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¿Otra guerra en Irán? Las opciones sobre la mesa

Al fracasado régimen de los ayatolás –como al de la desdichada Cuba– solo le sostiene la permanente huida hacia delante que es la revolución. No puede renunciar a ella sin suicidarse políticamente

Personas caminan cerca de un vehículo de lanzamiento de misiles balísticos en TeheránAFP

Si es cierto que hay en cada español un potencial seleccionador nacional de fútbol, es también probable que usted, como la mayoría de los lectores de esta columna –a quienes supongo atraídos únicamente por su interés por los asuntos militares– se sentiría feliz si el presidente Trump le pidiera su opinión sobre el camino a seguir para resolver su contencioso con la República Islámica de Irán.

A la hora de preparar su hipotética respuesta a la pregunta que el presidente de los EE.UU. no nos va a hacer, cada lector arrimaría el ascua a su sardina. Si es abogado o economista, empresario o conductor de autobús, tendería a emplear las herramientas de su oficio para resolver el complejo problema. Si es militar, probablemente haría lo que todos aprendimos en nuestra carrera profesional: estudiar concienzudamente los factores por separado, esforzarse por determinar los centros de gravedad de la campaña –aquellos puntos de especial vulnerabilidad que podemos atacar o tenemos que defender– y tratar de definir con precisión cuál es la situación final deseada por Trump.

Los centros de gravedad

Sobre los centros de gravedad del régimen de Teherán ya hemos escrito mucho. Irán es un país extenso –tres veces la península ibérica– muy diverso y habitado por 90 millones de almas. Duplica a Ucrania en superficie y en población, y ya hemos visto como Putin, un dictador que acaba de dejar a los rusos sin WhatsApp para que no protesten de la guerra, se ha atragantado cuando ha tratado de tragársela. Considerada en bloque, la República Islámica es un hueso todavía más duro de roer.

Sin embargo, en los lugares civilizados –no es el caso de la Rusia de Putin– la guerra no es un fin en sí mismo sino la continuación de la política por otros medios. No se trata de conquistar Irán, sino de obligar a sus líderes a que acepten condiciones. Desde esta perspectiva, sí parece que hay alguna posible luz al final del túnel aunque, por desgracia, quizá sea solo la débil llama de una vela. Seguro que Alí Jamenei aceptaría cualquier cosa a cambio de su supervivencia política… pero, lamentablemente, al fracasado régimen de los ayatolás –como al de la desdichada Cuba– solo le sostiene la permanente huida hacia delante que es la revolución. No puede renunciar a ella sin suicidarse políticamente.

Al fracasado régimen de los ayatolás –como al de la desdichada Cuba– solo le sostiene la permanente huida hacia delante que es la revolución

De lo dicho se desprende cuáles son las vulnerabilidades de Irán. La más crítica es su liderazgo. Jamenei, desde luego; pero, junto a él, un clero chií radicalizado y bien organizado que, a lomos de la religión y el fanatismo, seguramente estará más cohesionado que el chavismo, a cuyos jerarcas solo les unía la ambición. Todo lo demás es parte de lo mismo. Detrás del Consejo de Guardianes está la Guardia Revolucionaria Islámica y todas las milicias que la secundan, dispuestas a imponer su voluntad a sangre y fuego en las calles de las ciudades iraníes. Los dientes del régimen están hechos de misiles balísticos fabricados con apoyo de China –en Irán es la Guardia Revolucionaria, y no el Ejército, la que emplea este tipo de armas– y sus alforjas están cargadas de los beneficios del petróleo.

¿Cómo atacar esas vulnerabilidades? Hay algunas maneras pero, antes de discutirlas, tenemos que recordar que, en este mismo momento, los militares iraníes están haciendo cálculos parecidos a este… pero referidos a su enemigo norteamericano. Ellos saben que el centro de gravedad de los EE.UU. está en su pueblo. Un pueblo más duro que la mayoría de los europeos, pero que todavía exige a sus militares hazañas improbables. ¿Cómo puede el Pentágono planear operaciones militares que terminen sin bajas propias, sin daños colaterales, sin víctimas civiles, sin errores, sin retrasos, sin sobrecostes, sin alargamientos indebidos, sin riesgos… y además, para quienes no sean votantes de Trump, con plena legitimidad, con la previa aprobación del Congreso, con respeto a las minorías y sin lo que en Europa llamamos impacto de género? No siempre van a encontrar los militares norteamericanos a un Maduro que, por el irracional deseo de dormir en su propia cama, les permita cuadrar ese círculo imposible.

Así pues, todo lo que necesita el régimen de Jamenei es resistir, como hicieron los hutíes del Yemen, hasta que los costes de la campaña en sangre, tiempo, dinero o apoyo social excedan de lo que el pueblo norteamericano está dispuesto a pagar. Un listón muy inferior al que han saltado los israelíes hace un año porque, en realidad, los EE.UU. no han sido atacados por Irán ni están en riesgo de serlo.

