Trump quiere Groenlandia. ¿Qué queremos nosotros?
Trump ya dispone de acuerdos con Dinamarca que le permiten desplegar en la isla de forma permanente tantos soldados como desee
Montaje del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, entre el canal de Panamá y Groenlandia
Trump quiere Groenlandia y, si nos olvidamos de la ética —yo también quiero muchas cosas pero, cuando no son mías, me resigno a no tenerlas— hay buenas y malas razones geoestratégicas para ese encaprichamiento.
Entre las buenas están las riquezas del subsuelo y, sobre todo, el futuro reparto del Ártico, para el que Washington solo tiene hoy los derechos que le da Alaska, menos de una décima parte del pastel.
Entre las malas, destaca la que Trump suele emplear para justificar sus amenazas: la seguridad. ¿Por qué es mala? Porque Groenlandia tiene en la OTAN todo lo que necesita para su defensa —obviamente, mientras el atacante no sea quien tiene la responsabilidad de protegerla— y, si no se fía, Trump ya dispone de acuerdos con Dinamarca que le permiten desplegar en la isla de forma permanente tantos soldados como desee.
En cualquier caso, Trump quiere Groenlandia. «Por las buenas o por las malas», aclara el magnate con esa actitud de perdonavidas que a él tanto le gusta. Hay varios posibles caminos para que el presidente norteamericano consiga hacer realidad sus deseos y solo uno es bueno.
Si Trump consigue convencer a los groenlandeses de que les conviene optar por la independencia —un derecho que ya tienen reconocido por Dinamarca— y, a partir de ahí, integrarse en los EE.UU. de cualquiera de las diferentes maneras que prevén las leyes norteamericanas, nadie podrá reprocharle nada al controvertido republicano. El problema es que, por el momento, los groenlandeses no parecen estar por la labor. Escuchando a Trump, no me extraña demasiado; pero dicen que el dinero hace milagros y tiempo habrá para saber si se abre camino esta posibilidad.
¿Una guerra de conquista?
Con todo, si la mitad más uno de los 58.000 habitantes de la isla no aceptan ser comprados, el único camino que le queda a Trump es el de la conquista. ¿Una empresa fácil? Tomar la isla sí. De hecho, hoy no hay allí más base militar que la de Pituffik, una pequeña instalación cedida a los EE.UU. para contribuir a la vigilancia del espacio y a la defensa de Norteamérica contra misiles balísticos.
La «batalla» duraría lo que tarde Dinamarca en retirar de la zona su pequeña marina de guerra y, con toda probabilidad, el derramamiento de sangre sería mínimo. Pero, ¿qué se hace después? No hay muchos mecanismos democráticos que permitan gestionar la conquista de un territorio, y eso es algo que a Putin le trae sin cuidado, pero que sería muy enojoso ante los tribunales norteamericanos y ante su opinión pública.
La campaña bélica terminaría con el nombramiento de un Gobernador Militar y el establecimiento de un régimen de ocupación seguramente benigno… pero los habitantes de la isla seguirían siendo groenlandeses y tendrían los derechos que los convenios de Ginebra reconocen a los ciudadanos de los territorios ocupados.
Trump podría seguir el ejemplo de Putin en Ucrania: negándoles el acceso a la sanidad o el cobro de sus pensiones, podría obligar a los groenlandeses a solicitar un pasaporte norteamericano. Sería un crimen de guerra, pero pocos podrían pedirle cuentas al presidente de los EE.UU.
Más difícil sería amañar un referéndum, algo que Putin hizo en Ucrania sin ningún problema porque en Rusia él es quien detenta todos los poderes. Pero lo que Trump no podría hacer de forma permanente es negarles a los groenlandeses el derecho al voto o a la defensa de sus intereses ante los propios jueces norteamericanos, casi siempre firmes en la protección de los derechos de los pueblos indígenas.
A la batalla legal en los tribunales y a la batalla política en Washington contra un Congreso y un Senado que se han mostrado abiertamente críticos frente a la acción armada, se añadiría en la cuenta del «debe» la todavía hipotética respuesta militar y, sobre todo, política de la Unión Europea.
Incluso los defensores del vínculo transatlántico —entre los que me encuentro, pero solo porque creo que hay Estados Unidos más allá de Trump— tendríamos que aceptar que no es un aliado quien nos traiciona en Ucrania y nos ataca en Groenlandia.
