Raúl Castro: la imputación de un hombre y una dictadura
Durante cinco décadas, a partir de 1959, fue el jefe militar y de los servicios de Inteligencia de la dictadura cubana. El poder detrás del poder. El dueño de los hilos y las tramas con las que se controló brutalmente a los ciudadanos y a las familias
Cubanos en el exilio celebran el Día de la República de Cuba en Miami, Florida, EE. UU.,
A pesar de que la noticia de la imputación de Raúl Castro –por parte del sistema de Justicia en Estados Unidos, el 20 de mayo–, ha sido destacada y ampliamente desplegada en los diarios y noticieros de Iberoamérica, España y del mundo entero, hay un aspecto que, en las primeras horas y días tras el anuncio del Tribunal Federal del Distrito Sur de Florida, no ha ocupado el lugar que merece: la reacción en los hogares, en las colas, en las calles de La Habana, Camagüey, Santiago de Cuba, Holguín, Cienfuegos, Matanzas, Santa Clara y otras ciudades de Cuba.
En vídeos producidos de forma artesanal, al calor del anuncio; en mensajes de voz o en audios que circulan por WhatsApp; en los comentarios que me transmiten periodistas que tienen vínculos con colegas y con familias en la isla, hay un denominador común, que resumiré en una frase, pero que es mucho más que eso: un sentimiento de compleja perplejidad, que convive con muchas otras emociones.
Huelga decirlo: la inmensa mayoría lo celebra, aunque no lo exprese como quisiera. Un reportero mexicano decía en televisión el jueves 21 (no llegué a apuntar su nombre) que, si no fuese por el temor a los funcionarios omnipresentes del Departamento de la Seguridad del Estado y de la Policía Nacional Revolucionaria, los cubanos hubiesen saltado a las calles a cantar y bailar, y no ocultarían su hartazgo y su odio hacia los Castro, hacia su red de esbirros y soplones, y hacia toda la inocultable y cada vez más repulsiva corrupción de GAESA –Grupo de Administración Empresarial S.A.–, el conglomerado de empresas bajo el control de los militares.
Al mismo tiempo, en las redes de enchufados, funcionarios, agentes que trabajan en la represión, miembros del Partido Comunista Cubano, militares de alta gradación, se ha instalado el miedo, un miedo que crece con el paso de las horas: miedo a las consecuencias que podría tener una operación militar de Estados Unidos, porque ya los patriotas dispuestos a dar la vida por la Revolución se han evaporado. Miedo a posibles detenciones y juicios; miedo a las delaciones; miedo a que se produzca una revuelta popular masiva, que irrumpa en cuarteles y en los centros de detención y tortura diseminados que hay diseminados en la isla.
Miedo a que la dictadura termine de derrumbarse y las castas que todavía son los dueños de los presupuestos, los ingresos, la economía, las prebendas, el turismo, los combustibles, las comisiones para todo, la gestión de la ayudas internacionales, la carne, el pollo, el azúcar, la harina y el pan, los sobreprecios, el contrabando, la extorsión y los permisos para todo, pierda, de un momento para otro, la gama de controles y trámites de los que se benefician y que constituyen su razón de vida, el único motivo de su existencia parasitaria.
Lo que me ha resultado especialmente llamativo, y que se trata a fin de cuentas de un aspecto especialmente revelador, es tener noticias de la reacción descreída de ciudadanos de Cuba, que sostienen que todo esto no es más que un montaje, una trampa que los Castro, los militares y Miguel Díaz-Canel, le han tendido al pueblo cubano, para incitarlo a celebrar lo que no es más que una escenificación, un simulacro de debilidad y derrumbe de la dictadura, que le permita a espías, soplones y a miembros de las distintas organizaciones comunistas, actualizar y ampliar las listas de «los enemigos del pueblo y la revolución». Hay descreídos que sostienen que, al terminar el espectáculo, vendrá una nueva ola de detenciones, interrogatorios, torturas y juicios sumarios.
Y es que Raúl Castro, no es como se afirma a menudo, solo el hombre que heredó el poder de su hermano Fidel en 2008. Eso es cierto, pero es únicamente la faceta más visible del asunto. Lo medular es que durante cinco décadas, a partir de 1959, fue el jefe militar y de los servicios de Inteligencia de la dictadura cubana. El poder detrás del poder. El dueño de los hilos y las tramas con las que se controló brutalmente a los ciudadanos y a las familias. El primero o segundo escalafón en la cadena de mando de las violaciones a los Derechos Humanos. El señor que ordenaba apresar y torturar. El que organizó los enlaces entre tribunales y cuerpos represivos. El que se mantenía impasible ante cualquier petición de clemencia. El que se jactaba de no dar su brazo a torcer. El que ordenaba dar de baja a cualquiera que pusiera «en riesgo» la seguridad del Estado, categoría que, en su óptica, lo cubría prácticamente todo.
Quiero decir: en el momento en el que se imputa a Raúl Castro, se imputa al más oscuro, torcido, perverso y amenazante de los jefes de la dictadura cubana. A la más visible y energúmena de sus bestias. Uno de los hombres, como su hermano Fidel y unos pocos más, que mejor encarnan la ferocidad ilimitada, la podredumbre de la dictadura que lleva 67 años matando lenta o de forma fulminante, a millones y millones de cubanos.