Manuscrito francés de principios del siglo XV que representa la mutilación infligida a Justiniano II, a la izquierda. A la derecha, su futuro verdugo, Filipo, aparece ciego
Picotazos de historia
El jardinero que fue coronado rey para morir en su lugar y acabó reinando durante 24 años
En el antiguo Imperio bizantino, la dignidad imperial estaba ligada a la perfección física, ya que el emperador era considerado un reflejo de Dios y su vice regente en la Tierra; por este motivo, cualquier imperfección o mutilación lo incapacitaba para ocupar el trono
A lo largo de la historia podemos encontrar numerosos casos de reyes o líderes improbables. Con este término me refiero a aquellos cuyos orígenes o limitaciones, del tipo que fueran, hacían que el mero pensamiento de que esos individuos alcanzaran alguna notoriedad –mucho menos el honor máximo de la cúspide de la jerarquía– sonara sencillamente hilarante. Entre estos casos tenemos el del porquerizo analfabeto que terminó siendo el emperador Justino I, tío del gran Justiniano.
¿Quién puede negar que el rey de Jerusalén Balduino IV no está aureolado de trágica grandeza? Sin embargo, ¿cuántos borrarían de su mente tal idea cuando a la edad de nueve años le diagnosticaran que había contraído la lepra? ¿Quién podía adivinar el hierro que escondía el alma del niño de trece años, cuyo cuerpo y facciones estaban siendo corroídos por la lepra, mientras le coronaban rey?
Batalla entre Balduino IV y los egipcios de Saladino, 18 de noviembre de 1177
En el antiguo Imperio bizantino, la dignidad imperial estaba ligada a la perfección física, ya que el emperador era considerado un reflejo de Dios y su vice regente en la Tierra; por este motivo, cualquier imperfección o mutilación lo incapacitaba para ocupar el trono.
Será precisamente por este concepto por lo que los bizantinos se harán muy adeptos a la ceguera (la ektyphlosos), la emasculación, la amputación de una mano o pie y, muy especialmente, la amputación de la nariz (rhinokopia) como medio de quitar de en medio a un derrocado emperador o pretendiente a serlo.
Y este sistema funcionó muy bien hasta que se toparon con Justiniano II Rhinotmetos (el de la nariz cortada). Este sufrió la amputación al ser derrocado. A pesar de la grave desfiguración, recuperó el trono y gobernó llevando una prótesis de oro en medio del rostro.
Miniatura que ilustra la mutilación de Justiniano II en la traducción francesa de De casibus virorum illustrium de Giovanni Boccaccio
Estos casos se los presento a ustedes para que comprendan el que les vengo a presentar: tal vez el caso más antiguo documentado de este tema.
En la antigua ciudad-estado de Isin, de origen sumerio y situada en la Baja Mesopotamia, durante el siglo XIX a. C. se produjo un hecho inédito que les relataré a continuación.
En este tiempo se creía que los eclipses –aunque no todos, ya que tenían que estar acompañados de determinados hechos complementarios–, fueran solares o lunares, presagiaban peligro para la figura del rey.
La tablilla 20 de Enuma Anu Enlil (importante serie de tablillas sobre astrología) nos explica el caso de un eclipse de sol, mientras Venus y Júpiter están visibles, lo que indica que morirá un alto miembro de la corte, no el rey.
Para que el rey pudiera conjurar tan tremendos presagios y protegerse, los sacerdotes idearon una ceremonia de sustitución, de manera que, si no podía evitarse la desgracia, al menos esta cayera sobre otra persona.
Tablilla del tratado de astrología Enūma Anu Enlil
Una vez que los sacerdotes habían dictaminado que era necesaria la ceremonia de sustitución, el rey debía estar de acuerdo y dar orden de que se procediera. Él tenía la última palabra a este respecto.
Contando con la venia real, los sacerdotes iniciaban la importante tarea de encontrar el sustituto adecuado.