No vamos a hacer la guerra a Washington —cuando se habla de desplegar fuerzas europeas en la isla se pone el acento en la defensa contra Rusia y China, a la que la OTAN está obligada— pero tampoco podemos mirar para otro lado. No tenemos cartas para ganar esta partida, es verdad, pero sí para que nuestro socio tenga que pagar un precio muy alto si al final decide romper la baraja. Incluso si Trump desprecia su papel disuasorio, la Alianza Atlántica facilita a los EE.UU. bases en Europa que ellos necesitan y contratos de armamento que les vienen muy bien.
Yo estoy convencido de que Trump tiene asesores que le harán ver que la conquista de Groenlandia por medios militares sería un error catastrófico. Pero, aunque no fuera así, todavía confío en el pueblo de los EE.UU.
El magnate no es lo que podríamos llamar un hombre sensible, pero no quita ojo a las encuestas de opinión en su propio país. La última publicada sobre Groenlandia muestra que solo el 7 % de sus votantes apoyaría el uso de la fuerza para apoderarse de la isla. Y ese hombre que, desde fuera, parece todopoderoso y vengativo como los dioses del Olimpo, también tiene miedo. Miedo, para empezar, a que su partido pierda las elecciones de noviembre y vuelvan a comenzar los humillantes procesos de destitución que ya vivió en su primer mandato.
Máxima letalidad, no tibia legalidad
Aunque al final no llegue la sangre al río, las palabras que hemos oído estos días no debería llevárselas el viento. Los españoles, que ya hemos sufrido en Cuba la tentación imperial de los EE.UU., no deberíamos olvidar lo que ha declarado Stephen Miller, el segundo jefe del gabinete de Trump, sin que nadie le haya pedido explicaciones: «Somos una superpotencia, y vamos a comportarnos como una superpotencia».
Mucho menos deberíamos dejar que caigan en saco roto las palabras del secretario de la guerra, Pete Hegseth: «Vamos a pasar a la ofensiva, no solo a la defensa. Máxima letalidad, no tibia legalidad. Efecto violento, no políticamente correcto».
Esperemos que no sea en Groenlandia, pero Europa no puede descartar que esa preferencia por la letalidad sobre la legalidad que expresa Hegseth se ponga de manifiesto en cualquier lugar del mundo en los años que le quedan a Donald Trump en el poder. Y, cuando lo haga, cogerá con el pie cambiado tanto a quienes defienden que la política exterior de Washington se ajusta a la legalidad internacional —algo que Trump ni siquiera les va a agradecer pero que a mí me asombra, porque la Carta de las Naciones Unidas comienza con el reconocimiento de un principio, el de «la igualdad soberana de todos sus miembros», que el magnate viola cada vez que respira— como a los que, desde posiciones políticas opuestas, se admiran a sí mismos por su atrevimiento al condenar las recientes acciones de Trump en Venezuela.
A estos últimos, entre los que por desgracia se encuentra nuestro presidente del Gobierno, me permito aconsejarles humildad. Después de todo, la respuesta de la indescriptible Belarra a la captura de Maduro fue todavía más audaz: acercarse con algunos amigos a la embajada de los EE.UU. para gritar la conocida consigna chavista —disculpe el lector los términos, pero son los acuñados por el propio Chávez— «Yankees de mierda, váyanse al carajo».
Audacia, eso sí, sin fruto alguno. No me consta que ni uno solo de los norteamericanos de la embajada siquiera considerase la posibilidad de complacerla. Tampoco Trump va a considerar la posibilidad de permitir que la legalidad internacional limite su soberanía, así que quizá haya que pensar en otra cosa que el Gobierno de España pueda hacer en lugar de darnos por satisfechos con que parezca que hace.
¿Por qué no nos respeta Trump cuando sí lo hace a Putin? Me sorprende que, después de haber eliminado de la diplomacia norteamericana toda condena a la invasión de Ucrania, el magnate tolere que el dictador ruso le condene a él por lo de Venezuela.
Pero a nosotros no nos trata con esa deferencia, seguramente porque somos más débiles. No tenemos cartas. Y, si eso es verdad, no tiene mucho sentido que quien presume de ser el que más critica a Trump entre los líderes europeos sea el mismo que alardea de invertir en defensa menos que los demás. ¿Alma de manifestante en lugar de estadista? Sí, puede ser que ese sea el caso. Pero, como Belarra ha podido comprobar hace pocos días, con palabras no vamos a conseguir que ni un solo yankee se vaya al carajo. Mucho menos podremos contener a alguien tan contumaz como el presidente Trump.