Irán: el final perdido
Que yo no conozca lo que quiere el presidente de los EE. UU. es irrelevante. Que no lo sepan los iraníes es hasta positivo. Pero si ese End State no está bien definido o se trata de una guerra de oportunidad conducida como quizás Trump haya aprendido a hacerlo en el mundo de las finanzas, es inevitable cometer errores
Clérigos iraníes con imágenes de Alí Jamenei, el líder espiritual abatido bajo las bombas
Tengo delante de mí la versión corta y sin clasificar del documento de la OTAN que establece los principios del planeamiento militar. El lector curioso y aburrido —no hay nada excitante en ninguna de sus 135 páginas— podrá encontrarlo en Internet. Su título explica su contenido sin dejar nada a la imaginación: «ALLIED JOINT DOCTRINE FOR THE PLANNING OF OPERATIONS». Los militares de todos los países de la Alianza, sin embargo, lo conocemos por su abreviatura: AJP-5.
En esencia, la publicación explica cómo, durante el proceso de planeamiento, se programa el empleo de los medios de que dispone el comandante de una operación, ya sean militares o de cualquier otra naturaleza, para convertir un estado de cosas desfavorable —como el que obviamente existía en el Irán de Jamenei— en otro que se ajuste al End State, la situación final deseada que se haya definido en el nivel político.
Más coherentes que imaginativos —han pasado ya los tiempos de Alejandro Magno, Aníbal o Julio César— los militares de los EE.UU. habrán trabajado durante meses, con ayuda de poderosas herramientas informáticas, para crear un diseño operacional como el que en la figura aparece reducido a su esencia. Un diseño lineal que ilustra cómo cada «efecto» —perdón por los palabros, imagine el lector que, en esta fase de la operación, lee «cada blanco destruido»— debe conducir al logro de una «condición decisiva» necesaria para alcanzar el siguiente objetivo, en una línea que se prolonga hasta ese End State que sirve de brújula a todo el proceso.
Captura de pantalla de la publicación AJP-1 de la Alianza Atlántica
Hasta para el lector más alejado del mundo militar parece obvio que, cualquiera que sea el End State de la operación, la destrucción de las baterías antiaéreas que defienden Teherán es parte de la condición decisiva «supremacía aérea sobre Irán». Sin embargo, en el mundo real las líneas no siempre están tan claras. El propio presidente Trump, con una sinceridad que me asombra, ha reconocido que ellos mismos mataron a tres posibles candidatos a hacer el papel de Delcy Rodríguez en el Irán de la posguerra. Él sabe que sus partidarios le toleran todo, pero ¿fue eso una buena idea?
Cuando el End State no está bien definido, los militares pueden perder el norte. ¿Qué espera conseguir el presidente Trump? Si el final deseado de la operación «Furia Épica» es la rendición incondicional, como el magnate ha dicho estos días, el hundimiento de la fragata Dena a miles de kilómetros de su base es una excelente idea. Si, por el contrario, busca un Irán democrático alineado con Occidente, el centenar de marinos muertos en una acción desde luego irreprochable según el derecho de la guerra, podría ser contraproducente: dejará bastantes miles de iraníes llenos de odio —familiares, amigos y compañeros— y reducirá las posibilidades de enfrentar al Ejército iraní, una institución con la que quizá se podría hablar, con la Guardia Revolucionaria… a cambio de una ventaja militar que, reconozcámoslo, es insignificante.
La situación final deseada
¿Cuál es entonces el End State de la operación? Lo que hemos oído de Trump es un abanico que apunta en diferentes direcciones, lo que indudablemente tiene la ventaja política de que le permite alcanzar la victoria de muchas maneras, pero no arroja luz sobre sus verdaderas intenciones.
Que yo no conozca lo que quiere el presidente de los EE. UU. es irrelevante. Que no lo sepan los iraníes es hasta positivo. Pero si ese End State de verdad no está bien definido, si se trata de una guerra de oportunidad conducida como quizás Trump haya aprendido a hacerlo en el mundo de las finanzas, es inevitable que se cometan errores sobre el terreno que terminen convirtiéndose en obstáculos para los objetivos estratégicos de los EE. UU.
El almirante Manuel Garat, uno de mis primos —amigo desde la infancia y, por ello, más hermano que primo— sirvió conmigo en la Armada durante muchos años. Él es, por cierto, el padre de mi admirada periodista Ketty Garat, y lo digo porque con frecuencia me preguntan si es hija mía a pesar de que mi primer apellido es Rodríguez.
En el grupo de WhatsApp que compartimos, el almirante Garat me hacía hace unos días una reflexión que, con su permiso, voy a compartir. Cuando estuvo en Los Ángeles como comandante de la fragata Juan de Borbón, le invitaron a una visita a los estudios de ABC donde se produjo la famosa serie «Perdidos». Allí le explicaron que solo tenían terminados los guiones de unos pocos capítulos. El resto se iría escribiendo de acuerdo con la respuesta de la audiencia. Aquella estrategia —cree recordar mi primo— se llamaba AFN, siglas de Audience-feedback driven narrative, términos que me resisto a traducir por no ser más que una forma de embellecer el oportunista proceso creativo que acabo de describir.
La serie en cuestión, que empezó muy bien, acabó, en palabras del almirante Garat, en «un disparate que no había por dónde cogerlo». Aunque, eso sí, ganaron una millonada (lo que quizás era el único objetivo). Espero que la campaña de Irán, Venezuela y Cuba (que parece que es la siguiente) no tenga un guion AFN.
Ante esa oportuna reflexión, lo único que puedo añadir es que yo también lo espero. El tiempo dirá si nuestra esperanza está justificada.