La perestroika de Delcy: doblarse para no romperse
Cambiarlo todo para que nada cambie, una transformación que no rompe con el pasado, sino que lo proyecta bajo nuevas formas
La presidenta encargada de Venezuela y sucesora de Nicolás Maduro en la dictadura venezolana, Delcy Rodríguez
En abril de 1985, Mijaíl Gorbachov entró en la historia de los traidores, en ese selecto e infame grupo de líderes políticos cuyo legado se ha sostenido en el engaño, la deconstrucción del régimen y la supervivencia política de aquello que los llevó al poder. La Perestroika, obra magna del camarada Mijaíl, fue el último clavo en el ya armado cajón fúnebre de la Unión Soviética.
Aunque hoy muchos recuerdan la Perestroika como la única ventana de democratización que tuvo Rusia en décadas, una mirada sin edulcorantes permite entender esa gran reforma como un giro de 360 grados, una de esas transformaciones que lo mueven todo para terminar en el mismo lugar.
Gorbachov siempre creyó que el régimen podía transformarse desde dentro, sin necesidad de una ruptura violenta del esquema de gobernanza soviética. La famosa reforma sin ruptura como garantía de continuidad en el poder, en otras palabras, doblarse para no romperse.
En los últimos días, las aceleradas reestructuraciones que Delcy Rodríguez impulsa en Venezuela obligan a proyectar un giro de magnitud comparable. No existen paralelismos perfectos, pero resulta evidente que la nueva camarilla chavista busca sacudir las bases de la gobernanza del socialismo del siglo XXI, incluso hipotecando sus pilares ideológicos. La perestroika chavista sorprende cada vez más a propios y ajenos, que observan un cataclismo político capaz de transformar las estructuras del régimen para garantizar su propia supervivencia.
Los muros de la Plaza Roja vivieron años de agitación y zozobra que desmontaron un régimen cínico, violento y autoritario, dominado por el Politburó del Partido Comunista soviético, para terminar, cayendo en manos de un régimen insolente, agresivo y autocrático, dominado por el Politburó de Rusia Unida, a las órdenes, claro, de Vladimir Putin. En Caracas, los círculos rojos empiezan a soñar con ese tufo de metamorfosis.
La proyección de Delcy Rodríguez y su renovado gabinete apunta a presentar al chavismo-madurismo como una etapa ideologizada y accidentada del proyecto, dando paso a un perfil de mayor pragmatismo y mejor sintonía con los intereses de Washington, un factor hoy crucial para contener los demonios internos del propio chavismo. Algunos actores se reconvertirán, otros buscarán una salida ordenada y un grupo más reducido enfrentará un destino más amargo.
Gorbachov imprimió un sentido noble a su proyecto: conducir a la Unión Soviética hacia un cambio ordenado que evitara un colapso violento. Es imposible saber qué habría ocurrido si las líneas duras del comunismo hubieran impuesto su resistencia ante un modelo agotado. Lo cierto es que aquella reforma facilitó los mecanismos para la transición hacia un nuevo esquema de poder.
Quienes conocen el perfil de Delcy Rodríguez identifican en ella una figura cínica y compleja, capaz de defender al chavismo en foros internacionales durante su etapa como canciller o de negar realidades evidentes como la crisis migratoria o el deterioro de los indicadores sociales.
Compararla con la envergadura de Gorbachov sería un exceso. Sin embargo, el sentido de su actual giro político en Venezuela, aunque no comparte las bases de apertura democrática de la Perestroika, sí apunta a un resultado similar: una transformación de las estructuras que derive en un régimen de igual naturaleza autoritaria. Esto encuentra sustento en dos factores clave, la consolidación de un círculo económico de oligarcas en simbiosis con el poder, y una oposición fragmentada con escasa capacidad real de incidencia interna.
En su reciente participación en el FII Priority Summit de Miami Beach, Delcy Rodríguez se mostró abierta a la inversión extranjera. Sin embargo, la falta de garantías en el país ha limitado ese proceso a un grupo reducido de oligarcas vinculados al régimen. Se trata de empresarios que durante años han operado en zonas grises, facilitando mecanismos para evadir sanciones, movilizar capitales y sostener redes de favores entre Miami, Madrid y diversas capitales latinoamericanas.
En paralelo, la oposición venezolana, aunque cuenta con un liderazgo simbólico relevante en la figura de María Corina Machado, sigue sin traducir ese capital político en poder real sobre el terreno, especialmente en relación con las Fuerzas Armadas y la estructura burocrática del régimen. Trump ha dejado claro que su vínculo con Delcy Rodríguez depende de la capacidad de esta última para mantener el control interno del sistema. Mientras la oposición no complemente su narrativa democrática con una capacidad de poder pragmático equivalente, la idea de una transición auténtica seguirá siendo un espejismo.
Mientras los cambios de gabinete parecen, en gran medida, ajustes de forma más que de fondo, con renovación de perfiles pero no de prácticas, no cabe duda de que Delcy Rodríguez ha puesto en marcha su propia Perestroika: Se trata de moldear el proyecto socialista a la medida de sus necesidades materiales y políticas de supervivencia, sin poner en riesgo el control del poder.
Cambiarlo todo para que nada cambie, una transformación que no rompe con el pasado, sino que lo proyecta bajo nuevas formas. Los acontecimientos en Venezuela muestran cómo, en ocasiones, los proyectos políticos desarrollan una cultura del poder tan arraigada que, incluso bajo las presiones más intensas, logran adaptarse y persistir como una extensión casi natural del ejercicio del poder en su forma más cruda.