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Alfredo Behrens
AnálisisAlfredo BehrensEl Debate en América

Influencias, desprecios y modelos de Estados Unidos en la Argentina de ayer y hoy

La admiración de Sarmiento por Estados Unidos —llegó a tener un busto de Benjamin Franklin en su despacho— le ha granjeado críticas de sectores de la izquierda argentina, especialmente por su aparente indiferencia ante la ocupación británica de las Malvinas

Franklin, Milei, Trump y Francisco

Benjamin Franklin, Javier Milei, Donald Trump y el Papa FranciscoDavid Díaz

En cualquier rincón de Bangladesh donde se respire pasión por el fútbol, mencionar Argentina evoca inmediatamente los nombres de Lionel Messi y Diego Maradona. Sin embargo, esta nación sudamericana esconde una riqueza intelectual que trasciende los campos de juego: cinco premios Nobel y un Papa que, como él mismo dijo, viene «del fin del mundo». Este fenómeno desafía cualquier sabiduría convencional sobre los países considerados periféricos en el panorama global.

Para entender el éxito intelectual argentino debemos remontarnos al siglo XIX, cuando Domingo Faustino Sarmiento, presidente entre 1868 y 1874, sentó las bases de un sistema educativo transformador. Sarmiento no se limitó a construir escuelas; implementó un marco educativo integral que incluía bibliotecas públicas, instituciones de investigación y una visión de país donde el conocimiento fuera el motor del progreso.

Encontró inspiración en Horace Mann, el reformador educativo estadounidense, y con la ayuda de Mary Mann, trajo a Argentina decenas de maestras estadounidenses

El presidente argentino encontró inspiración en el trabajo de Horace Mann, el reformador educativo estadounidense, y con la ayuda de su viuda, Mary Mann, trajo a Argentina decenas de maestras estadounidenses para formar a futuras generaciones de docentes argentinos. Sarmiento quería que fuesen mujeres, para que enseñasen no solo lo que sabían sino también lo que era ser mujer moderna. Esta transferencia de conocimiento pedagógico y comportamental sentó precedentes para una educación pública de calidad.

La visión de Sarmiento iba más allá de la educación básica. Cuando Benjamin Apthorp Gould, astrónomo formado en Harvard y casado con la nieta del expresidente John Quincy Adams, solicitó apoyo para estudiar los cielos del hemisferio sur, Sarmiento no dudó en fundar el Observatorio Astronómico de Córdoba en 1871, marcando un hito en la investigación científica en la región. Telescopios cualquiera podía comprar, Sarmiento quería atraer quien supiera usarlos y transferir su conocimiento donde hacía más falta que en Harvard.

La admiración de Sarmiento por Estados Unidos —llegó a tener un busto de Benjamin Franklin en su despacho— le ha granjeado críticas de sectores de la izquierda argentina, especialmente por su aparente indiferencia ante la ocupación británica de las Islas Malvinas en 1833, cuando supuestamente comentó que dicha ocupación «beneficiaría a la humanidad» al abrir la región a la influencia británica.

Si Alemania hubiera firmado el tratado propuesto por un argentino habríamos evitado la II Guerra Mundial

Sin embargo, un siglo después de Sarmiento, los resultados de su política educativa son evidentes: Argentina puede enorgullecerse de cinco premios Nobel (Bernardo Houssay, Luis Federico Leloir, César Milstein, Adolfo Pérez Esquivel y Carlos Saavedra Lamas) y el Papa Francisco recientemente fallecido. No es poca cosa, y beneficia al mundo, no solo a través de las ciencias; al Nobel Saavedra Lamas y su tratado antibélico le debemos la pacificación de Hispanoamérica porque todos renunciaron a reconocer fronteras arrancadas a la fuerza. Italia, Bulgaria, Grecia, España y Portugal lo firmaron. Si Alemania hubiera firmado el tratado propuesto por un argentino habríamos evitado la Segunda Guerra Mundial.

Esta notable cosecha intelectual refleja el poder transformador de políticas educativas visionarias que, incluso bajo crítica, establecieron los cimientos de una sociedad donde el conocimiento y la búsqueda de la excelencia se convirtieron en valores fundamentales. El papa argentino «del fin del mundo» representa, quizás, la culminación simbólica de esa tradición de pensamiento que Sarmiento sembró hace más de un siglo y medio.

Hay una gran diferencia entre aquella Argentina y la de los ataques populistas a las élites, como el de Perón contra el escritor Jorge Luis Borges, o actualmente el del presidente Javier Milei contra la Universidad de Buenos Aires, o el de su mentor, Donald Trump, contra las elites universitarias estadounidenses.

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