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El «efecto Groenlandia» en la guerra de Ucrania

Apostar contra Ucrania no hará más grande a los EE.UU., pero sí complicará la vida al único aliado fiable que tenía Washington en todo el planeta: Europa

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump

Dos pasos adelante y uno atrás, Donald Trump va consumando poco a poco la traición a Ucrania que, seguramente, estuvo en su mente desde el principio de su mandato. No importan sus motivos, si es que los tiene. ¿Resentimiento contra Zelenski por resistirse a investigar al hijo de Biden? ¿Respeto a Putin, quizá el único líder de ámbito global que nunca le despreció en público? ¿Concesiones al rusoplanismo norteamericano, un sector de su sociedad minoritario pero muy cohesionado? ¿Desdén por la causa de la democracia? ¿Búsqueda de un nuevo alineamiento geoestratégico para el que necesita a Rusia a su lado? La apuesta, en cualquier caso, se revelará equivocada. Apostar contra Ucrania no hará más grande a los EE.UU., pero sí complicará la vida al único aliado fiable que tenía Washington en todo el planeta: Europa.

El «efecto Groenlandia»

Las vacilaciones de Trump, siempre envueltas en falsedades –o nos toma por tontos o es el único ser humano sobre el planeta que cree que Putin quiere otra paz que la de la victoria– se verán seguramente incrementadas por la absurda disputa sobre Groenlandia. Cuanto más grotesca nos parezca la crisis –en esta aventura el magnate está solo, sin el apoyo del Capitolio ni de la opinión pública de su país– más se enroca Trump.

Lo de Groenlandia seguramente acabará bien. El magnate terminará dando marcha atrás en su amenaza de recurrir a la fuerza porque la invasión militar de Groenlandia sería demasiado ridícula hasta para los estándares de un líder capaz de presumir de que María Corina Machado le ha «regalado» su premio Nóbel. De hecho, el foco diplomático ya se ha desviado de los cañones a los aranceles, que es donde se va a resolver este asunto. Satisfactoriamente si Europa se muestra firme –ya es hora, por cierto, de que lo haga– pero a costa de debilitar aún más un vínculo trasatlántico que cada día parece más frágil. Trump nunca olvida los desaires que se le hacen y todavía le quedan tres años de mandato.

El primer año de Trump

Conociéndole, es bastante probable que el magnate quiera castigar a sus aliados alineándose todavía más con la Rusia de Putin. ¿Qué repercusiones tendría esa política en Ucrania? Tenemos ya algunas pistas para pronunciarnos porque hoy se cumple el primer año del segundo mandato de Trump. Un año sin que Washington haya apoyado a Kiev financieramente. Un año en el que el material militar norteamericano entregado a Zelenski, pagado por Europa, ha ido disminuyendo en valores absolutos y aún más en términos relativos. Un año de palabras decepcionantes e injustas para el pueblo ucraniano –que se acusan en las dificultades que atraviesa la movilización– y de esperanzas para el pueblo ruso, cuyos medios confían en que Trump logre lo que Putin no pudo conseguir: poner de rodillas a Zelenski.

A pesar de todas estas ventajas, el Kremlin no ha sacado demasiado partido de una situación particularmente favorable. Un año después, Putin sigue a punto de tomar Pokrovsk y de rendir al pueblo ucraniano por el frío. Son logros que, por mucho que el rusoplanismo los amplifique, ni siquiera están a punto de ser alentadores.

Mientras en el frente todo va al ralentí, los soldados rusos muertos en acción identificados con nombre y apellido en esquelas, pésames en las redes o certificados de defunción suman ya más de 163.000. Mientras Putin gasta más y más recursos en el bombardeo diario de las ciudades ucranianas –extravagante, por cierto, el empleo de un carísimo misil Oreshnik para un objetivo al alcance de armas mucho más baratas– el Ministerio de Finanzas ruso anuncia que las ventas de petróleo y gas han alcanzado un nuevo mínimo desde el comienzo de la guerra tras haber perdido un 24% desde el año anterior.

Tres años por delante

Europeos y ucranianos tendremos que acostumbrarnos a la idea de que, durante los próximos tres años, habrá que defenderse de Putin sin los EE.UU. ¿Es eso posible? Desde luego. Rusia ya no es ese coloso con pies de barro que invadió Ucrania. Ahora es algo más parecido a un árbol caído. Todavía aplasta –es un árbol muy grande– pero solo su armamento nuclear merece respeto… y eso es algo, por cierto, que los europeos tenemos que entender si queremos inspirarlo algún día.

Pero volvamos al presente. Un proverbio norteamericano –más allá de Trump, hay muchas cosas dignas de elogio en los Estados Unidos– dice que cuando el camino se hace duro los hombres duros se ponen en camino. Como todos los refranes, suena bastante más redondo en el idioma original: «When the going gets tough, the tough get going». Es un proverbio que invita a la esperanza. Quien sabe, quizá las dificultades provoquen que Europa vaya encontrando en sí misma la fuerza que creíamos perdida. A lo mejor Trump y Putin, Putin y Trump, son capaces de conseguir lo que no han podido lograr los líderes que, en los últimos años, hemos elegido: devolvernos la dignidad y enseñarnos a sacar lo mejor de nosotros mismos.