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El mejor final posible para la guerra de Irán

Trump, que, a pesar de las apariencias, ha demostrado tener mejor cintura política que el presidente Putin, tiene ahora dos semanas para tratar de sacar el rédito que pueda de las negociaciones con los supervivientes del régimen que él asegura haber derribado.

Donald Trump en rueda de prensa

A la cuarta tampoco ha sido la vencida. Después de haber sido advertido por políticos y juristas norteamericanos, por los portavoces de Naciones Unidas y por diversos líderes mundiales de que las centrales de energía, los puentes y las plantas potabilizadoras están, con carácter general, protegidos por los Convenios de Ginebra, Donald Trump ha anunciado un acuerdo de alto el fuego temporal con quien quiera que mande en Irán. Termina así, por el momento, el sueño de alcanzar una rendición incondicional de los ayatolás, un objetivo que sería imposible sin poner sobre el terreno las tropas que se necesitan para tan exigente empresa.

Trump, que, a pesar de las apariencias, ha demostrado tener mejor cintura política que el presidente Putin, tiene ahora dos semanas para tratar de sacar el rédito que pueda de las negociaciones con los supervivientes del régimen que él asegura haber derribado. Lo que, aunque a algunos pueda parecerles frustrante, es mucho mejor que convertirse en criminal de guerra.

Conviene que los lectores no familiarizados con la cuestión entiendan que el derecho de la guerra tiene dos grandes ramas. La primera, el derecho al uso de la fuerza —jus ad bellum— entiende de las causas de la guerra. La Carta de las Naciones Unidas la prohíbe cuando no se hace en legítima defensa o con autorización de un Consejo de Seguridad absolutamente desprestigiado por el derecho de veto de las grandes potencias. ¿Es legítima esta guerra? A pesar de las certezas del presidente Sánchez, ese es un asunto que parece, cuando menos, debatible. Nadie se ha inventado el programa nuclear iraní, ni sus misiles balísticos desarrollados contraviniendo resoluciones de la ONU, ni sus lazos con el llamado Eje de la Resistencia, que tiene como objetivo reconocido eliminar del mapa al Estado de Israel y que, con frecuencia, intenta convertir ese sueño imposible en realidad.

Los Convenios de Ginebra

La otra rama del derecho de la guerra —jus in bello— conforma lo que hoy se conoce como Derecho Internacional Humanitario, y entiende de lo que los combatientes pueden y no pueden hacer durante el transcurso de las hostilidades. Su propósito no es otro que limitar el sufrimiento causado por la guerra y su mejor expresión está en los Convenios de Ginebra. Nunca está de más recordar que un Protocolo Adicional de estos Convenios, en vigor desde 1977, prohíbe definitivamente los ataques a objetivos civiles que, hasta entonces, habían sido parte de la historia de la guerra.

Quien hace la ley, hace la trampa. Los soldados encienden la luz, cruzan los puentes, beben agua y comen pan. Bajo ese pretexto, Putin asegura a quien quiere oírle que sus bombardeos en Ucrania son legales y que sus tropas solo atacan objetivos militares. No es que le haya valido de mucho porque los convenios exigen proporcionalidad. Su texto deja claro que no están permitidos los ataques «cuando sea de prever que causarán incidentalmente muertos y heridos entre la población civil, o daños a bienes de carácter civil, o ambas cosas, que serían excesivos en relación con la ventaja militar concreta y directa prevista».

De hecho, el dictador ruso tiene a varios de sus altos mandos imputados en el Tribunal Penal Internacional por tratar de ganar la guerra del frío atacando las centrales eléctricas de las ciudades ucranianas. Pero, al menos, él lo hace fingiendo que respeta las normas. Aunque seguramente lo habrá pensado, nunca hemos oído a Putin amenazar con el fin de ninguna civilización ni con llevar a Ucrania a la Edad de Piedra.

Trump y no Putin

Afortunadamente, Trump ha decidido no seguir la línea de su amigo y colega. Sus huesos, esta vez, le han aconsejado bien. Puede que alguno de sus partidarios se sienta ahora un poco decepcionado. El alto el fuego, aceptado a regañadientes por Netanyahu, deja las espadas en alto; y, aunque la iraní haya quedado bastante mellada —como, por otra parte, era de esperar— permite que la teocracia criminal sobreviva y, como sin duda hará el propio Trump, cante victoria de puertas para dentro. No es el final soñado, pero a nosotros nos evita tener como principal aliado a un criminal de guerra que, para más inri, habría confesado en público su intención de cometer el delito.

¿Y qué? se preguntará algún lector. Si a él no parecía importarle, ¿por qué a nosotros sí? ¿Por qué no limitarnos a celebrar que el presidente de los EE.UU. terminase con el régimen criminal de los ayatolás iraníes? Le daré al lector dos buenas razones para estar satisfecho de que todo esto termine como lo va a hacer.

La primera es que no era solo el programa nuclear iraní lo que estaba en juego. También lo estaban los propios Convenios de Ginebra, que no son un capricho woke como parecen dar a entender Donald Trump y su incapaz secretario de la Guerra, sino el último paso de un camino que emprendió la humanidad a instancias de, entre otros grandes gobernantes de la historia mundial, nuestra Reina Católica. Como ocurre ahora con el Derecho Internacional Humanitario, no serían pocos los energúmenos que, hace cinco siglos, se burlaban de las Leyes de Indias de las que presumimos hoy casi todos los españoles. Uno por el otro, yo no sacrificaría a la hipotética desnuclearización de Irán los convenios que protegen a mis nietos de los rigores de la guerra.

Pero le había prometido al lector dos razones. La segunda es que, si nos miramos en el espejo de la historia, redoblar el ataque aéreo no iba a servir para gran cosa. No iba a lograr que el régimen se rindiera incondicionalmente porque eso sería tanto como el suicidio de los criminales que lo gobiernan y apuesto por que ellos, sabedores de que tenían el tiempo de su parte, preferirían arriesgarse a morir matando —y todavía más si la mayoría de los muertos los pone el pueblo— que a ser ahorcados. Tampoco iba a lograr que los civiles iraníes, sin armas y privados de sus teléfonos móviles por efecto de los bombardeos, hicieran el papel de las tropas que Trump —por cálculo político y no porque ellos, grandes vasallos de un desnortado señor, no estuvieran dispuestos a combatir una vez más en tierras lejanas— no quiere arriesgar.

En el mejor de los casos —quizá el mejor para Israel, pero seguramente el peor para la humanidad— lo que la amenaza de enviar a Irán a la Edad de Piedra podría provocar es una guerra civil alrededor del estrecho de Ormuz de la que solo Netanyahu podría beneficiarse. No el ciudadano norteamericano ni, mucho menos, el lector o yo mismo. Hay, pues, motivo para pensar que la salida acordada es, en las circunstancias actuales, la menos mala de las posibles. Y quizá el mayor reproche que podamos hacerle a Trump a estas alturas es el no haberse dado cuenta un par de semanas antes.