15 de agosto de 2022

Los supervivientes del asedio en Baler que pasaron a la historia como Los últimos de Filipinas

Los supervivientes del asedio en Baler que pasaron a la historia como Los últimos de Filipinas

124 aniversario

Los héroes de Baler: una resistencia «propia del valor de los hijos del Cid y de Pelayo»

Este jueves 2 de junio se conmemora el 124 aniversario del sitio de Baler en el que 56 hombres defendieron valerosamente el último reducto español del país asiático

«El oficial que tenga orden absoluta de conservar su puesto, a toda costa lo hará». Esta orden es un excelente resumen de lo que sucedió hace 124 años en el sitio de Baler (junio de 1898 a junio de 1899) cuando un pequeño grupo de soldados españoles, capitaneados por el teniente Saturnino Martín Cerezo, defendieron la soberanía de España sobre el archipiélago asiático durante 337 días.
Su historia, pero sobre todo su honor, vuelven a ser recordados este jueves 2 de junio (fecha de su retirada tras izar bandera blanca en la iglesia donde resistieron) en la Plaza del conde del Valle Suchil de Madrid, donde varios se citarán a las 20:00 h al pie de la escultura a los Héroes de Baler, obra del escultor Salvador Amaya, quien asistirá al acto. Desde 2020 el distrito de Chamberí acoge este monumento que rinde homenaje a aquellos que pasaron a la historia como Los últimos de Filipinas.
Estatua A los Héroes de Baler por

Estatua A los Héroes de Baler por Salvador Amaya. Representa a Saturnino Martín Cerezo@JaviSantamarta

Los héroes de Baler

El autor de Los últimos de Filipinas. Mito y realidad del sitio de Baler, Miguel Ángel López de la Asunción, explica que en la defensa tomaron parte militares no integrantes del denominado destacamento de Baler, además de tres religiosos franciscanos. «Aunque nos cueste creerlo, los afamados 33 supervivientes del sitio de Baler fueron, en realidad, 35», apunta López de la Asunción.

Estos soldados representaban ampliamente la sociedad española de la época

El destacamento contaba con 56 hombres, entre los que se encontraban los tenientes Juan Alfonso Zayas y Saturnino Martín Cerezo. De los 50 soldados, dos de ellos desertaron antes del inicio del asedio; trece de aquellos soldados habían participado en asedios previos durante la insurgencia, por lo que aportaron su experiencia en terreno y costumbres del enemigo para hacer frente a estas circunstancias. «Estos soldados representaban ampliamente la sociedad española de la época», apunta López de la Asunción en su artículo Claves para la exitosa defensa de la posición de Baler.
Dentro del medio centenar de soldados que participaron en la aguerrida defensa se encontraban al menos dieciséis voluntarios que antes de lanzarse a primera línea de combate ejercían diferentes profesiones: campesinos, canteros, cerrajeros, cocineros, encargados de tienda, herreros, médicos, jornaleros, panaderos, sastres, sirvientes, sombrereros, zapateros, entre otras. La variedad que presentaban estos hombres durante la resistencia «enriqueció con mayores recursos una empresa para la que cada cual aportó sus mejores cualidades en pos de un fin común», continúa el artículo.
El médico Rogelio Vigil de Quiñones, el cabo Jesús García Quijano y el segundo teniente Saturnino Martín Cerezo. Fotografía tomada el 2 de septiembre de 1899 en Barcelona

El médico Rogelio Vigil de Quiñones (izq), el cabo Jesús García Quijano (centro) y el segundo teniente Saturnino Martín Cerezo (derecha). Fotografía tomada el 2 de septiembre de 1899 en Barcelona

Entre los militares no integrantes al destacamento se encontraba el capitán Enrique de las Morenas, el teniente médico provisional Rogelio Vigil de Quiñones y el sanitario Bernardino Sánchez Caínzos. De las Morenas, Zayas y Martín Cerezo supieron mantener la unidad y la disciplina del grupo llegando a ser «verdaderos padres con sus subordinados», como atestiguan algunas de las correspondencias de los supervivientes. Con la misma paternidad y servicio actuaron los tres franciscanos que se encontraban en la iglesia de San Luis Obispo de Tolosa de Baler: los padres Gómez-Carreño, López y Minaya (estos dos últimos formarían parte del grupo de supervivientes) que asistieron en todo momento con apoyo espiritual, así como en el cuidado de los enfermos.

La aguerrida resistencia

Los adversarios les superaban en número y los ataques de los sublevados filipinos, cada vez más organizados, hicieron intensificar el asedio. La falta de alimentos frescos se empezaba a notar a pesar de que el médico de la guarnición había conseguido construir una pequeña huerta próxima a la iglesia y el gran castigo psicológico al que se encontraba sometido todo el destacamento debido al prolongado sitio empezaba a debilitarlos. Esta situación hizo que el documento que llegó del Parlamento filipino comunicando la firma del Tratado de París y, por consiguiente, que Filipinas ya no era española produjo más desconfianza que esperanza, pues ya habían sido engañados en otras ocasiones por los filipinos. Los continuos choques fueron desgastando las fuerzas de los soldados españoles, y a los 282 días de la resistencia se quedaron definitivamente sin alimentos. Sin embargo, continuaron aguantando convencidos de que seguían protegiendo territorio español.
Con recelo a las noticias de la derrota española, los soldados de Baler siguieron defendiendo el sitio. Tras 11 meses en la iglesia del pueblo filipino, a finales de mayo de 1899, tras otro intento de hacer que los soldados españoles depusieran su resistencia y volviesen a Manila, el teniente Martín Cerezo descubrió una noticia en los periódicos que no podía ser una inventiva de los isleños, lo que le hizo reconocer y darse cuenta, definitivamente, de que los anteriores avisos en los que se le comunicaba que España ya no poseía la soberanía de Filipinas, eran ciertos y que no tenía sentido seguir resistiendo en la iglesia. Finalmente, el 2 de junio de 1899, tras izar en la iglesia la bandera blanca y oír al corneta tocar atención, el destacamento español de Baler se rindió tras 337 días.
El propio general Emilio Aguinaldo, primer presidente de la República Filipina, reconoció en su decreto de 30 de junio de 1899 que «aquel puñado de hombres aislados y sin esperanza de auxilio alguno, que habían defendido su bandera por espacio de un año, se habían hecho acreedores a la admiración del mundo por su valor, constancia y heroísmo, realizando una epopeya tan propia del legendario valor de los hijos del Cid y de Pelayo». Ordenó que no fueran considerados como prisioneros y se les facilitara el regreso a España.
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