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14 de abril de 2024

Marine Le Pen junto a su padre, Jean Marie, durante la manifestación del Primero de Mayo en París de 2013

Marine Le Pen junto a su padre, Jean Marie, durante la manifestación del Primero de Mayo en París de 2013GTRES

Francia

50 años del Frente Nacional: del lepenismo duro al lepenismo light

Marine Le Pen puede conseguir lo que no pudo su padre: el poder. Aunque le quedan asignaturas pendientes

A principios de esta semana se anunció la contratación de Victor Chabert, de 26 años, periodista político de Europe 1, encargado hasta el pasado jueves de cubrir la actualidad de la Agrupación Nacional (Rn), como nuevo jefe de Prensa del partido liderado por Marine Le Pen.
Chabert asume un riesgo, sabedor de que los periodistas franceses tienen muy difícil reincorporarse a una redacción después de haber prestado sus servicios en un partido político o en un gabinete ministerial. Los que lo han hecho últimamente, como Bruno Roger-Petit, hoy asesor del presidente Emmanuel Macron, ya son sesentones.
Pero lo impactante es que Chabert haya pasado directamente de una de las principales emisoras generalistas del país a un partido que hasta fechas recientes gozaba de una fama de apestado. Ya pasó el tiempo en que Anne Sinclair, al frente del programa de entrevistas de mayor audiencia de Europa, se negaba a recibir a Jean-Marie Le Pen y la época en que los militantes del Frente Nacional obsequiaban a los reporteros con escupitajos.
Ahora el partido está en fase de «desdiabolización»: se atiende correctamente a los medios de comunicación, ya no se genera alboroto en sede parlamentaria -esa dudosa práctica incumbe ahora a la extrema izquierda agremiada en la coalición Nupes- y sobre todo, ha emergido una nueva generación de dirigentes, más responsable y realista, más atenta la realidad de la calle y menos presa de las obsesiones ideológicas.
El cambio de nombre, de Frente a Agrupación, operado en 2018, fue la culminación formal de un proceso cuyos dividendos llegaron el pasado junio con motivo de las legislativas: 89 diputados. Y con una ley electoral de distrito uninominal. Lo inimaginable. Incluso para los estrategas más optimistas de Rn.

La anterior plusmarca estaba en 35 escaños, obtenidos en 1986 gracias a un sistema proporcional, históricamente más favorable a las expectativas lepenistas. Las del padre y las de la hija.

La anterior plusmarca estaba en 35 escaños, obtenidos en 1986 gracias a un sistema proporcional, históricamente más favorable a las expectativas lepenistas. Las del padre y las de la hija.
Ahora son el tercer grupo en importancia de la Asamblea Nacional, solo superado por el macronista Renaissance y la Nupes. Nada que ver, por tanto, con el Frente Nacional que hace exactamente medio siglo fundó Jean-Marie Le Pen.
Por entonces, tenía como compañeros de aventura a personajes como Victor Barthélémy, antiguo dirigente del filofascista Partido Popular Francés, o André Dufraisse, excombatiente en el Frente Oriental bajo uniforme alemán, así como a un puñado de nostálgicos de la Argelia francesa y demás guerras coloniales (Roger Holeindre, Pierre Sergent, entre otros), sin olvidar a neofascistas confesos como François Duprat, cuya muerte en extrañas circunstancias sigue aún sin aclararse.
Con ellos y otros más, el patriarca logró irrumpir -con el concurso implícito de François Mitterrand- en el tablero político a mediados de los ochenta, bajo el «asunto único» de la inmigración.
El modelo permitió el asentamiento irreversible del partido, si bien pronto experimentó sus propios límites: entre una militancia enfervorizada y el cordón sanitario del establishment -un cordón que el patriarca reforzaba con sus exabruptos-, la llegada al poder se antojaba inalcanzable.
El relevo, caciquil y nepotista, del padre por la hija iba a revolucionar el escenario. Marine Le Pen estaba decidida a gobernar. La condición sine qua non consistía en apartar a las «malas hierbas» y emprender un profundo cambio de doctrinal. De su padre conservó el argumentario sobre inmigración, y adornándole de matices.
También, en cierta medida, una visceralidad euroescéptica de la que no tardó en abandonar a la vista de los contraproducentes resultados del Brexit al otro lado del Canal de la Mancha. ¿Aborto y matrimonio homosexual? Marine se opone a ellos.
Aunque de puntillas, porque no aportan nada electoralmente y también porque uno de sus hombres de confianza, Sébastien Chenu, reivindica abiertamente su homosexualidad.
Chenu simboliza el cambio de personal junto -entre otros- al joven Jordan Bardella que dentro de unas semanas disputará la presidencia del Rn a Louis Aliot, alcalde de Perpiñán y durante años compañero sentimental de la todavía presidenta, que se quedará con la portavocía parlamentaria y el «liderazgo natural». La lideresa está, pues, a salvo.
Un escenario imposible en tiempos de su padre cuyo férreo control del aparato frenó cualquier conato de renovación, incluido el fallido intento tecnocratizante de Bruno Mégret, bien es cierto impregnado de traición.

El tercer y pilar que Marine ha heredado es el voto obrero

El tercer y pilar que Marine ha heredado es el voto obrero. Cuando en los noventa el politólogo Pascal Perrineau descubrió ese trasvase desde el comunismo hacia el lepenismo, muchos observadores reaccionaron con descreimiento e ironía. Pues bien, hoy es una realidad indiscutible: los obreros y otras capas sociales maltratadas por la globalización constituyen el principal caladero electoral del Rn, que ha acompañado perfectamente la mutación sociológica.

Muchos se preguntan si madame Le Pen será la Giorgia Meloni francesa

Muchos se preguntan si madame Le Pen será la Giorgia Meloni francesa. Ambas tienen puntos en común. Pero la primera no logra forjar una alianza estable con el centro derecha, condición que ha permitido la victoria de la primera.
Le Pen, además, según revelaba ayer Le Point, amenazó, en el transcurso de un encuentro en la sede del Gobierno, a la primera ministra Elisabeth Borne con «sacar los perros a la calle» este invierno si los franceses sufren cortes de luz al tiempo que se cede gas a Alemania. «Ya fui amable en plena crisis de los chalecos amarillos», le espetó.
A la «desdiabolización» le quedan algunos cabos por atar. De momento, tiene sus límites.
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