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¿Una guerra mundial líquida?

¿Por qué no decimos que no hay guerra?¿Porque no hay aviones bombardeando París, Berlín, Londres o Roma? Como aquí no caen bombas, no es «mundial», porque nosotros pensamos que seguimos siendo el centro del mundo. Y, sin embargo, miles de personas mueren en los campos de batalla y en las ciudades cada mes

Soldados en el frente de Ucrania)AFP

Ante los acontecimientos que sacuden el mundo desde hace, al menos, un lustro, surge recurrentemente la cuestión: «¿Estamos a las puertas de una Guerra Mundial?». La respuesta no puede ser un simple sí o un no, sino que debe invitar a una reflexión más amplia.

Para empezar, es palmario que desde el inicio de este nuevo siglo la comunidad internacional vive una nueva etapa de conflictos, que hace que una buena parte de los países se vean involucrados de una manera u otra en acciones militares para sostener el dominio Occidental heredado del final de la Guerra Fría.

En efecto, la segunda mitad del siglo XX conoció un peculiar conflicto en el que las dos superpotencias evitaron el enfrentamiento directo sosteniendo guerras subsidiarias –proxy wars, en terminología anglosajona— fácilmente identificables, tales como Corea, Vietnam o Angola. Al fin, parecía que la desaparición de la URSS nos alumbraba una nueva era y el fin de todos los conflictos. Era el Fin de la Historia predicado por Fukuyama.

Sin embargo, los nacionalismos de raíz étnica y de aspiración excluyente causaron genocidios y destrozos irreparables en los Balcanes y en el centro de África. Parecía hacerse realidad la tesis de Huntington del choque de civilizaciones como nuevo motor de la Historia, algo que todos pensamos que el 11-S venía a ratificar.

La solución pasaba por que EE.UU., como única superpotencia, líder del mundo democrático y liberal, impusiera su supremacía y se lograra alcanzar una pax Americana global que garantizara el progreso económico y el estado del bienestar. Se puso el punto de mira en Afganistán y en Irak, donde se iniciaron guerras victoriosas a corto plazo, pero una humillación a la larga. Aquellos conflictos se mantuvieron largos años como enfrentamientos de baja intensidad justificados bajo la excusa de un bien mayor: extender la democracia en Oriente Medio.

De paso, actuaban como un moderno Muro de Adriano, manteniendo a los bárbaros alejados del corazón del Imperio, de nuestras ciudades y de nuestro modo de vida. Y, mientras tanto, China hacía sus deberes y se adaptaba perfectamente a la globalización diseñada por EE.UU., y se hizo rica, muy rica.

Sobre esa base de comienzos de siglo se ha construido el actual conflicto que ahora mismo se desarrolla en Europa Oriental y Oriente Próximo, y quién sabe dónde abrirá su próximo episodio. ¿América Central? ¿El Lejano Oriente?

La Gran Guerra opacó las «pequeñas» guerras que hubo en todo el S-XIX entre grandes potencias europeas y las balcánicas de comienzos del XX. La Segunda Guerra fue una consecuencia diferida de esa otra Gran Guerra, pues había en los años 30 un reparto territorial de Europa –y del mundo— con cierto regusto aún a imperios añejos, con lo que había que volver a iniciar la partida y repartir cartas de nuevo. Cualquiera que compare un mapa de 1918 con uno de 1945 lo entenderá inmediatamente.

Mapas de 1918 y 1945IA

Afganistán, Irak, Yemen, Siria,… huelen a reordenamiento del orden internacional, pero todavía no mucho. Ucrania, Venezuela, Irán, y las que vengan, exhalan ese perfume sin esconderlo. Quizás no es tan evidente porque no vemos volar misiles sobre nuestras europeas cabezas, pero estamos en lo que el Papa Francisco llamaba una «guerra mundial por partes» o «a pedazos». No se da del todo en el mismo sitio, sino que lo hace con gran intensidad en puntos localizados, pero con implicación de todos los grandes. En Ucrania están la OTAN, Rusia y China; en Irán están Israel, EE.UU. y Rusia y China. En Venezuela venció EE.UU., y Rusia y China fueron derrotados. Ese también podría ser la senda que seguirá Cuba.

Por eso, en Irán la apuesta se ha redoblado. De hecho, la conexión global de todos estos conflictos ya no se oculta. El logro de la paz en Irán ya se muestra intrínsecamente unido al desarrollo de las conversaciones sobre Ucrania, creando un legítimo y bien fundado temor en Zelenski. Además, la propia Kaja Kallas ha afeado a Marco Rubio, ante los representantes del G7 reunidos en Francia, sus exigencias de colaboración en Ormuz mientras se han desoído desde hace años las peticiones de Europa de frenar a Putin.

Asimismo, los lazos entre Rusia y China se afianzan para no perder un peón tan importante como es Irán; por eso, sus mejores socios –Corea del Norte y Bielorrusia— afianzan sus relaciones mediante la firma de un tratado histórico de amistad y cooperación, con el que hacer frente «a la presión ilegítima de Occidente».

El nuevo desorden mundial de Trump va dando sus frutos. Nuestra debilidad parece irreversible a los ojos del resto del mundo. De ahí que el conflicto en Irán haya dejado de ser un paseo militar (una «excursión» en terminología trumpiana), para convertirse en un profundo atolladero cuyo final no parece vislumbrarse.

Un viejo filósofo como Zygmunt Bauman, autor de la Modernidad líquida, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (2010), fallecido en 2017, habría bautizado esta contienda como «Guerra Mundial Líquida». Una guerra mundial que es, pero que no es. Que afecta a unos más que a otros. O a unos de una manera más dura y descarnada y a otros de una manera menos apabullante. Estamos en guerra, pero la gente en España sigue haciendo sus planes de fin de semana o de vacaciones como si nada. Etsi bellum non daretur.

Por último, nos gustaría señalar que hay un puntito de etnocentrismo europeo –o de mentalidad postcolonial— cuando nos preguntamos si estamos ante una Guerra Mundial o no. ¿Por qué no decimos que no hay guerra?¿Porque no hay aviones bombardeando París, Berlín, Londres o Roma? Como aquí no caen bombas, no es «mundial», porque nosotros pensamos que seguimos siendo el centro del mundo. Y, sin embargo, miles de personas mueren en los campos de batalla y en las ciudades cada mes. Lo que pasa es que eso sucede a miles de kilómetros de nuestro sofá.