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La guerra en Irán: el medio juego

Un desembarco anfibio en las proximidades del estrecho de Ormuz le permitiría al magnate prolongar la guerra sin miedo a la factura que sus votantes tendrán que pagar en las gasolineras. Pero no se lograría sin sangre estadounidense

Valla publicitaria del recién nombrado líder supremo de Irán, el ayatolá Mojtaba JameneiAFP

La guerra en Irán, que solo acaba de cumplir dos semanas, ya se nos hace larga. Se nota la presión sobre nuestra economía y, en cierta medida, también sobre el patio de Monipodio de la política nacional. Renace el «no a la guerra» de apariencia ingenua y propósitos oscuros, hijo del oportunismo de nuestros gobernantes y del patético afán de revancha de los que, enemigos de la libertad, todavía se sienten derrotados por los EE.UU. en la Guerra Fría. Paradojas de la ideología, asistimos a un movimiento por la paz en el que es imposible escuchar una sola condena a la invasión de Ucrania, la contienda más larga, más sangrienta y más injusta de los difíciles tiempos que nos ha tocado vivir.

Mientras algunos españoles salen a la calle para «parar la guerra» –se me escapa cuál es el poder que creen tener para alcanzar tan ambicioso objetivo– en Irán continúa la que en un artículo también publicado en El Debate describí como fase de apertura de la partida que juega la siniestra República Islámica creada por Jomeini para intentar sobrevivir. Con blancas, las fuerzas combinadas de Israel y los EE.UU. se esfuerzan por eliminar los peones enemigos, cuantos más mejor. Con negras, el régimen iraní enroca a su rey, que no es Mojtabá Jamenei sino la estructura de la que él sale y que, como la Hidra de Lerna, tiene aliento venenoso y acreditada capacidad de regenerar sus cabezas.

El régimen islámico resiste

El optimismo inicial del presidente Trump, no compartido por los servicios de Inteligencia norteamericanos, se ha demostrado sin fundamento. Irán no es Venezuela. El régimen islámico es malvado pero no frágil. Le sirven demasiados fanáticos armados.

Al líder supremo, cualquiera que sea su nombre real, no le importan tanto los misiles balísticos como los fusiles en manos del Basich, la «milicia del pueblo» fundada por Jomeini en 1979. Los primeros, destruidos en sus emplazamientos o lanzados sobre Israel y los países del Golfo, han ido perdiendo lo único que tenían: potencial disuasorio, más que valor militar. Los fusiles, en cambio, mantienen en las calles el orden forzado por el miedo. Tan patética parece la insistencia de Netanyahu en pedir al pueblo iraní que, desarmado, se enfrente a los esbirros de la revolución islámica… como la penúltima ocurrencia de Trump: criticar la falta de agallas de los marinos mercantes que se resisten a navegar por el estrecho de Ormuz mientras él mantiene a sus destructores a distancia segura de los drones y misiles iraníes.

El régimen islámico es malvado pero no frágil. Le sirven demasiados fanáticos armados

Como ya es evidente que el régimen iraní no va a capitular durante la apertura, Donald Trump –Netanyahu le arrastró a la guerra, pero el magnate será quien decida su final– tiene dos caminos entre los que elegir. El primero es declarar la victoria y parar la guerra. Argumentos le sobran, porque la campaña ha hecho mucho daño a la República Islámica. Ha logrado matar a Jamenei, lo que supone un buen aviso a futuros navegantes. Ha destruido por segunda vez en un año el arsenal de misiles balísticos y la defensa aérea de su enemigo. Del programa nuclear se sabe poco pero, por irrelevante que sea su papel, también puede presumir de que ha enviado al fondo del mar a la marina de Irán. La comunidad internacional, además, agradecerá la vuelta a la normalidad en los mercados del petróleo. ¿El inconveniente? Irán también cantará victoria. Su listón es tan diferente que le basta la supervivencia del régimen para presumir de haber derrotado al magnate.

La segunda opción supondría entrar en lo que en ajedrez se llama medio juego. También sobran los argumentos para justificarla. Si Trump se retira ahora, la historia diría de esta guerra que, como la de Bush padre en Irak, se quedó corta. El hijo de Jamenei no será más complaciente que su progenitor a la hora de sojuzgar las ansias de libertad de su pueblo. Además, todas las bazas militares perdidas por el régimen pueden ser repuestas en pocos meses con la ayuda de China y, en menor medida, de la apurada Rusia de Putin.

La decisión de Trump

Lo que hará Trump, en este momento, es probable que no lo sepa ni él. «El final llegará cuando lo sienta en mis huesos», ha declarado estos días el magnate. Todo lo que los demás podemos hacer es especular sobre lo que podría ocurrir en el medio juego a partir de los indicios que hoy tenemos a nuestra disposición.

El primero de esos indicios está relacionado con el petróleo y es, hasta cierto punto, esperanzador. Después de atacar las instalaciones militares de la isla de Jarg, la principal terminal exportadora iraní, Trump escribió en su red que había decidido «NO destruir la infraestructura petrolera de la isla». Ese «no» en mayúsculas supone un pequeño paso atrás que apunta al deseo de dejar el petróleo fuera de la contienda, como de hecho ocurrió en la guerra de los Doce Días. Contribuye a esa impresión el acuerdo entre la India y el régimen islámico por el que se permitiría transitar por el estrecho de Ormuz a los buques destinados a ese país, algo que aliviaría el efecto del bloqueo sobre los mercados internacionales.

El segundo indicio es, en cambio, escalatorio. Trump ha ordenado desplegar en Oriente Medio un grupo expedicionario de Infantería de Marina que estaba basado en Japón. Formado por alrededor de 3.000 efectivos, no va a ser suficiente para decidir la guerra pero le dará al Pentágono capacidades anfibias que, sorprendentemente, no tenía disponibles al comienzo de la campaña. Curiosidades de la historia, el buque insignia de este grupo, el portahelicópteros anfibio USS Trípoli, tiene el mismo nombre que el del mismo tipo que fue dañado por una mina iraquí en la guerra del Golfo en 1991.

¿Qué puede ocurrir en el medio juego que decida la partida en favor de Trump? Un desembarco anfibio en las proximidades del estrecho de Ormuz le permitiría al magnate prolongar la guerra sin miedo a la factura que sus votantes tendrán que pagar en las gasolineras. Pero no se lograría sin sangre norteamericana. La diferencia entre la tecnología de los EE.UU. e Israel y la rusa o la china da una enorme ventaja a sus tropas en las distancias largas pero, cuando se llega al cuerpo a cuerpo, sus efectos se notan mucho menos. ¿Es eso lo que quiere el presidente Trump? ¡Quién sabe! Si es verdad que la respuesta está en sus huesos, quizá sea mejor que sea un traumatólogo el que nos dé su opinión.