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Jeffrey Epstein y Villarejo: de la ficción a la realidad

Mientras el movimiento MAGA se desgarra por una conspiración sin pruebas, en España, la verdad, cruda y obscena, se nos restriega por la cara cada día. La diferencia es abismal: allí, ficción; aquí, una realidad que clama al cielo, que exige responsabilidades

Act. 22 jul. 2025 - 14:08

Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell en una imagen de archivo

Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell en una imagen de archivoGTRES

Mientras el circo mediático estadounidense se desgañita con fábulas sobre Jeffrey Epstein y el Mossad, en España, la realidad supera con creces la ficción más retorcida. Aquí, no hablamos de teorías conspirativas de dudosa verosimilitud, sino de una cloaca real, palpable, que apesta a podrido y que, incomprensiblemente, nuestra izquierda feminista, progresista y puterisca se niega a reconocer. Es la historia de Villarejo, y su hedor salpica directamente a la Moncloa.

Esta semana ha visto cómo el movimiento del presidente Trump, MAGA, está en una encrucijada que, alimentada por sus enemigos mediáticos, corre el riesgo de acabar en un divorcio de Trump con su base.

Para resumir el problema a su esencia, la base del conflicto es esta: Durante su campaña presidencial, Trump forzó una narrativa sobre el «estado profundo» (deep state). Esta alegaba que el gobierno de Biden estaba escondiendo la verdad sobre el caso del pervertido financiero Jeffrey Epstein, hoy caído en desgracia y «suicidado» en su celda para que no cante. El objeto era evitar que la identidad de los amigos que le acompañaban a su isla en las Bahamas para aprovecharse de niñas menores, captadas a través de una red de contactos que generó la novia de Epstein, Ghislaine Maxwell, hija del magnate mediático británico y judío, también «suicidado» en las Islas Canarias en su yate años atrás, fuera divulgada.

Las teorías dela conspiración

A partir de ahí, las teorías de la conspiración empezaron a florecer cuan corujas o pamplinas en los ríos de Gredos. Alimentadas por su principal defensor, Tucker Carlson, un ex-presentador de Fox News, que hoy en día tiene más de 14 millones de seguidores en YouTube, el argumento se solidificó en lo siguiente: Maxwell, judío, fue agente del Mossad (lo cual es cierto). Su hija, Ghislaine, reclutó a un guarro gringo, Jeffrey Epstein, también judío, para que fuera informante del Mossad. Este, a su vez, invitaba a amigos poderosos a su isla de Bahamas y a su casa de Mar-a-Lago, vecino de Trump, para que hicieran de las suyas.

Luego, Epstein, para ganancia personal, y el Mossad, por razones de estado, chantajeaban a los famosos para ajustar su voluntad y sus dineros a las necesidades del estado hebreo. Todo funcionó muy bien hasta que Epstein, al que se le fue la olla, amplió sus actividades delictivas a irse de «lumens» en Florida con masajistas menores. Eventualmente, al personaje hubo que meterle en la cárcel, y, según los conspiranoicos, lo suicidaron para que no cantara la Traviatta. Hasta aquí, todo bien.

Trump llega a la Casa Blanca y promete desclasificar todos los papeles de Epstein. Y, de hecho, nos da el primer capítulo en marzo, alimentando, más si cabe, a sus bases vampirescas. Pero luego resulta que, cuando todos esperábamos el segundo fascículo, nos dicen la ministra de justicia y el jefe del FBI, que no hay nada más, y que no se va a dar más información. Enfurecidas, sus bases la montan. Carlson, con su nota antisemita e israelófoba, se lanza en tromba contra la administración Trump.

Netanyahu, el Mossad y Trump

Su argumentario es más o menos este: El Mossad está detrás de todo esto, y Trump no da más información porque está casado con Bibi Netanyahu, la información es demasiado sensible porque afecta a los poderes fácticos del mundo mundial, y además, afecta directamente a Trump.

La realidad es que es cierto que en los vuelos privados de Epstein a su islita, conocidos como el «Lolita Express», volaron el Príncipe Andrés, Bill Clinton, el famoso abogado y catedrático de Harvard Horowitz, Bill Gates, Naomi Campbell o el astronauta John Glenn. Nadie tiene constancia de qué ocurría en la isla, pero sí que se sabe que Epstein tenía la costumbre de grabarse a sí mismo en actos lúdicos, y se sospecha que hacía lo propio con sus invitados. Además, el historial del padre de su novia, ha alimentado todo tipo de sospechas. Y el «suicidio» del personaje estando en la cárcel de Rikers en Nueva York, es la guinda en la tarta.

