¿Podría convertirse Irán en una monarquía democrática?
Cuanto más se cierre el sistema sobre sí mismo y dependa de la represión, más vulnerable se vuelve a medio plazo frente al descontento social
Iraníes durante una manifestación para mostrar su apoyo al líder supremo iraní, el ayatolá Mojtaba Jamenei
El secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, afirmó que el bloqueo de los puertos iraníes es parte de una creciente presión para estrangular económicamente a Teherán. «Está creciendo y volviéndose global –declaró– con 34 barcos que han sido obligados a regresar». El portaaviones USS George Bush llegó al océano Índico, proporcionando a Washington más buques de guerra para reforzar el bloqueo. También hay tropas preparadas para ocupar islas y zonas estratégicas.
La crisis iraní no puede entenderse ahora sólo como un enfrentamiento militar: en la cima política hay una lucha de poder, que condiciona cada decisión estratégica. Irán atraviesa un momento catastrófico, con un liderazgo en su mayoría eliminado, tensiones entre facciones, una economía sometida a una presión brutal y la moral popular por el suelo.
En la cumbre de esta tiranía teocrática se encuentra Mojtaba Jamenei, que concentra el poder político, militar y religioso. Pero esto es hoy puramente teórico, pues está en tratamiento médico y sin dar señales de vida. Por debajo, el presidente, Masoud Pezeshkian, y el Parlamento, encabezado por Mohammad Baqer Qalibaf, representan el aparato institucional, pero su poder real depende del equilibrio con el actor más fuerte del momento: el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI).
Rivalidades peligrosas
La realidad muestra tres corrientes rivales. Por un lado los duros –fanáticos–, representados por la GRI, que priorizan la resistencia militar, la confrontación total con Occidente y una férrea represión interna. Esta facción ha ganado peso a pesar de los castigos militares recibidos y actúa con creciente autonomía, incluso ignorando al Gobierno religioso en decisiones clave, como el control del estrecho de Ormuz. Sus víctimas en los últimos meses se calculan en unos 40.000 opositores, civiles, sin que increíblemente se hayan producido protestas masivas ni hayan zarpado flotillas solidarias. Greta no protesta gratis...
En segundo lugar, el sector pragmático o institucional –presidencia, diplomáticos y parte del Parlamento– que busca evitar el colapso económico mediante negociaciones y cierta –muy limitada– apertura. Este grupo ha impulsado las conversaciones con Washington y acepta compromisos tácticos si permiten aliviar las sanciones y evitar el hundimiento. Por último, existe un espacio intermedio, conservador, pero más político que militar, que oscila entre ambas posiciones y suele alinearse con quien tenga mayor capacidad de imponerse sobre el terreno. Oportunistas.
Las diferencias entre estas corrientes no son ideológicas en el sentido clásico, sino estratégicas: resistir hasta forzar concesiones externas o negociar para salvar el régimen. Esta tensión explica decisiones contradictorias, como anunciar la apertura del estrecho de Ormuz mientras que, simultáneamente, atacan buques y se reinstaura el bloqueo.
Washington, consciente de esta fragmentación política, ha adoptado una estrategia doble. Tras una fase inicial de eficientes ataques junto a Israel, ha pasado a una combinación de presión militar limitada y asfixia económica. El bloqueo naval, que impide la salida de petróleo iraní, busca forzar al régimen a negociar desde la debilidad. Sin embargo, esta estrategia no está libre de dudas. Analistas señalan la ausencia de un plan claro de salida y el riesgo de una guerra prolongada que desgaste tanto a Irán como a Estados Unidos, especialmente por el impacto energético global.
La importancia de Ormuz
El estrecho de Ormuz se ha convertido en el eje de la crisis. Por allí pasa cerca del 20 % del petróleo mundial, y su bloqueo –parcial o total– ha generado un shock en los mercados y tensiones diplomáticas globales. El CGRI lo utiliza como herramienta de presión: ataques a buques, minas navales y amenazas constantes elevan el coste de la navegación hasta hacerla inviable. La paradoja es clara: cerrar el estrecho también perjudica a Irán, cuya economía depende de exportar petróleo por esa misma vía. De hecho, una interrupción prolongada puede obligar a cerrar pozos y causar daños irreversibles en su estructura energética.
En el plano regional, los países del Golfo observan con inquietud. Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos (EAU) y Kuwait dependen del mismo corredor energético y temen una escalada que desestabilice toda la zona. Israel, por su parte, ha sido actor directo en los ataques iniciales y mantiene una postura de presión máxima sobre Teherán, especialmente en relación a la entrega del uranio y su red de grupos terroristas como Hezbolá, en el Líbano.
La oposición iraní, tanto interna como en el exilio, intenta capitalizar la crisis. Grupos vinculados al antiguo régimen del sah –derrocado en 1979– plantean un cambio de sistema, mientras grupos reformistas denuncian la concentración de poder en la CGRI y el caos económico. Sin embargo, esta oposición no cuenta aún con el nivel suficiente de organización, aunque se fortalece.
Una realidad cada día más crítica
La situación económica es el punto más crítico. Años de sanciones, sumados al bloqueo actual, han reducido exportaciones, inversión y capacidad productiva. Los estudios muestran pérdidas permanentes del PBI, caída de la inversión y deterioro institucional, con efectos comparables a escenarios de conflicto prolongado. A corto plazo, la presión es aún mayor: el bloqueo puede dejar a Irán sin capacidad de almacenar petróleo en semanas. La tregua vigente es frágil. Aunque se han producido pausas temporales y negociaciones –con mediación de países como Pakistán– la desconfianza mutua y las acciones contradictorias sobre el terreno hacen difícil un acuerdo duradero.
¿Qué puede ocurrir con el régimen? Hay tres escenarios posibles: una consolidación del poder en manos del CGRI, transformándolo en una estructura aún más militarizada, una negociación que alivie sanciones a cambio de concesiones estratégicas, o un deterioro interno que cause nuevas protestas masivas y la división del aparato represivo.
Hoy, la balanza parece inclinarse hacia el fortalecimiento de los sectores duros. Pero ese resultado implica su propia debilidad. Cuanto más se cierre el sistema sobre sí mismo y dependa de la represión, más vulnerable se vuelve a medio plazo frente al descontento social. Irán se encuentra, en definitiva, en una encrucijada histórica: resistir y arriesgarse al colapso, negociar y cambiar el rumbo antes del derrumbe, o un nuevo sistema que instale una monarquía democrática al estilo británico o español. Esta última es, de lejos, la mayor esperanza del pueblo iraní.