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Israel se prepara para un adelanto electoral en septiembre y una campaña sin concesiones

Israel no vive una crisis ideológica, sino una crisis de liderazgo y confianza. Todos los principales actores comparten el consenso básico: defensa sin concesiones, oposición férrea a un Irán nuclear y rechazo a cualquier imposición sobre Jerusalén

Fotomantaje de Benjamin Netanyahu, Yair Lapid y Naftali BennetDavid Díaz

Tras celebrar el pasaje a la final de Eurovision 2026 –por el voto popular europeo– de Noam Bettan con su canción Michelle, la conocida periodista Roxana Levinson pasó su programa a la política. «Netanyahu esta contra las cuerdas», afirmó con total realismo. El hecho se debe a que el partido Iahadut Hatora (Judaísmo Bíblico) amenazó con retirarse de la coalición y votar contra el gobierno, lo cual provocaría su caída y un adelanto electoral.

La facción radical del grupo –liderada por el rabino Dov Lando– afirmó que «se perdió la confianza» en Netanyahu debido al «incumplimiento sostenido» de su promesa de votar una ley que mantenga la exención a los jaredim (ultraortodoxos) del servicio militar obligatorio. Según Lando la «alianza estratégica» con el oficialista Likud ha «dejado de existir».

Israel vive uno de los desafíos más duros de su historia, y eso que ha vivido muchos. A la acción militar contra Irán se suma un gran cansancio con la política interna. El primer ministro encabeza una coalición debilitada, sus socios jaredim tensan los márgenes fiscales con sus exigencias, y las encuestas indican un punto donde crece la oposición liderada por Naftali Bennett y Yair Lapid, unidos en la nueva coalición Beyajad (Juntos).

Mientras tanto, figuras como Gadi Eisenkot, exjefe del Estado Mayor, emerge como bisagra y alternativa pragmática dentro del bloque opositor, defendiendo un «centro seguro» que podría ser decisivo para formar gobierno.

Las críticas entre los dirigentes israelíes se han vuelto más directas con vistas a los comicios. Bennett, Netanyahu, Lapid, Liberman y Eisenkot están lanzando ataques cada vez más personales. Naftali Bennett acusó al gobierno de estar compuesto por «ministros estúpidos», en referencia a la gestión en seguridad y economía. También afirmó que Israel «debe cambiar de dirección». En la nueva coalición sostienen que Netanyahu «ha dividido el país durante años» y que Israel necesita «unidad y responsabilidad». Lapid declaró que «el país está cansado del odio interno y un liderazgo basado en el miedo».

El primer ministro, por su parte, respondió acusando a Beyajad de formar «una izquierda disfrazada de derecha» y de poner en peligro la seguridad israelí por ambición política«. Diversos dirigentes del Likud describieron la unión como «un bloque anti-Bibi sin ideología».

Promesas y acusaciones cruzadas

Las críticas más sensibles surgieron tras el alto el fuego con Hezbolá y el choque con Irán. Bennett acusó a Netanyahu de haber «cedido soberanía» frente a Washington y no saber traducir los éxitos militares en ventajas estratégicas. Lapid sostuvo que el gobierno «prometió una victoria total y entregó un empate peligroso». Liberman tiene el tono más agresivo. En varios encuentros afirmó que Bibi «perdió la capacidad de gobernar» y el país «no puede ser rehén de intereses personales y coaliciones extremistas».

También atacó a los partidos jaredim y exigió reclutamiento obligatorio para todos, diciendo que «no puede haber sangre barata y sangre cara». Eisenkot criticó tanto al gobierno como a parte de la oposición. Sobre Bennett y Lapid dijo que «no es así como se construyen sociedades», al molestarse porque lanzaron su alianza sin incluirlo en las negociaciones finales. Aun así, aclaró que no estaba «ofendido» y que seguía creyendo en la unidad para lograr el cambio.

Naftali endureció su discurso al insistir en que, si llega al poder, impulsará desde «el primer día» una comisión estatal sobre los errores del 7 de octubre. Esa exigencia se convirtió en una crítica permanente contra Netanyahu, acusado por la oposición de evitar investigaciones profundas sobre la crisis de seguridad más grave de la historia reciente. Acusó al gobierno de dañar la relación interna de la sociedad israelí. En actos recientes sostuvo que «Israel no puede seguir viviendo en campaña permanente», mientras denuncia que Bibi gobierna pensando en «su supervivencia».

Liberman y Bennett coinciden especialmente en las críticas al peso religioso dentro de la coalición. Naftali prometió investigar el «sabotaje del reclutamiento jaredí mientras Liberman acusó al Likud de “vender el futuro económico y militar del país» a partidos religiosos.

