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CrónicaAngel SantiestebanLa Habana

Censura o cárcel: la receta de la dictadura cubana que mantiene encarcelados a 1.200 presos políticos

El régimen planea o querría usar a los detenidos como moneda de cambio para lograr dádivas del gobierno del presidente Donald Trump

Imagen de La Habana donde se aprecia la decadencia de la ciudadAngel Santiesteban

Desde que Fidel Castro se instauró en el poder en 1959, la censura en Cuba ha formado parte de la política oficial. Por naturaleza se ha demostrado que todo régimen socialista lo primero que aplica es el terror para lograr el silencio de sus ciudadanos. La historia lo confirma.

67 años después de su férrea implantación en la cotidianidad del cubano, la mayoría guarda anécdotas de auto censura, por el miedo a las consecuencias impuestas por el régimen.

El pasado 6 de febrero llegó la detención de los jóvenes de El4tico: Ernesto Medina y Kamil Zayas quienes, de manera artística y filosófica, expresaron en las redes sociales el sentir de gran parte de los cubanos.

Fueron visitados en su casa por la policía política con orden de registro. Luego de incautar sus laptops, cámaras y teléfonos, fueron arrestados. De inmediato se desató en las redes una respuesta generalizada dentro del archipiélago cubano como del exterior, incluyendo la embajada de Estados Unidos en La Habana, pidiendo su liberación inmediata.

Se ha visto como el hastío del pueblo cubano ha llegado a sus límites al perder el miedo, cada vez más; pero como se dice popularmente, «no es lo mismo llamar a la muerte que verla llegar». Y que oficiales de la Seguridad del Estado toquen en la puerta de un hogar, es el mejor símil de tener a la «parca» delante. Sabes que a partir de ese momento tu vida cambiará para peor, por lo que serás un jabalí dormido con una escopeta apuntándote.

En el «mejor de los casos», cuando ruegan perdón y prometen que no volverán a «equivocarse», los oficiales se retiran fingiendo creer en tu palabra, pero advirtiendo que si regresan, no habrá contemplaciones; pero Ernesto y Kamil no corrieron con esa «suerte», tampoco suplicaron perdón, por ello, el régimen tiene la necesidad de mostrarles hasta dónde puede llegar la saña del poder totalitario. Acción que se interpreta como medida de escarmiento para el resto de la población, y no es más que el pataleo del ahorcado, porque el régimen tiene más miedo que sus ciudadanos. Todo cobarde es abusador, y se saben en sus últimos estertores.

En estos momentos Ernesto y Kamil se encuentran en el centro de instrucción de la Seguridad del Estado en la provincia de Holguín, famoso por sus torturas e interrogatorios violentos.

Luego de que se presentara un habeas corpus para denunciar la ilegalidad y arbitrariedad en el hecho pues, además, han permanecido incomunicados, la Fiscalía informó que estaban siendo acusados de «propaganda contra el orden constitucional» e «instigación a delinquir». La medida fue rechazada, por supuesto, era lo esperado, y el Tribunal Provincial confirmó las acciones, como juez y parte, de la ilegalidad cometida. Que los tres poderes respondan a las injusticias políticas, lo confirman como la dictadura que es.

Como Ernesto y Kamil, hay más de mil presos políticos en las cárceles cubanas

Lo cierto es que, como Ernesto y Kamil, hay más de mil presos políticos en las cárceles cubanas que, en su momento, querrán usar como moneda de cambio para lograr dádivas del gobierno del presidente Trump.

La «lealtad absoluta» exigidas en las primeras tres décadas de instaurados en el poder «los revolucionarios de Fidel Castro», han ido mutando las exigencias según los tiempos. A partir de 1980, con la estampida de los cubanos por Mariel, «la primera gran derrota del socialismo en América», demostrando el estado fallido que se aproximaba, se comenzó a aceptar que se fingiera públicamente que se era simpatizante de la «revolución», aunque existieran pruebas contrarias obtenidas por el G-2 (policía política), de desvaríos ideológicos.

