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Donald Trump junto a Gianni Infantino en la final del Mundial de Clubes

Donald Trump junto a Gianni Infantino en la final del Mundial de ClubesEFE

Trump y la FIFA: cómo el presidente utiliza el fútbol para crear un imperio en Oriente Medio

Una inoportuna frase de Trump en su viaje a Arabia Saudí, donde le acompañó Gianni Infantino, desvela las tácticas de ambos mandatarios para controlar los muchos ingresos que genera el fútbol

El pasado 9 de julio, la FIFA, la institución que dirige las federaciones de fútbol a nivel global, abrió una oficina de representación en la Trump Tower, el edificio situado en el corazón de Nueva York propiedad del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Fue la enésima colaboración entre ambos.

Esos mismos días, se estaba desarrollando en territorio estadounidense la primera edición de este nuevo formato del Mundial de Clubes —el sueño húmedo finalmente llevado a cabo por Gianni Infantino, presidente de la FIFA—. El año que viene, también en Estados Unidos, se desarrollará la gran parte del Mundial de selecciones, la segunda vez en la historia que el país norteamericano acoge tal cita, después de 1994. Y en 2026 acogerá los Juegos Olímpicos, aunque eso sea otra historia.

Pese a todos estos esfuerzos para promover el deporte rey en la primera potencia mundial —además de una liga que cada vez acoge más estrellas, como actualmente al mejor jugador de la historia—, el fútbol no acaba de despegar en Estados Unidos. Cuestión de cultura. Tampoco despierta pasiones en Donald Trump, inmiscuido en sus quehaceres, que, pese a asegurar en alguna ocasión que le gusta el fútbol, y que su hijo es un gran fan del deporte, ha demostrado en numerosas ocasiones que no comprende demasiado ni tampoco le interesa.

Puede que el mandatario estadounidense no se siente los domingos por la tarde a ver partidos de fútbol, pero desde luego tampoco es ajeno a los enormes beneficios que genera el deporte rey. A un hombre de negocios como él, esto no se le puede escapar. De hecho, este interés se remonta a mucho tiempo atrás, cuando el rico empresario no aspiraba a presidir la nación de las barras y estrellas.

Pese a que la FIFA abrió ahora su oficina en la Trump Tower, la Concacaf (la Confederación de fútbol que gestiona ese deporte en América del Norte), ya tenía sus oficinas ahí desde hace décadas. Y desde ahí dirigía Chuck Blazer, que en 2013 fue acusado de fraude masivo. Acorralado por casos de impuestos no pagados sobre multimillonarios ingresos ocultos, Blazer se convirtió en un informante del FBI esencial para descubrir el FIFA Gate, que resultó en numerosas detenciones, procesos judiciales y renuncias de importantes dirigentes.

New York (United States), 06/09/2024.- Former US president Donald J. Trump (L) with members of his legal team arrives to a press conference in the lobby of Trump Tower in New York, New York, USA, 06 September 2024. Trump discussed a hearing he attended earlier in the morning to appeal the recent 5 million USD jury verdict against Trump that found him liable of sexually abusing writer E. Jean Carroll. (Elecciones, Nueva York) EFE/EPA/JUSTIN LANE

Trump en su Trump TowerEFE

Como resultado de ese escándalo, el suizo Gianni Infantino ascendió a la cima del fútbol mundial y empezó a cimentar su relación con Trump, durante el primer mandato del republicano. El neoyorquino sabe que el fútbol —él mismo lo ha llamado football en lugar de soccer, atacando una batalla cultural de su país— tiene mucho más potencial económico que otros deportes como el fútbol americano o el béisbol, que arrasan entre las fronteras estadounidenses, pero no poseen ese tirón en el resto del mundo.

En los últimos meses, y especialmente desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, los viajes de Infantino a Estados Unidos han sido constantes. Estuvo en su investidura en enero, en la Super Bowl, en un evento de artes marciales mixtas, varias veces en el Despacho Oval... y en la cumbre Future Investment Initiative Priority, celebrada en Miami e impulsada por Arabia Saudí.

