Columnas de humo se elevan desde una instalación energética en el emirato de Fujairah, en el Golfo Pérsico
Por qué los países del Golfo y aliados de Trump se resisten a entrar en la guerra de Irán
La guerra en Irán, desencadenada por los ataques conjuntos de Israel y Estados Unidos contra el país persa el pasado 28 de febrero y que acabaron con la vida del líder supremo de la República Islámica, el ayatolá Alí Jamenei, ha puesto en un incómodo lugar a los países del Golfo. El régimen iraní ha respondido, además de atacando al país hebreo, hostigando a los países del Golfo. En un primer momento, los objetivos de Teherán se limitaron a las bases o legaciones diplomáticas estadounidenses en la región.
Sin embargo, tras más de dos semanas de guerra, a esos objetivos se han ido sumando instalaciones energéticas, petrolíferas e, incluso, infraestructuras de inteligencia artificial. Ningún país del Golfo se ha escapado de las represalias del Ejército de la República Islámica: tanto Kuwait como Baréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Arabia Saudí e incluso Omán –que había actuado como mediador en las negociaciones nucleares– han sido víctimas de los drones y misiles iraníes a diario.
La táctica de Teherán es acosar a los países de la región hasta tal punto que estos presionen Estados Unidos para poner fin al conflicto. Por el contrario, Washington espera que los continuos ataques iraníes empujen a estas monarquías –aliadas en Oriente Medio– a sumarse a la campaña militar contra la República Islámica, pero ya han pasado más de 15 días desde que empezó la guerra –y con ella los ataques prácticamente a diario contra los países del Golfo– y estos se resisten a entrar en el conflicto. Las razones son diversas, entre las que destaca la desconfianza al apoyo incondicional de Estados Unidos.
Las naciones de la región tienen muy presentes los precedentes de Irak o Afganistán y temen que, si el escenario en Oriente Medio se complica, Washington decida retirar su presencia del territorio. Aunque hay muchos otros motivos. Por ejemplo, de entrar en guerra, países como Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait o Arabia Saudí perderían todo su atractivo turístico y de inversión extranjera basado en esa idea de refugios seguros y modernidad. De hecho, Irán ya ha empezado a apuntar contra infraestructuras de inteligencia artificial, atacando en los últimos días centros de datos en Baréin y los EAU.
Existe también un factor religioso nada desdeñable: Estados como Kuwait o Baréin tienen una gran población de musulmanes chiíes, por lo que una guerra directa con Irán –potencia chií en Oriente Medio– podría provocar, a su vez, una revuelta interna. Asimismo, Teherán cuenta con milicias y grupos terroristas afines por toda la región y que podría activar en cualquier momento, como ya ha hecho con Hezbolá en el Líbano. Por el momento, los hutíes de Yemen se han mantenido al margen, pero Irán no descarta recurrir a esta milicia, que podría, además, bloquear el estrecho de Bab el-Mandeb, lo que, sumado al cierre del de Ormuz, situaría al comercio global de crudo y gas ante una crisis sin precedentes.
Tampoco hay que olvidar que todos estos países del Golfo integran el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), cuya principal fuente de riqueza son los beneficios que obtienen del petróleo, por lo que cualquier perturbación en el comercio mundial de crudo les afecta directamente. Por último, cabe destacar que la mayoría de estos países tienen una población autóctona muy reducida y una infraestructura crítica y civil desprotegida y vulnerable a ataques.
Instalaciones como plantas desalinizadoras, puertos, aeropuertos o refinerías, esenciales para la vida cotidiana de sus ciudadanos, se encuentran completamente expuestas. A lo que hay que sumar que en torno a un 85 % de los alimentos que se consumen en estos países se importan. Una larga guerra expondría, casi con toda seguridad, a los Estados más ricos del mundo al desabastecimiento y a una crisis alimentaria.