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El periodista David Alandete, en la cena de corresponsales en Washington este sábadoFotomontaje El Debate

David Alandete, testigo del atentado contra Trump: «Había mesas volcadas, teléfonos sin señal y personas en pánico»

El escritor y corresponsal de ABC en Washington desvela a El Debate todos los detalles sobre el tercer intento de asesinato contra el presidente de Estados Unidos

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se disponía a hacer de anfitrión –y por primera vez tanto durante su primera Administración como en esta segunda– de la cena de corresponsales en Washington cuando la gala se vio truncada por un hombre que trató de irrumpir en la sala de baile del hotel Hilton para atentar contra Trump y otros altos cargos de su Gobierno.

A esa cita acudía toda la plana mayor de la Administración; entre ellos, el vicepresidente J. D. Vance, la primera dama, Melania Trump, o los secretarios de Estado, Marco Rubio, y de Guerra –antes Defensa–, Pete Hegseth, entre muchos otros. En total, el número de asistentes a este evento ascendía a 2.500. El periodista y escritor David Alandete, corresponsal en Washington para ABC, era uno de ellos.

Alandete vivió en primera persona en la noche de este sábado el intento de asesinato contra Trump –el tercero– y pudo documentar todo lo ocurrido en esos frenéticos minutos, hasta que el agresor, identificado como Cole Thomas Allen, de 31 años, logró ser reducido por los miembros del Servicio Secreto. El periodista desvela a El Debate los detalles del atentado y explica las dudas sobre los protocolos de seguridad.

¿Qué controles de seguridad tuvo que pasar antes de acceder al salón de baile del Hotel Hilton donde tenía lugar la cena de corresponsales?

–Pasé los controles habituales de una cena de este tipo, pero el problema es que el perímetro de seguridad más estricto estaba en torno al salón de baile, no necesariamente en todo el hotel. Había zonas comunes, accesos y pasillos por los que se podía estar relativamente cerca de miembros del Gobierno antes de pasar por todos los filtros. Yo mismo estuve cerca de Rubio y Hegseth antes de entrar al recinto más protegido. Ahí está una de las grandes preguntas: cómo alguien armado pudo acercarse tanto a la zona donde estaban el presidente, la primera dama, el vicepresidente, miembros del Gabinete y cientos de periodistas.

¿A qué distancia se quedó el tirador de Donald Trump?

–Por lo que se vio desde dentro y por las primeras reconstrucciones, el tirador no llegó hasta Trump, pero estuvo lo suficientemente cerca como para que el Servicio Secreto reaccionara como ante una amenaza real e inmediata. No era alguien perdido a una distancia irrelevante. Estaba en el entorno del salón, intentando avanzar hacia donde estaba el presidente. Desde dentro, en esos segundos, nadie pensaba en metros exactos. Lo que se veía era a los agentes entrar con armas largas, cubrir a Trump y evacuarlo de inmediato.

¿Cómo es posible que el detenido fuera reducido por el Servicio Secreto sin ningún rasguño aparente?

–No me sorprende que fuera reducido sin heridas visibles graves. El Servicio Secreto está entrenado precisamente para neutralizar amenazas con rapidez, no necesariamente para abatir a todo sospechoso si puede detenerlo. En una situación así hay intercambio de disparos, caos, agentes moviéndose en segundos y decisiones tomadas sin margen. Que el detenido saliera vivo no demuestra nada raro. Al contrario, puede indicar que los agentes lograron controlarlo antes de que la situación derivara en una masacre dentro del salón.

¿Cómo se vivieron los primeros momentos hasta que se confirmó que se trataba de un tiroteo?