Precisamente ahí, al país saudí, junto a otras tierras de Oriente Medio, es a donde viajó Trump en su por ahora única gira como presidente de los Estados Unidos —viajó a Roma y La Haya por temas puntuales, pero no sucesivas jornadas—. Le acompañaron altos cargos de su Administración y, por supuesto, Gianni Infantino.

Reunidos junto al príncipe heredero Mohammed bin Salmán, al presidente de Estados Unidos se le escapó una frase que, analizada, trae un preocupante trasfondo. El mandatario afirmó que Infantino «había llevado la Copa del Mundo a Arabia Saudí», en referencia al torneo de 2034 que se celebrará en territorio asiático. Pero las sedes de estas competiciones no se eligen a dedo, sino que siguen un riguroso proceso de selección que la FIFA prometió haber respetado. ¿Pero lo hizo?

Las sedes de este torneo, el más importante en el fútbol y que más dinero genera, van rotando entre continentes. En lo que llevamos de siglo XXI el orden ha sido el siguiente: Asia - Europa - África - Sudamérica - Europa y Asia. El siguiente será en Norteamérica, en una organización conjunta de Estados Unidos —la gran parte—, México y Canadá. ¿Dónde está la trampa? Infantino tuvo la idea de que el torneo de 2030, cuando se celebra un siglo de la primera copa del mundo, se organice en seis países (España, Portugal, Marruecos, Argentina, Uruguay y Paraguay)... de tres continentes distintos. De esa manera, el torneo de 2034 solo podría disputarse en Asia y como mucho Oceanía, donde nunca se ha jugado antes. Arabia Saudí fue la única candidatura y tuvo el camino libre para organizar el torneo que tanto querían.

Y es que no parece haber límite, ni fin, a las ambiciones de Arabia Saudí, que está dotándose de una industria deportiva de alta competición que incide en los mercados mundiales de fichajes y de derechos de transmisión en fútbol, tenis, fórmula 1, golf y tantos otros deportes. Cristiano, Benzema, Rahm y tantos otros se están convirtiendo, millonadas mediante, en cómplices de un sistema que utiliza al deporte como escape y distracción para lavar la cara exterior del régimen, basado en el rigorismo islámico y en la esclavización de la mujer. Todo forma parte de una estrategia, de un arma geopolítica, que busca enriquecerse lo máximo posible sin importar lo que deja atrás, metiendo sus crímenes y su falta de derechos humanos bajo la alfombra que es el negocio del deporte de élite.

Gianni Infantino, en Arabia Saudí

Gianni Infantino, en Arabia SaudíFIFA

No es este tampoco el primer caso donde el dirigente de la FIFA mueve los hilos para convertir en sedes a los países que él quiere. La anterior Copa del Mundo, en Qatar, ya despertó una polémica similar. Un país sin ninguna tradición futbolística, pero con montones de dinero, y donde se descubrió que varios miembros del Comité Ejecutivo de la FIFA, entre ellos el anterior dirigente Joseph Blatter, recibieron sobornos para votar al país asiático.

Contando con este historial, y viendo la cercanía entre Trump e Infantino, ¿quién garantiza que la designación de Estados Unidos como sede en la competición de este verano y la del siguiente cumpliese todas las normas? Y la ambición de Infantino no ha acabado. En principio, el próximo mundial de clubes, que se celebrará en 2029, debería celebrarse en la sede principal del Mundial de selecciones de 2030 —en este caso, España—, como una prueba de organización. Pero la FIFA ya ha dejado caer que esto no será así. Se barajan dos opciones: de nuevo celebrarlo en Estados Unidos... o llevarlo a Qatar.

Sea como fuere, la historia de la relación entre Trump e Infantino es la historia de dos hombres que descubrieron la gallina de los huevos de oro y no van a parar de explotarla. Y quien más dinero está ofreciendo es Oriente Medio.

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