Venezuela y su diplomacia desquiciada
Dentro de la misma corporación criminal que Nicolás Maduro lidera, sus socios más cercanos –léase Diosdado Cabello, los hermanos Rodríguez, Padrino López, entre otros–, ya no lo ven como el líder fuerte, sino como un eslabón agotado y en franco declive
El autócrata venezolano, Nicolás Maduro, durante una marcha en el «Día de la Resistencia Indígena», en Caracas
Desde que Hugo Chávez irrumpió en la escena internacional, Venezuela dejó de ser un referente democrático de la diplomacia continental para convertirse en el epicentro de una confrontación ideológica y una diplomacia errática, continuada y profundizada de manera estrafalaria por Nicolás Maduro. Bajo la falsa bandera del nacionalismo revolucionario y un pretendido «antiimperialismo», el régimen ha desmantelado metódicamente nuestras relaciones con el mundo democrático, sumiendo a la nación en un aislamiento que solo beneficia a su cúpula dictatorial.
Lo que comenzó con Chávez como una retórica incendiaria, una ruptura con la «vieja política» y el coqueteo con regímenes antidemocráticos, se ha transformado con Maduro en una política exterior criminal. Estamos en presencia de un caos en el manejo de la relaciones diplomáticas. La lista de naciones democráticas con las que se han roto o deteriorado relaciones es alarmante: Estados Unidos, Chile, Costa Rica, Argentina, Panamá, Perú, República Dominicana, Uruguay, Paraguay, Ecuador, Francia, Países Bajos, Italia, Australia.
Otros socios naturales de Venezuela han sido blanco de la furia histérica de una dictadura que se siente acorralada. El más reciente dislate de Maduro lo arrastró a facturarle a Noruega el premio Nobel de La Paz otorgado a María Corina Machado. ¡Qué locura!
La tragedia es que, mientras se rompen lazos con gobiernos legítimos, el régimen de Maduro se articula con la peor escoria global. El resultado de esta «Diplomacia Desquiciada» es que Venezuela ha sido reducida a una «isla» manejada por un narcoestado, un refugio seguro para carteles de la droga –como el Cartel de Los Soles, liderado por quienes usurpan el poder–, núcleos terroristas y bandas delincuenciales que utilizan nuestro territorio para desplegar sus fechorías. Lo que no hicieron criminales como Pablo Escobar o el Chapo Guzmán, lo ha logrado la cúpula que hoy se atrinchera en Miraflores: transformar el aparato estatal en una corporación criminal transnacional.
El resultado de esta «Diplomacia Desquiciada» es que Venezuela ha sido reducida a una «isla» manejada por un narcoestado
El despliegue militar de potencias democráticas en el Caribe, al que me he referido en otras ocasiones, no es una amenaza a Venezuela ni a su pueblo, sino una acción directa contra el narcotráfico que se ha enquistado en la Presidencia y las estructuras o cúpulas militares. Este es el verdadero fruto de la autodenominada «revolución»: la sustitución de la diplomacia por el negocio ilícito y la soberanía por el crimen organizado.
La ficción de la autotransición
Maduro se aferra al poder que usurpa con una desesperación que raya en el patetismo, ignorando que el apoyo del pueblo venezolano se ha reducido a cifras irrisorias, tal vez a un magro 8 %. Dentro de la misma corporación criminal que él lidera, sus socios más cercanos –léase Diosdado Cabello, los hermanos Rodríguez, Padrino López, entre otros–, ya no lo ven como el líder fuerte, sino como un eslabón agotado y en franco declive.
La autotransición del régimen no tiene ninguna viabilidad
Ellos lo saben. Saben que su tiempo terminó. Por eso, en lugar de defenderlo, han comenzado la danza macabra de las negociaciones, autoproponiéndose cínicamente como los «salvadores» de una transición hipotética. No son más que vulgares maniobras para salvar su pellejo y sus fortunas mal habidas.
Debemos ser tajantes: la autotransición del régimen no tiene ninguna viabilidad. Pretender sustituir a un delincuente por otro no es solución; es extender la agonía.
El liderazgo legítimo: un Nobel y una esperanza global
La verdad de Venezuela no está en los oscuros pasillos de Miraflores, sino en la calle y en el reconocimiento internacional. No hay más alternativa, no hay más plan: la única salida legítima, ética y políticamente viable está encarnada en la dupla que forman María Corina Machado y Edmundo González Urrutia.
María Corina Machado y Edmundo González Urrutia
Ellos representan el mandato de un pueblo masivamente expresado, que ahora cuenta con un aval global innegable. La reciente y merecida concesión del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado no es solo un honor personal, sino una victoria moral para toda Venezuela, un reconocimiento mundial a la lucha por la democracia, y un mensaje inequívoco para el régimen: la comunidad internacional respalda la causa de la libertad.
Maduro y su pandilla están solos, arrinconados por el repudio popular y la presión global. Solo queda un camino: que se acaten los resultados de la voluntad popular y se permita la transición hacia la República democrática. El tiempo de la diplomacia desquiciada ha terminado. Ha llegado la hora de la paz, la justicia y la libertad.