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Esta es la ruta de Venezuela

No venimos a desmontar a nuestras Fuerzas Armadas; venimos a liberarlas del yugo ideológico y del tutelaje extranjero que las ha envilecido. A quienes hoy temen represalias, les reiteramos: justicia, no venganza

Miembros de los Palmeros de Chacao en Caracas, Venezuela, durante el Domingo de RamosNurPhoto via AFP

Venezuela no está para diagnósticos superficiales ni para más dilaciones. Conviene decirlo con claridad: el país vive una urgencia ética. Es el grito de una sociedad que ya no puede más y que ha entendido, tras años de sacrificio, una verdad medular: la economía no se recuperará jamás sin un cambio político previo. No habrá pan sin libertad, porque el hambre en Venezuela es consecuencia directa de esta corporación criminal que ha secuestrado la nación. Siguen siendo los mismos que comenzaron a engendrar esta tragedia hace más de cinco lustros.

La ruta no es una improvisación ni una consigna vacía. Es una línea estratégica que se hilvana con las posiciones públicas, firmes y coherentes, que ha venido sosteniendo María Corina Machado. Aquí no hay titubeos ni tratativas oscuras: hay dirección, hay propósito y hay mandato. Y ese mandato indomable tiene un punto de anclaje inequívoco: una elección auténtica, libre de trampas, sin el andamiaje fraudulento que ha convertido procesos anteriores en una burla denigrante.

Ese ejercicio de soberanía popular es la línea roja que separa la civilización de la barbarie. No se trata de caer en la ingenuidad de validar una nueva farsa, ni de prestarnos a otra burla. La historia reciente nos ha dejado una lección indeleble: los sistemas de opresión no se desmontan con concesiones, sino cuando enfrentan una amenaza real, firme y sostenida.

Y esa amenaza no es violencia; es algo mucho más poderoso: la organización consciente de un pueblo, la presión interna acompañada de un respaldo internacional que no titubea, la determinación de una ciudadanía que decidió no rendirse. Es ese país resiliente que se crece en la adversidad, que actúa con precisión y coraje cuando tiene objetivos definidos.

Allí están las huellas de esa fuerza: en la gesta de las primarias, en la articulación silenciosa de los comanditos, en la épica madrugada del 28 de julio recogiendo actas para blindar la verdad. Está también en lo que no siempre se ve: en el clandestinaje, en las combinaciones audaces entre quienes resisten con entereza, siempre firmes ante la adversidad, dentro del país y quienes, desde la diáspora, cargan la hendedura de la distancia pero no han arriado sus banderas.

Esa es la fuerza que el régimen teme. Esa es la ruta que no tiene vuelta atrás. El país que visualizamos junto a María Corina Machado no se edifica sobre el rencor ni sobre la retaliación. Mientras el chavismo sembró división, expolio y odio, nuestra ruta es la del reencuentro nacional. Lo decimos sin ambages: no venimos a desmontar a nuestras Fuerzas Armadas; venimos a liberarlas del yugo ideológico y del tutelaje extranjero que las ha envilecido. A quienes hoy temen represalias, les reiteramos: justicia, no venganza. Pero nada de impunidad ante tanta crueldad. Porque sin Estado de Derecho y su correlativa justicia no hay República posible.

Es que esto es medular: sin ley no hay inversión. Venezuela puede convertirse nuevamente en el hub energético de las Américas, con capacidad para producir millones de barriles de petróleo. Pero esos capitales no aterrizarán en un territorio donde impere la opacidad, la arbitrariedad y el saqueo. La seguridad jurídica no es un lujo; es la condición indispensable para reconstruir la prosperidad. Hoy los inversionistas miran a Venezuela, sí, pero lo hacen esperando una señal clara de cambio. Sin esa transición, esa expectativa vale cero.

Estamos en un momentum histórico que no podemos desperdiciar. Es la hora de consolidar consensos, de articular fuerzas y de confiar en el poder de la gente. La conducción política —alineada con una estrategia clara y coherente— debe ejecutarse en el momento preciso para garantizar una transición sostenible, con respaldo popular y legitimidad internacional.

Para demostrar que existen planes concretos para la reconstrucción de Venezuela, María Corina Machado dictó una cátedra en los recintos de la inteligencia universal, como lo es Harvard, encendiendo allí una antorcha de esperanza para nuestra maltratada nación. No estamos ante un simple plan de reformas, sino ante una verdadera cruzada por el espíritu del ciudadano.

María Corina ha sido clara: para desterrar las sombras del rentismo y la ignorancia, la educación debe ser el alma de nuestra reconstrucción nacional. No habrá mercado libre ni democracia plena si no devolvemos a las aulas su carácter de santuario del saber, y no de instrumentos para el adoctrinamiento. Su propuesta es valiente y necesaria. Al plantear una pluralidad educativa basada en el mérito, la competencia y la libertad de elección —mediante sistemas innovadores como los cupones escolares— se estará vacunando a las futuras generaciones contra el virus del autoritarismo.

Es un llamado a edificar una nación desde sus cimientos, donde el conocimiento —y no el petróleo— sea el motor que nos permita dar el salto hacia el siglo XXI que tanto hemos postergado. Que esta lección nos sirva a todos: «solo un pueblo educado será un pueblo verdaderamente libre». Porque una transición no se decreta: se construye con un pueblo que confía, que resiste y que sabe que su sacrificio tendrá sentido. Ese pueblo venezolano, resiliente y valeroso, no está dispuesto a seguir siendo rehén de un esperpento que solo se sostiene por la coacción y el miedo.

Esta es la ruta: soberanía, justicia y libertad. No hay vuelta atrás. Tenemos una profunda confianza en ese fuego de libertad que arde en el alma de los venezolanos. Y vamos a lograrlo.