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Las cartas de Delcy Rodríguez

Aunque no sea evidente, la única carta valiosa de la nueva líder del chavismo está en el tiempo. Una carta que juega en los dos lados de la partida

Delcy Rodríguez en montaje de David Díaz

Trump, con ese descaro que no conoce límites y que tanto agradeceríamos si siempre se aplicara a una buena causa, ha decidido nombrarse a sí mismo presidente interino de Venezuela. Mañana, quién sabe, quizá se nombre groenlandés del año, premio Nobel de la paz perpetuo o líder supremo de la revolución iraní.

En el caso concreto de Venezuela, la legitimidad es bastante dudosa. Capturar a un presidente ilegítimo no necesariamente da derecho a ocupar su puesto. No en el mundo democrático que antes lideraban los EE.UU. Sin embargo, no debería preocuparnos mucho esta minucia cuando nadie ha pestañeado al oír a Trump amenazar de muerte —no se me ocurre a qué otra suerte «peor que la de Maduro» puede haberse referido el rudo magnate— a Delcy Rodríguez si no sigue sus instrucciones.

Demos por perdida la causa de la legalidad internacional —en realidad, hace tiempo que ha dejado de contar en las relaciones entre los Gobiernos más poderosos del planeta— y aceptemos que la Venezuela del futuro saldrá de la difícil partida de póker que, en los próximos meses y quizá años, van a jugar Donald Trump y el chavismo, semioculto ahora tras el rostro femenino de Delcy Rodríguez.

El magnate, como hemos visto, tiene un as en la manga en sus Fuerzas Armadas. Sin embargo, haría mal en pensar que tiene la partida ganada. Cometería un grave error si cree que el chavismo, que todavía tiene el control absoluto de las instituciones venezolanas y del ejército, se ha quedado sin cartas.

Diplomacia de cañoneras

Para valorar las cartas de Delcy Rodríguez no está de más recordar lo que Clausewitz nos enseñó sobre la guerra. Hay guerras absolutas, por la supervivencia de los pueblos, y hay guerras limitadas que se libran por objetivos políticos. No son la misma cosa y, en Venezuela, el chavismo lucha por su vida mientras que el magnate lucha por… caramba, buena pregunta. ¿Por el petróleo? ¿Por el narcotráfico? ¿Por la democracia? Si tuviera que apostar, lucha por sí mismo y por sus propios «derechos». Entre ellos, el de imponer su voluntad en el «patio trasero» de los EE.UU. Vea el lector que no hay mucha diferencia entre el «corolario Trump» y la doctrina de «soberanía limitada» que impuso Brézhnev sobre las naciones de la Europa oriental y que ahora intenta resucitar Putin en Ucrania.

El carácter de guerra limitada que tiene la intervención en Venezuela para los EE.UU. —en realidad, más que una guerra que Washington niega es una reedición de lo que en su día se llamó «diplomacia de cañoneras»— reduce bastante el valor de las cartas de la mano de Trump. Él sabe que no puede desplegar tropas permanentemente en suelo venezolano, y tampoco mantener su flota desplegada muchos meses más sin que padezca lo que más le importa: su propio prestigio.

Con todo, lo que sí está en la mano de Trump debería ser suficiente para poner fin a una partida que empezó brillantemente. El magnate puede mantener bloqueado el petróleo venezolano, aunque no el que se dirige a los EE.UU. Puede, por supuesto, ordenar el asesinato de la presidenta encargada… pero eso le obligaría a empezar de nuevo el delicado proceso de buscar colaboradores en Caracas y retrasaría sus planes de reconstrucción. Probablemente, Trump solo ordenaría la muerte de Rodríguez en un caso extremo de incumplimiento que llevara consigo un desafío público.

Delcy Rodríguez, por supuesto, sabe todo esto. Sabe que esos desafíos públicos —incluidos, desde luego, los ridículos bailecitos que hemos visto en televisión— unidos al estúpido error de confiar más en la escolta cubana que en el juego del escondite, han dado con los huesos de Maduro en la cárcel. No estuvo muy discreto el general Caine cuando, en la rueda de prensa en la que explicó la operación de captura del líder chavista, presumió de conocer al detalle todos sus movimientos. Es una información valiosa para Delcy Rodríguez, que ahora sabe que, para evitar tentar a Trump, tendrá que esforzarse mucho más de lo que lo hizo su predecesor en ocultar, incluso a sus allegados, dónde pasará cada noche de los próximos años.

La carta del tiempo

Aunque no sea evidente, la única carta valiosa de la nueva líder del chavismo está en el tiempo. Una carta que juega en los dos lados de la partida. El bloqueo del petróleo puede apretar al régimen venezolano sine die, pero no ahogarlo. La amenaza de asesinar a Delcy Rodríguez es más difícil que pueda sostenerse indefinidamente, sobre todo si no se ve reforzada por gestos provocativos que ella evitará. ¿Cuántos años puede Trump mantener una pistola en la sien de una presidenta con la que dice compartir los destinos de Venezuela sin terminar de parecer el malo de la película? Además, la llegada de las compañías petrolíferas con sus milmillonarias inversiones favorecerá la estabilidad. Para cuando ellas se asienten, la paz social en Venezuela se habrá convertido en un valor absoluto que habrá que proteger.

Por otra parte, y al contrario que Maduro y su sucesora, Trump no es un dictador. Las riendas con las que las instituciones norteamericanas —desde el Capitolio al Tribunal Supremo— han tratado de contenerle han servido hasta ahora de muy poco, pero tenderán a hacerse más incómodas con el paso del tiempo. La opinión de los votantes pesa también sobre los hombros del magnate, que se juega mucho en las elecciones de noviembre. En estas condiciones, que cuestionan la percepción exterior de que Trump tiene toda la sartén por el mango, me parece muy difícil que el magnate pueda aspirar a conseguir una rendición incondicional del chavismo.

¿Un final a gusto de todos?

Es más probable que, como solía ocurrir en la diplomacia de cañoneras, la situación se estabilice en un terreno intermedio. Delcy Rodríguez, que ha puesto sus barbas a remojar tras la caída de Maduro—es un decir, no una confusión de género— entregará a Trump el petróleo que él necesita para cantar victoria. Haría bien en ceder también en todos los asuntos relacionados con la política exterior del régimen. ¿Romper con Rusia y China? ¿Por qué no si sus principales aliados la han dejado tirada? Solo Cuba le ha sido leal, pero ese es un amigo que la Venezuela de hoy no se puede permitir el lujo de tener.

Sin embargo, nada me hace pensar que la presidenta encargada quiera o pueda —tampoco ella tiene del todo la sartén por el mango— obedecer a Trump si lo que él exige es que le entregue la cabeza del régimen. Si el magnate desea de verdad una transición política profunda en Venezuela —y no parece que esto sea una prioridad para él— va a necesitar otras cartas. Justo las que le faltan para apagar la luz que el chavismo ve al final del túnel. ¿Y cuál es esa luz? La esperanza de que, cuando lleguen a Venezuela las formidables inversiones auspiciadas por Trump, todo el entramado de poder y corrupción que forma el régimen se haya convertido en un mal menor. Un mal menor para el magnate y para la industria del petróleo… pero una tragedia para el pueblo venezolano.