Aunque los grandes funcionarios y pelotas oficiales de la corte mencionan en numerosas tablillas estar dispuestos a ser «sustitutos» del rey, la verdad es que no les hubiera hecho ninguna gracia que los hubieran elegido. Y es que el sustituto sería el rey durante un tiempo, hasta que lo mataran por considerar que el peligro había pasado y su función estaba cumplida.
Para representar al «sustituto» solía elegirse a un rival político –elegante manera de quitártelo de en medio, ya que la elección se presentaba como un honor que no podía rechazarse–, a un enemigo prisionero, un criminal condenado o a alguien tan humilde e insignificante que su desaparición no afectara a nadie.
El elegido para «sustituto» era conducido a palacio. Allí era bañado, ungido con caros y olorosos óleos, vestido, alimentado y enjoyado con alhajas y preseas.
Con mucho mejor aspecto que cuando llegó al palacio, es conducido a la sala del trono, donde toda la corte le espera. Se le sienta en el trono y, mientras está allí, entronizado, el rey se quitará la diadema de su cargo y la ceñirá sobre la frente del sustituto.
El nuevo rey es proclamado mientras el legítimo ocultará hasta su nombre para asegurarse la perfecta transferencia de la mortal amenaza de él al «sustituto».
Tablilla de presagios astrológicos descubierta en la biblioteca de Asurbanipal donde se explica el ritual del rey sustituto
El rey «sustituto» contará con una numerosa corte, aunque no tan grande como la que tenía el rey verdadero. La mayoría de estos cortesanos están allí para asegurarse de que el nuevo rey no se desmanda; el resto están allí para darle placer y diversión de forma que no piense en otra cosa.
Estos reinados de los «sustitutos» no tenían fijado un tiempo determinado. Su duración dependía de los presagios y del dictamen de los sacerdotes y oráculos. Los registros encontrados en las diferentes tablillas traducidas dan una horquilla temporal que va de los tres a los cuarenta y siete días. Solo durante el reinado del rey asirio Asarhadón (681-669 a. C.), la ceremonia del sustituto se realizó siete veces.
Pues bien, durante el reinado del rey Erra Immiti, de la ciudad-estado de Isin (1860-1837 a. C.), este fue prevenido por los sacerdotes de que su vida estaba amenazada por funestos presagios. Erra aceptó que se llevara a cabo la ceremonia del «sustituto».
Los sacerdotes eligieron como el indicado para ejercer tal función a n, uno de los jardineros del palacio de Erra Immiti. Enlil-bani era una persona insignificante, sin familia ni propiedad alguna.
Se llevó a cabo la ceremonia de sustitución, culminando con la coronación del jardinero por el propio Erra Immiti. La coronación del rey «sustituto» de manos del propio rey daba legitimidad por continuación. Y es que había que engañar bien al nefasto presagio. Pero en este caso el destino —que es muy pícaro y a veces tiene muy mala leche— intervino.
Tras la ceremonia se escondió Erra Immiti en una apartada habitación del palacio. Su intención era no asomar la nariz hasta que liquidaran al «sustituto». Ni siquiera sería llamado por su nombre.
Debió de entrarle hambre, ya que se preparó unas gachas calientes –recuerden que no podía ordenar nada a nadie– para almorzar. Pero las comió demasiado deprisa y demasiado calientes. Al sentir que se quemaba, la tráquea se le cerró, impidiendo el paso de las gachas con las que se había atiborrado.
Al encontrarlo muerto, los sacerdotes declararon que se habían cumplido los presagios, que no se había engañado a los dioses. Por otro lado, la coronación había sido legítima. El propio Erra Immiti se había desceñido la real diadema para colocarla sobre la frente de Enlil-bani. A todos les pareció una indicación tan clara de la voluntad de los dioses que Enlil-bani rigió los destinos de Isin –ya que se negó a renunciar, consciente de que si hacía tal cosa no tardaría en ser asesinado– durante veinticuatro años.