XX
–En obras anteriores muy reconocidas, como A ras de suelo o La victoria nacional, usted ha analizado el conflicto español priorizando la realidad social y material frente al mito político. ¿Cómo se encuadra el uso de esta servidumbre dentro de la «eficacia contrarrevolucionaria» que caracterizó al bando nacional y a las dinámicas del bando republicano?
—La imposición de la esclavitud y del trabajo forzoso constituyó un error ético y económico, tanto por parte de los revolucionarios como de los contrarrevolucionarios, durante la era de las guerras globales. Si bien podría existir una lógica a corto plazo para poner a trabajar a los enemigos, el cautiverio y la servidumbre no generan el mismo tipo de eficiencia que los sistemas de trabajo asalariado a largo plazo, dado que las oportunidades de especialización económica, educación e innovación son significativamente menores que en los sistemas más libres.
–Mirando el panorama geopolítico actual, ¿cuáles son las señales de alarma que, como historiador, más le preocupan hoy en día?
–La tendencia hacia el autoritarismo, tanto en la derecha como en la izquierda, es preocupante. Ambas niegan la separación de poderes, la cual mantiene bajo control al Poder Ejecutivo e impide que los peores abusos se perpetúen indefinidamente.
–Vivimos en un momento de fuerte polarización histórica, donde a menudo se denuncian los crímenes de una ideología minimizando los de la opuesta. ¿Qué lecciones aporta el enfoque global de su libro al demostrar que tanto la extrema izquierda soviética como la extrema derecha nacionalsocialista recurrieron a los mismos abismos de crueldad?
–Las grandes guerras mundiales de desgaste que caracterizaron la primera mitad del siglo XX elevaron los niveles de violencia, la cual se extendió desde el campo de batalla hasta el lugar de trabajo. El deseo de salir victorioso a toda costa –tanto en los conflictos mundiales como en los revolucionarios y contrarrevolucionarios– da lugar a polarizaciones que derivan en atrocidades sin precedentes.