El «club de la lucha» y la reconfiguración del poder global
Ahora todo parece indicar que Putin cree tener el tiempo y los recursos para seguir recuperando el Donbás y lo que el Kremlin llama Novorossiya (un término propagandístico para los territorios del sureste de Ucrania)
Vladimir Putin y Donald Trump en la base de la Fuerza Aérea de Elmendorf en Alaska (Archivo)
En el año 2025 la administración de Trump ha ofrecido una serie de opciones a Moscú para no superar los cuatro años de guerra, entre ellas ceder a Rusia territorios no conquistados, prohibir la entrada de Ucrania en la OTAN e imponer restricciones a las fuerzas ucranianas.
Los esfuerzos diplomáticos se han concretado en una cumbre en Alaska, numerosas llamadas telefónicas y anuncios que aseguraban al mundo que se estaba cerca de alcanzar un acuerdo. Trump incluso aceptó la insistencia inverosímil del Kremlin de que se pueden llevar a cabo negociaciones sustantivas, e incluso nuevas elecciones presidenciales en Ucrania, mientras la guerra continúa.
Pero ninguna de estas ofertas ha acercado el fin de la guerra. Putin, que ha comenzado a aparecer en público con uniforme militar rodeado de generales, ya no oculta su deseo de «devolver» el Donbás a Rusia por medios militares en lugar de diplomáticos.
Putin ha decidido seguir luchando, independientemente del coste económico y humano, ha determinado que puede hacerlo, incluso manteniendo a los Estados Unidos de Trump como socio geopolítico. Esto nos acerca, según algunos analistas, a una nueva «doctrina Putin». Más ahora que Estados Unidos se ha embarcado en su propia operación especial para capturar a Nicolás Maduro en Venezuela y ha vuelto la mirada hacia el conjunto del Hemisferio Occidental para aplicar una tercera fase de la doctrina Monroe.
Si recordamos la doctrina fue ideada por el secretario de Estado y futuro presidente John Quincy Adams, y enunciada por el presidente James Monroe ante el Congreso en 1823. Washington resumía así su apoyo a la independencia del continente frente a los últimos vestigios de la España colonial bajo la premisa: «América para los americanos».
Una segunda fase se desarrolló en el contexto de la Guerra Fría para contrarrestar la influencia soviética en el continente Americano.
Hoy en día, la visión de que Washington debe tener una zona de influencia y un espacio vital propio, que incluye recursos naturales, se ha convertido en el eje fundamental de su política exterior. Por eso estamos siendo testigos de una tercera fase, aprovechando además que Moscú no puede mantener a Caracas bajo su esfera de influencia.
De hecho, todo lo que Moscú pudo responder fue una avalancha de declaraciones del Ministerio de Asuntos Exteriores en defensa de la Venezuela de Maduro se han limitado a comentarios irónicos del expresidente ruso Dmitri Medvédev: «Ahora Estados Unidos no tiene nada que reprochar a Rusia, ya que la operación venezolana es un ejercicio del «derecho del más fuerte» al igual que fue la operación ucraniana».
Pero las diferencias son sustanciales, muy a pesar de que a la izquierda progresista española, la operación especial de Trump fue quirúrgica y duró solo unas horas, mientras que la intervención de Putin fue ocupación en toda regla que ha llevado a casi cuatro años de guerra, convirtiéndose en un «modus vivendi» para su sistema político.
Ahora todo parece indicar que Putin cree tener el tiempo y los recursos para seguir recuperando el Donbás y lo que el Kremlin llama Novorossiya (un término propagandístico para los territorios del sureste de Ucrania) durante los próximos meses. Para cualquiera que intente comprender qué se necesita para que Rusia llegue a un acuerdo, será fundamental reconocer la elección de Putin.
Para Rusia, 2025 fue un año de convergencia con Estados Unidos, en una estrategia geopolítica que no suponía poner fin a la guerra de Ucrania. Putin logró que las negociaciones cobrasen una sentido opuesto, porque no llegaron a nada significativo: ni la reunión en Anchorage, ni las conversaciones telefónicas, ni el ir y venir del enviado especial estadounidense, Steven Witkoff. Mientras, con la otra mano, el Kremlin intensificaba las hostilidades contra los ucranianos.
Dice Putin que no está luchando por el territorio, sino que está defendiendo al pueblo ruso, pero, a estas alturas, está claro que Putin mide su poder tanto en esferas de influencia como en territorios bajo su control. La doctrina de Putin ha resucitado el antiguo pensamiento del siglo XIX y principios del XX, según el cual el poder de los Estados se medía principalmente en términos de territorio y sistemas de armas letales.
Por supuesto, la operación estadounidense en Venezuela complica en cierta medida la nueva doctrina de Putin. Venezuela era un área de interés para el Kremlin. Y, de repente, otra superpotencia ha puesto sus manos sobre ella. Esto supone una derrota para Putin, aunque esto no significa que Rusia vaya a rechazar a Estados Unidos como mediador en su conflicto en Ucrania. Sin duda le ha mostrado a Putin otra cara de Trump: no la de un amigo, sino la de un enemigo. Algo que se ha reforzado más al confiscar un petrolero ruso por violar las sanciones estadounidenses.
El Kremlin está construyendo su imperio, aunque Putin carece del poder necesario para considerar el Cáucaso Meridional y Asia Central como propios, aun así, es la potencia hegemónica local, y Putin sabe que debe competir con Trump por los cinco países de Asia Central.
No hemos de perder de vista el nuevo marco de la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense que busca sustituir al G-7 (orientado hacia Europa) con el «Core 5» (China, India, Japón y Rusia, junto con Estados Unidos) un foro exclusivo de grandes potencias económicas y militares (excluyendo a los europeos del G-7) para reconfigurar el poder global. Un auténtico «club de la lucha».