Todo esto condiciona enormemente el planeamiento del Pentágono. El general Caine aprovechará cualquier oportunidad que se le presente para complacer a su comandante en jefe, pero no querrá regalarle bazas al enemigo. ¿Hasta dónde puede llegar? ¿Qué puede hacer sin correr el riesgo de que la situación se le vaya de las manos? Aún no debe de haber encontrado la respuesta correcta, porque en los últimos días vemos a un Trump más inclinado al baile diplomático que a la lucha cuerpo a cuerpo.

La situación final deseada

Y, ya que hablamos de Trump, el general Caine tiene sobre su mesa la pregunta más crítica de todo el proceso de planeamiento. ¿Cuál es la situación final deseada por su presidente? ¿Un Irán libre, próspero, feliz y democrático? No. Todos compraríamos ese artículo, pero ni siquiera se encuentra en el mercado. ¿Un Irán inofensivo, que renuncie al enriquecimiento de uranio, a su programa de misiles balísticos, a la supremacía regional y a hacer la guerra a Israel? Ese es el objetivo explícito de la diplomacia norteamericana pero, por desgracia, todavía parece difícil de encontrar a precios asequibles.

Entonces, ¿qué hacen allí los portaviones norteamericanos? A falta de respuestas válidas, entraremos en el terreno de la especulación. ¿Qué pasaría si esa situación final deseada, la de verdad, fuera la victoria del partido republicano en las próximas elecciones de noviembre? ¿O, todavía más simple, el embellecimiento del legado de una presidencia controvertida? En uno u otro caso, Trump tiene mucho que remontar en las encuestas de popularidad y, como tantos otros antes que él, sabe que los éxitos militares ayudan enormemente a recuperar la fe de sus conciudadanos. Al presidente Bush, su victoria en Irak le dio la reelección. Al presidente Carter, su fracaso en el rescate de los rehenes de su embajada en Teherán le arrebató cualquier posibilidad de ser reelegido.

Buscando imágenes para ilustrar una conferencia sobre este asunto, encontré hace unos días una fotografía en la que dos mujeres portaban una pancarta con un texto que me pareció enternecedor: «Esta vez vamos a ganar. Dios está jugando la carta Trump». A quienes ven en el magnate la reencarnación del bien, la sospecha de que pueda estar utilizando la política exterior de los EE.UU. en beneficio propio les parecerá abominable. Y, sin embargo, él mismo se confesó culpable cuando escribió a su amigo Jonas, primer ministro de Noruega, ese delirante: «Considerando que su país decidió no darme el Nobel de la Paz… ahora puedo pensar en lo que es bueno y apropiado para los Estados Unidos de América». Y antes ¿no?

Las prioridades de Trump parecen claras. La prensa norteamericana publicó hace algunos días la curiosa noticia de que el magnate paralizó la construcción de un túnel ferroviario entre Nueva York y Nueva Jersey. Solo asignará fondos federales al proyecto si se pone su nombre al aeropuerto Dulles, de Washington, y a la estación de Penn Station, en Nueva York. Quizá lo publicado no sea toda la verdad, pero la obsesión del hombre por su nombre está a la vista de todos. En su caso –y en el de muchos otros más que no voy a citar– creo que es lícito temer lo peor.

Si, al final del día, lo que está en juego en Irán solo es el legado del magnate, entonces sí que el Pentágono puede darle respuestas válidas. Matar a Jamenei, sin una Delcy Rodríguez que pueda sustituirle, no va a arreglar gran cosa… pero permitirá a Trump cantar victoria en su Truth Social. Destruir unos centenares de misiles balísticos tampoco va a hacer más seguro el Oriente Medio –China puede reemplazarlos en un plazo muy breve a cambio de petróleo– pero daría razones a quienes creen que Dios está jugando la carta Trump. Atacar desde el aire algunos cuarteles de la Guardia Revolucionaria Islámica provocaría una sonrisa en muchos de los iraníes que no vivan demasiado cerca de los impactos, pero acercaría la solución final del problema tanto como en Ucrania los bombardeos nocturnos de las ciudades, que ya están a punto de completar su cuarto invierno.

¿Qué podemos entonces esperar que ocurra en Irán? Parece que en breve desplegará en la zona un segundo portaviones y estos buques no suelen volverse a casa con el rabo entre las piernas. Si tuviera que apostar, lo haría por alguna exhibición de la asombrosa eficacia de los militares norteamericanos que, seguramente, no resolverá gran cosa, pero que se realizará con todo cuidado para no provocar una guerra civil en la República Islámica. Luego, si todo sale bien, se volverá a la mesa de negociaciones, momento que Trump aprovechará para reclamar de nuevo el Nobel de la Paz. Y, si es así, bien podríamos felicitarnos por ello. Tal como están las cosas, del mal, el menos.