La tragedia caudillista
Los países de América Latina que muestran mejor desempeño económico y social hoy son aquellos gobernados por democracias sólidas en que las plenas libertades se ejercen y los gobernantes no se perpetúan en el poder
La Democracia en el mundo pasa por un momento de grandes desafíos existenciales. Según lo han expresado varias fuentes especializadas, estamos ante la cruda realidad de que más del 65 % de los habitantes del planeta vive bajo regímenes autoritarios en los cuales las libertades individuales y colectivas han sido debilitadas significativamente por la concentración de poder y las restricciones a las expresiones divergentes.
Llegar a este escenario es producto de varios fenómenos entre los que se cuenta con gobiernos de un solo partido, monarquías absolutas, dictaduras, reelecciones indefinidas que simulan la democracia ante la concentración absoluta de poder y gobiernos con espíritu represivo a cualquier forma de oposición, aunque pretendan realizar elecciones periódicas.
Muchos de estos gobiernos autoritarios obedecen a tradiciones históricas o a la consolidación de gobernantes que acumulan control y se perpetúan con la dependencia que han creado en su personalidad «fuerte». Esas personalidades megalómanas, narcisistas y mesiánicas crean una dependencia que de manera constante va socavando las bases de la democracia y la libertad, apelando muchas veces a la «popularidad» como el factor de legitimidad para luego, con el argumento de la «autoridad», encumbrar el autoritarismo.
Venezuela refuerza su presencia militar en el Caribe y el Atlántico ante la operación antidrogas de EE.UU.
Un libro reciente del ensayista Carlos Granés bajo el título de 'El rugido' de nuestro tiempo destaca cómo la Democracia en América Latina ha estado constantemente amenazada por el fenómeno del Caudillismo, lo que condiciona el destino de los pueblos a las decisiones de unos ungidos providenciales sin cuya presencia estaríamos condenados al fracaso.
Parece curioso que estos «adalides» aparezcan constantemente en nuestra realidad política, cómo si no aprendiéramos de nuestra convulsionada historia o cómo si necesitáramos de su presencia constante para resolver los grandes retos económicos, políticos y sociales. Cada caudillo que ha pasado por la historia Latinoamericana repite la misma partitura de «fortaleza» dependiente, concentración de poder, culto casi religioso a la personalidad y justificación vital de sus acciones «patrióticas» para estructurar la excepción de su autoritarismo.
Esas amenazas e interrupciones caudillistas a los procesos evolutivos de la Democracia hacen que América Latina viva constantemente entre la estabilidad y el retroceso, la confianza y la incertidumbre, la esperanza y el pesimismo. Esencialmente porque el caudillismo, aunque para muchos sea una falsa promesa de tranquilidad política, lleva a la aceleración de la corrupción y a la discrecionalidad del gobernante como el factor decisivo de cualquier situación.
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Frente al caudillismo la alternativa es una Democracia protegida por un Estado fuerte que garantice la independencia de poderes, los pesos y contrapesos, las políticas de Estado, el debate de las ideas y la necesidad de construir consensos y por supuesto, la constante alternancia en el poder de gobernantes elegidos, que cumplen sus periodos de gobierno ajustados a tendencias evolutivas y se rigen por los límites establecidos en la Ley.
Los países de América Latina que muestran mejor desempeño económico y social hoy son aquellos gobernados por democracias sólidas en que las plenas libertades se ejercen y los gobernantes no se perpetúan en el poder. Por el contrario, aquellos países capturados por el autoritarismo caudillista o quienes pretenden ensayarlo son los de peor desempeño o los que más incertidumbre generan para inversiones de largo plazo. Sencillamente cuando todo depende del caudillo y no de la transparencia en las reglas de juego, nadie puede planificar para el mediano y el largo plazo.
Si bien el contraste entre la Democracia fuerte y el caudillismo es evidente, el hecho de no estar vacunado contra la amenaza de futuros caudillismos también detona la incertidumbre, sencillamente porque pareciera que esa práctica puede brotar en cualquier momento por la tentación mesiánica que tiende a invadir la psicología de los gobernantes en estas épocas de polarización, de postverdad y de populismo.
¿Cómo podemos entonces vencer al caudillismo? Eliminando las reelecciones indefinidas; construyendo pesos y contrapesos para que nunca un gobernante pueda capturar el poder judicial; dándole más controles a los parlamentos; defendiendo la prensa libre; teniendo institucionalidad que limite el poder discrecional de invadir las libertades individuales y las actividades económicas para intimidar o cooptar; y asegurando que los mecanismos constitucionales de excepción no sean patentes de corso para adecuar las normas a la medida de las tentaciones autoritarias, lo cual implica tener un presidencialismo con fortaleza ejecutiva pero sin rendijas para someter a la sociedad a sus caprichos o prejuicios.
Las Américas son la única región del mundo que tiene una carta Democrática con rango supra constitucional y por lo tanto que ve en la Democracia la base central de nuestro progreso. Eso nos obliga a doblegar el caudillismo; el culto al individuo super poderoso que se nutre de las crisis para concentrar el poder. Hacerlo es nuestro deber histórico para que nuestra percepción de ser una región de avances lentos y retrocesos profundos sea superada y podamos aprovechar la fortaleza que nos brinda nuestra Carta Democrática Interamericana para jugar ahora un papel más relevante, cuando nuestra región tiene los recursos necesarios para la seguridad ambiental, energética y social.
Derrotar de una vez por todas la constante tragedia caudillista que tanto daño ha hecho en América Latina y el Caribe, debe ser el principal consenso a lograr en la próxima cumbre de las Américas que tendrá lugar en República Dominicana en pocas semanas. Esto implica que más pronto que tarde pongamos fin a las dictaduras que por el camino caudillista siguen lacerando a los pueblos de Venezuela, Cuba y Nicaragua.