Europa y España: alma de esclavos
No parece coherente que sea el mismo dictador que, en los primeros días de la guerra, mandó a sus mercenarios a matar a Zelenski y cada noche bombardea las ciudades ucranianas, el que ahora se queje de que se ataque a sus bienes inmuebles
El presidente estadounidense Donald Trump y el presidente ruso Vladimir Putin, en su encuentro en Anchorage, Alaska
Si no hubiera perdido la capacidad de sorprenderme, me habría resultado chocante la polvareda que se ha montado estos días a cuenta del supuesto ataque de drones ucranianos a una de las residencias de Vladimir Putin. Real o simulado, el dictador ruso aprovecha la ocasión para hacer algo que ya tenía previsto: renegar de cualquier posible acuerdo auspiciado por Trump que permita a Ucrania zafarse de sus garras.
Real o simulado, el presidente de los EE.UU. sale en defensa de su amigo ruso por razones sobre las que solo podemos especular, pero hacia las que apunta claramente la navaja de Ockham: como todos los abusones, Trump se acobarda frente a quien «tiene cartas» para plantarle cara.
Si las reacciones de Trump y de Putin son las que cabría esperar, me llama la atención que en Europa y en los EE.UU. haya tanta gente que se resigne a ese statu quo. No parece coherente que sea el mismo dictador que, en los primeros días de la guerra, mandó a sus mercenarios a matar a Zelenski; el mismo criminal que cada noche bombardea las ciudades ucranianas añadiendo algunos nombres más a la larga lista de hombres, mujeres y niños sacrificados a su ambición, el que ahora se queje de que se ataque a sus bienes inmuebles. A pesar de todo, estoy seguro de que los rusoplanistas de ambos lados del océano, erre que erre, insistirán en darle la razón.
Por su parte, el presidente Trump, que ha amenazado más de una vez con asesinar a Jamenei o a Maduro —y no es que ambos líderes no se lo merezcan, pero en la guerra se aplica el principio de reciprocidad, y eso le daría derecho a Venezuela o Irán a intentar matar al líder de los EE.UU.— se rasga ahora las vestiduras por la posibilidad de que Zelenski bombardee uno de los palacios de Putin. Y los trumpérrimos, que también los hay en ambos lados del océano, también insistirán en darle la razón.
En el fondo, lo que plantean Trump y Putin es que lo suyo no es una guerra, sino una azotaina a la antigua usanza. Ellos tienen derecho a poner a Ucrania, Irán o Venezuela —y ya veremos quienes van después— en sus regazos y darles unos merecidos azotes por haberse portado mal. Sin embargo, ¡ay de las víctimas si osan resistirse!
Puedo entender que Trump y Putin vean el mundo de esa manera. No hace tanto tiempo que la especie humana se ha bajado de los árboles y es hasta natural que los poderosos defiendan sus privilegios. Pero me cuesta mucho más ponerme en la piel de quienes, desde la irrelevancia de Europa y desde la debilidad de nuestra España, les jalean. A falta de mejor explicación, habrá que asumir que tienen alma de esclavos.