Por su parte, el Likud intenta presentar a toda la oposición como un bloque incoherente. Desde el entorno del premier se insiste en que «sólo están unidos por el odio a Netanyahu». Esta línea busca explotar las diferencias ideológicas entre el nacionalismo religioso de Bennett, el centrismo secular de Lapid y el perfil pragmático de Eisenkot.

El veterano líder intenta prolongar su permanencia en el poder apelando a dos argumentos centrales: seguridad nacional y continuidad estratégica. Afirma que sólo un liderazgo experimentado puede sostener la coordinación militar con Estados Unidos contra el eje iraní y garantizar que la campaña concluya con una «victoria clara». Netanyahu defiende la alianza con Washington pese a las dudas sobre si actúa con demasiada subordinación.

Sorpresa de primavera

La sorpresa de esta primavera fue la aparición del frente común entre Naftali Bennett, un nacionalista religioso moderno y liberal con Yair Lapid, centrista laico. Beyajad busca cerrar la era Netanyahu y encarar una reconstrucción política basada en profesionalismo y unidad civil. Los puntos clave de su discurso conjunto son la reconciliación nacional y fin de la polarización.

Proponen un tono conciliador, omitiendo etiquetas y prometiendo «un gobierno eficiente, no personalista». Subrayan la responsabilidad en seguridad, donde coinciden en mantener la línea dura contra Irán y sus proxis, pero abogan por abrir una comisión estatal de investigación sobre los fallos de 2023. También quieren limitar la permanencia en el poder. Prometen un máximo de dos periodos (ocho años) al primer ministro y reformar el sistema de coaliciones para reducir la dependencia de partidos ultraortodoxos. Según el Jerusalem Post, su alianza se cimenta menos en ideología y más en confianza personal: «una amistad política que sobrevivió tres colapsos de gobierno y dos guerras».

Gadi Eisenkot, líder del movimiento Yashar (Derecho), tiene una posición más técnica que política. Militar de prestigio, apoya sin duda la ofensiva contra Irán y el desarme de Hezbolá, pero pide una estrategia de salida clara. Rechaza el radicalismo ideológico –de la derecha religiosa o la izquierda pacifista– y postula una doctrina de «firmeza y contención»: atacar sólo cuando hay objetivos claros, y reconstruir la disuasión en Gaza mediante acuerdos de seguridad y corredores supervisados por Egipto. Su duda es matemática: el partido Yashar podría garantizar una mayoría de 61 escaños, pero aún no ha formalizado su adhesión en espera de ver como evoluciona la opinión publica .

La guerra con Irán domina la agenda. Israel ha logrado éxitos tácticos –ataques selectivos a depósitos de misiles y eliminación masiva de mandos iraníes–, pero los resultados aún no son decisivos. Medios como el opositor a la dictadura teocrática Irán International opina que la política de Trump hacia Irán es un factor de incertidumbre.

En Líbano persiste la guerra de desgaste con Hezbolá. La meta realista, señala Le Figaro, ya no es destruir el grupo, sino empujarlo más allá del río Litani y firmar un acuerdo de seguridad con Beirut, que garantice fronteras estables.

En Gaza, se mantiene el control militar israelí de amplias zonas, mientras se impulsa una administración local palestina sin vínculos con el terrorismo. Es complejo porque Hamás asesina a cualquier opositor que ve. La política de «bloqueo selectivo» –más inspecciones y menos sanciones generales– intenta aliviar la presión diplomática sin comprometer la seguridad.

Escenario electoral

De acuerdo al último sondeo del Canal 12 la integración actual de la Knesset (Parlamento) seria la siguiente: Likud 28 bancas, Beyajad 28, Yashar 10, Israel Beiteinu 9, partidos jaredim 14, Demócratas siete y partidos árabes cinco.

Israel no vive una crisis ideológica, sino una crisis de liderazgo y confianza. Todos los principales actores comparten el consenso básico: defensa sin concesiones, oposición férrea a un Irán nuclear y rechazo a cualquier imposición sobre Jerusalén. La discusión es quién puede hacer realidad este consenso con mayor eficacia y honestidad.

En un clima donde Eurovisión y los logros tecnológicos intentan recordar la normalidad cotidiana, la sociedad israelí mira hacia las urnas con pragmatismo: busca seguridad, competencia y un salto institucional que garantice estabilidad sin sacrificar pluralismo.

Como sea Israel parece entrar en un nuevo capítulo, donde la lealtad nacional vuelve a pesar más que la ideología, y donde el país –pese a las tensiones– reafirma su compromiso con la democracia y la defensa ante amenazas externas.