Y aquí llega nuestro amigo Tucker. Versión gringa de nuestro querido Alvise Pérez, el personaje empieza a decir: «Es extremadamente obvio, para cualquiera que lo observe, que este tipo» —Epstein— «tenía conexiones directas con un gobierno extranjero, y a nadie se le permite decir que ese gobierno extranjero es Israel, porque de alguna manera hemos sido intimidados para pensar que eso es malo. No hay nada de malo en decirlo».

Ignorando el hecho de que nadie ha parado a Tucker en sus comentarios, como dice Karol Markowicz en X, que «el Mossad está chantajeando a todos menos a los podcasters», hay algo de malo en decirlo: no hay ninguna evidencia que valide lo que dice Carlson. Cero patatero.

Nuestra cultura está repleta de historias sobre la omnipotencia de las organizaciones de espías. Esas fantasías hoy hablan del Mossad. Sea lo que fuere lo que uno opine sobre estas teorías, la de Epstein —que el Mossad elegiría como activo estadounidense a un hombre que había sido condenado por proxenetismo de una menor y supuestamente estaba explotando a muchas más menores para hombres poderosos para hacerlos susceptibles al chantaje— requiere que nos creamos que Shylock es real, y el judío astuto de toda la vida sigue controlando nuestras vidas.

Una trama rocambolesca, digna de un guion de Hollywood, que, a pesar de su falta de pruebas, ha logrado incendiar el debate político en la derecha de Estados Unidos. Y la izquierda, que tampoco es tonta, a través de CNN, está echando leña al fuego.

Pero mientras los americanos se entretienen con sus quimeras, en esta España nuestra, el «deep state» no es una elucubración de Tucker Carlson; es una verdad documentada, y vergonzosamente soterrada. Aquí no hay necesidad de desclasificar papeles, porque la podredumbre ya ha sido expuesta. Hablamos del caso Villarejo.

Aquí, la «información sensible» no proviene de susurros en pasillos oscuros, sino de grabaciones explícitas, «vaginales» como las ha llamado el propio protagonista, que comprometen a lo más granado de la política, la justicia y la empresa española. Y sí, «San Pedro» incluye, y de qué manera, al mismísimo Pedro Sánchez.

Lo más escandaloso no es solo la existencia de estas grabaciones, sino la impunidad con la que operaba este entramado. ¿Recuerdan a la Fiscal General del Estado y a «su» juez, entonces novio y hoy marido, ambos salpicados por la corrupción, asesorando al propio Villarejo sobre cómo usar este material para «tener éxito garantizado»? Una burla que debería helar la sangre a cualquier demócrata.

Pero la guinda del pastel, la que debería provocar una indignación masiva y no el silencio cómplice que observamos desde los medios zurdos, es que parte de estas grabaciones, estas «pruebas» de chantaje y corrupción, fueron realizadas en las mismísimas «salas de putas» propiedad del suegro del entonces Secretario General del PSOE. Sí, el mismo que hoy ostenta la presidencia del Gobierno de España. Y, además, fueron recabadas por sus contrincantes políticos en su propio partido.

La información no era escasa, porque parece ser que en ese partido, toda celebración digna del nombre, ocurre siempre con señoritas de compañía, putas o putos, chaperos o pelandruscas, según los gustos de ellos, ellas o elles, en locales del suegro o de terceros. ¿Entienden la magnitud del escándalo? ¿El jefe de nuestro ejecutivo, con vínculos familiares directos con un negocio de dudosa moralidad, y su entorno implicado en una trama de extorsión que ha dinamitado los cimientos del Estado?

Hay que tener cara dura e imaginación, para que el desgraciado nos diga que va a prohibir la prostitución. Los del otro lado (PP) son igual de malos por el caso del infiltrado comunista Montoro en sus épocas doradas como vampiro fiscal (caso que por cierto, lleva más de 7 años siendo investigado) y cuyos principales damnificados han sido sus compañeros de partido como Esperanza Aguirre o el ministro Soria. Pero da igual. La Sexta, la Cuatro, PRAVDA (también conocido como El País), y la cadena SER (seres estúpidos reciclados), y la nueva directora del telediario, «Pepa Mala», quieren imponer un discurso que equipara los dos casos. Y es posible que ganen.

Mientras el movimiento MAGA se desgarra por una conspiración sin pruebas, en España, la verdad, cruda y obscena, se nos restriega por la cara cada día. La diferencia es abismal: allí, ficción; aquí, una realidad que clama al cielo, que exige responsabilidades, y que, sin embargo, es barrida bajo la alfombra por una izquierda con una desvergüenza pasmosa. ¿Hasta cuándo permitiremos que esta cloaca siga definiendo nuestra democracia? Que Dios nos pille confesados, porque la vergüenza ya la hemos perdido.

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