–Los primeros segundos fueron de confusión absoluta. Se oyó un ruido seco, metálico, y no todo el mundo entendió al instante que eran disparos. Hubo un segundo muy extraño, casi suspendido, en el que algunos miraban alrededor y otros ya se tiraban al suelo. Después entraron los agentes, se oyeron órdenes, la gente empezó a agacharse, a cubrirse la cabeza, a buscar salidas. Había mesas volcadas, teléfonos sin señal, personas con ataques de pánico y mucha gente preguntando si había más tiradores. Hasta que no salimos del todo, nadie tenía claro si la amenaza había terminado.

Como invitados a la gala, momentos previos al tiroteo, el mentalista Oz Pearlman, está haciendo lo que parece una especie de juego con Trump y Melania. ¿El resto de los comensales eran partícipes de ese momento?

–Lo del mentalista Oz Pearlman ocurrió antes del tiroteo, cuando la sala todavía estaba en calma. Trump y Melania participaban en ese momento desde la mesa principal y algunos invitados lo veían o lo seguían desde sus mesas, pero no era un acto central en el que todos estuviéramos pendientes al mismo nivel. Esa imagen se ha usado después de forma engañosa, como si correspondiera al momento de los disparos o explicara algo del ataque. No es así. Fue antes. Era parte del ambiente de la cena, no del tiroteo.

¿Qué protocolos de seguridad tuvieron que seguir posteriormente?

–Después hubo mucha confusión. No fue una evacuación limpia ni ordenada para todos al mismo tiempo. Primero se sacó al presidente, a la primera dama, al vicepresidente y a parte del Gabinete. Los demás quedamos dentro o en pasillos, esperando instrucciones, sin saber si podíamos movernos o si había una segunda amenaza. Luego se fueron abriendo salidas, con agentes indicando por dónde avanzar. Había gente sin zapatos, con bolsos en la mano, intentando llamar a sus familias. Los protocolos fueron estrictos, pero desde dentro la sensación fue de incertidumbre y de información fragmentada.

¿Por qué se evacuó antes al vicepresidente de Estados Unidos que al propio Trump?

–El vicepresidente fue evacuado por una ruta distinta y más rápida porque estaba en otra posición de la sala y su equipo de seguridad tenía un acceso inmediato. Trump estaba en la mesa principal, con Melania, en una zona donde el Servicio Secreto tuvo que formar un perímetro, cubrirlo y organizar la salida. Además, por lo que vimos, Trump no reaccionó como alguien que se deja mover fácilmente. Pidió explicaciones, quiso saber qué ocurría y se resistió a salir de forma precipitada. Eso puede explicar que Vance saliera antes, no porque se le diera prioridad política, sino por ubicación, ruta y reacción del propio presidente.

¿A qué acacha este aumento de la violencia política en Estados Unidos?

–Lo achaco a una mezcla de polarización extrema, deshumanización del adversario y pérdida de confianza en las instituciones. En Estados Unidos se ha normalizado hablar del rival como una amenaza existencial, como un fascista, un traidor o un enemigo interno. Eso tiene consecuencias. La mayoría de la gente no pasa de la retórica, pero siempre hay individuos inestables que escuchan ese clima como una autorización para actuar. La violencia política no nace de una sola frase ni de un solo partido, pero sí crece en un ambiente en el que se ha roto la idea básica de que el adversario sigue siendo legítimo.

¿Por qué se multiplican las teorías de la conspiración que defienden que el atentado es un montaje?

–Las teorías de la conspiración se multiplican porque mucha gente ya no parte de los hechos, sino de su prejuicio político. Si odian a Trump, cualquier ataque contra él les parece sospechoso o conveniente. Si lo apoyan, cualquier crítica les parece parte de una operación contra él. En ese vacío, las redes hacen el resto: una foto sacada de contexto, una frase mal interpretada, un vídeo manipulado o un fallo de conexión se convierten en «pruebas». Lo más grave es que algunas de esas sospechas las repiten personas con tribuna pública antes de que haya una investigación mínima. Dentro del Hilton hubo miedo real, disparos reales y una evacuación real. Pero fuera, en cuestión de minutos, ya había gente escribiendo una versión alternativa de lo que no había visto.