El Período Especial a principio de 1990, con la caída del campo socialista, ya asomó la debacle, la confirmación de que lo peor continuaba acercándose, y se comenzó a aceptar el silencio a partir del terror de Estado. En esa misma década, en 1994, ocurrió «la segunda gran derrota del socialismo en América»: la estampida de una gran parte de la población hacia los Estados Unidos.

Desde el comienzo del siglo XXI, no tuvieron opción que hacerse de la vista gorda y mirar hacia otro lado. Se podía disentir de manera muy superficial, jamás señalar a los dirigentes políticos, sobre todo al «gran líder» Fidel Castro y a su hermano Raúl; pero desde la llegada de internet, lo que no pudieron impedir los dictadores fue el asomo de la libertad que los cubanos desconocían por generaciones, y las «múltiples derrotas del socialismo en América» ocurren todos los días.

Lo que está prohibido

Desde entonces, han tratado de controlar con represión los likes y opiniones no acordes a las mentiras trazadas por el régimen. Está prohibido filmar en las calles las colas, edificios con peligros de colapsar o derrumbes, baches, testimonios de transeúntes. Enseñar la calamidad es «contrarrevolución», y la calamidad es todo lo que nos rodea.

El pasado 28 de enero, natalicio del Héroe Nacional José Martí, la dictadura hizo su «marcha de las antorchas», para ello primero sitiaron con patrullas y represores a cuanto periodista independiente u opositor tienen en sus clasificaciones. Al que insistiera en salir, como yo, era conducido a la unidad policial.

Al área de los calabozos llevaron a una señora de cuerpo escuálido de 80 años

Al área de los calabozos llevaron a una señora de cuerpo escuálido de 80 años. Llegó temblorosa. La acusaban de haber hecho una manifestación verbal a los jóvenes universitarios cuando pasaba por una esquina del Vedado, en La Habana, comentó que «no había transporte para el pueblo, pero sí para sus actos políticos», y una represora la escuchó.

La señora en la unidad policial lloraba, suplicaba que ella no era una delincuente, que jamás había entrado a una unidad policial. Yo estaba en el cuarto de interrogatorio con un cartel en la puerta de «clasificación».

Como estaba vestido de civil, igual que mi represor, la señora me miró clamando justicia, pensando que podría ayudarla. Me conmovió, hasta se parecía a mi madre, y me le acerqué ante la sorpresa del represor, del oficial que la había traído y de ella misma, la abracé, la besé en la cabeza, lo que la sorprendió más.

«Ellos no le harán nada», le dije mirando al oficial, «a usted la van a liberar». Él enseguida salió para que la llevaran a otro lugar, mientras ella explicaba que venía a pie desde Cojímar, un poblado pesquero en las afueras de La Habana, que en el poblado de Regla, de ultramar también, pudo cruzar la bahía en la lanchita y luego siguió a pie. Y que no recordaba haber dicho nada ofensivo. Que se dirigía a la zona de Marianao para participar en el culto de su iglesia protestante. Luego me la escondieron.

Más de 1.200 presos políticos en Cuba

La cuestión es que, si un régimen llega a este tipo de represión, con los que cuenta, son peores personas de lo que ellos consideran enemigos. Tienen encarcelados a mujeres jóvenes, madres, niños, muchachos con problemas mentales, a sus familias también las acosan y torturan, y no les importa. Hay presos también intelectuales y artistas por participar en protestas ciudadanos pacíficas.

Este mes la ONG Prisoners Defenders marcó un nuevo récord de presos políticos en Cuba, más de 1200, es la señal más inequívoca de que están perdiendo, saben que les queda poco en el poder y se encuentran más asustados que a los que intentan amedrentar.

«Y es que el terror pierde su efecto cuando la gente no tiene nada que perder», me comentó un joven en la calle. «Y nos han quitado la electricidad, las medicinas, la comida… hasta la dignidad».