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El primer ministro británico, Keir Starmer, sale del número 10 de Downing Street, en el centro de LondresAFP

Reino Unido  ¿Aguantará Starmer o acabará como Johnson?

El primer ministro británico está contra las cuerdas pero se sirve de la incapacidad de sus adversarios conservadores para presentar una alternativa viable

El goteo diario de informaciones sobre la inadvertencia exhibida por sir Keir Starmer y sus asesores durante el proceso que desembocó en el nombramiento de lord Peter Mandelson como embajador de Su Majestad en Estados Unidos erosiona cada día un poco más la credibilidad de un primer ministro que lleva menos de dos años en el cargo. Las tradicionales Prime Minister Questions semanales de la Cámara de los Comunes se están convirtiendo en un calvario para el aún inquilino del número 10 de Downing Street.

Starmer no es, teniendo en cuenta el vigor histórico del parlamentarismo británico, el primer jefe de Gobierno que pasa por este implacable proceso de cuestionamiento que aflora cada vez que persiste un escándalo, o varios, en la actualidad política del Reino Unido. Pero sí es la primera vez que ocurre en la era posmoderna de la información continua, redes sociales e, incluso, inteligencia artificial. Estos tres elementos generan, en el caso de los gobernantes, un efecto multiplicador del desprestigio.

Un efecto que, hace unos 30 años y por razones obvias de desarrollo tecnológico, no se aplicó en el caso del conservador John Major: el infierno político y mediático del sucesor de Margaret Thatcher se desató poco después de haber ganado con una exigua mayoría absoluta las elecciones generales de 1992. Su precedente es, tal vez, con las inevitables reservas, el más parecido al de Starmer. No solo porque su legitimidad fue rápidamente impugnada entre sus propias filas, sino también porque el desgaste progresivo de Major comenzó a raíz de una sucesión de escándalos, principalmente sexuales, sin olvidar críticas más políticas como la firma del Tratado de Maastricht: Major ganó pírricamente esa batalla, pero acabó políticamente desangrado. Con todo, logró llegar a las elecciones de 1997, en las que fue arrasado por Tony Blair.

A diferencia de éste último, Starmer carece de carisma. Tampoco ha sido su sucesor directo. Aunque sí es el primer líder laborista que devuelve a su partido al poder tras un largo periodo de gobiernos conservadores. De ahí la enorme decepción que suscita en las bases de su partido tras 21 meses de una acción gubernamental más bien ramplona. La realidad, sin embargo, es que Starmer sigue aguantando. Y lo está logrando por dos razones.

La primera tiene que ver, de nuevo, con las peculiaridades del funcionamiento del sistema político británico. Los antecedentes más verificables indican que, para desestabilizar seriamente a un primer ministro, han de producirse dimisiones de ministros de peso dentro del Gabinete: es lo que ocurrió, sin ir más lejos, en 2022 cuando las renuncias de Rishi Sunak y Sajid David abocaron a Boris Johnson a convocar una elección por el liderazgo del Partido Conservador, lo que implicaba su salida. Ahora, con el escándalo de lord Mandelson, ningún miembro del Gabinete ha dimitido; ni siquiera Ed Milliband, el principal adversario de Starmer.

A lo máximo que se ha llegado, y es una señal importante, es la negativa de varios ministros a apoyar a Starmer en su intento de echar la culpa del escándalo al alto funcionario sir Olly Robbins. Tampoco, de momento, se han dado acciones delictivas como las fiestas ilegales en Downing Street en tiempos de Johnson. De momento, la investigación sobre el nombramiento de lord Mandelson es administrativa y política, no penal.

La segunda tiene que ver con la incapacidad de los adversarios de Starmer en el seno del laborismo de desafiar su liderazgo. El primer ministro lo sabe y juega con esa baza. En el caso de Angela Rayner, ex-viceprimera ministra y exponente del ala izquierda del partido, es por los recelos que su figura despierta en varios sectores del laborismo. Su propuesta a Ed Miliband –secretario de Estado de Seguridad Energética y Cero Neto– para formar un ticket común para desalojar a Starmer se asemeja más a un intento vano que a una oferta política seria. De hecho, el destinatario de la propuesta sigue sin contestarla.

En el caso de Andy Burnham, políticamente más solvente que Rayner, es su condición de alcalde de Manchester la que resulta problemática: para ser miembro del Gabinete del Reino Unido, hay que ser parlamentario. ¿Estaría dispuesto a provocar una elección legislativa parcial para poder estar en los Comunes? Puede. Pero ¿Y si la pierde?

Mas estas premisas podrían esfumarse si el batacazo laborista en las elecciones locales del 7 de mayo es más amplio de lo previsto, los días de Starmer como primer ministro podrían estar contados.