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José Luis Rodríguez Zapatero, junto con el dictador chavista, Nicolás MaduroEuropa Press

La imputación de José Luis Rodríguez Zapatero por la Audiencia Nacional no es un episodio menor de tráfico de influencias alrededor de una aerolínea rescatada durante la pandemia. Es el primer momento en que una relación política tratada durante años como diplomacia paralela aparece descrita por un juez como una presunta estructura estable de influencia, pagos y blanqueo.

Y la pieza que abre la partida no salió de la «ultraderecha», ni de una vendetta interna del PSOE. Llegó desde Estados Unidos. Según ha confirmado el Departamento de Seguridad Nacional norteamericano, Homeland Security Investigations (HSI) colaboró con las autoridades españolas en la investigación relacionada con Plus Ultra y aportó información extraída del teléfono móvil de Rodolfo Reyes Rojas, empresario venezolano vinculado a la aerolínea. Esa información fue clave en la investigación que ha llevado a la Audiencia Nacional a situar a Zapatero bajo sospecha por tráfico de influencias y blanqueo.

Zapatero no era un jubilado hiperactivo

Durante años se ha hablado de Zapatero y Venezuela en clave política, ideológica o diplomática. Ahora ya no hablamos de afinidades bolivarianas, de encuentros discretos en Caracas o de una obsesión por salvar la cara al chavismo. Hablamos de sociedades, pagos, rescates públicos y, al final del camino, un juez de la Audiencia Nacional.

El Gobierno y sus terminales mediáticas intentaron presentar las críticas al rescate de Plus Ultra como otra conspiración de la derecha. En el sanchismo, cuando algo huele mal, se acusa al vecino de fascista por tener olfato. Pero ahora la discusión ha cambiado.

La Audiencia Nacional investiga si el rescate fue utilizado dentro de una estructura de influencia y posible blanqueo vinculada a fondos opacos procedentes de Venezuela. El País ha recogido que el juez Calama ha pedido información a Estados Unidos dentro de una pieza separada y secreta sobre actividades y cuentas en el extranjero de los investigados. La frase importante no es «Plus Ultra»; es «cuentas en el extranjero».

Zapatero no aparece en este caso como un expresidente aburrido contando nubes que llena sus tardes con viajes a Hispanoamérica, meditaciones progresistas y defensa nostálgica de dictadores tropicales. Según las informaciones publicadas en el auto, aparece como una figura con acceso, influencia y capacidad de desbloqueo tanto en Caracas como en Madrid. Un intermediario político de alto voltaje. Él niega cualquier irregularidad y sostiene que no realizó trabajos relacionados con el rescate. Esa presunción de inocencia debe respetarse. Pero respetarla no exige fingir ceguera política.

Porque incluso en el mejor escenario para Zapatero, el cuadro político es devastador. Un expresidente del Gobierno de España, convertido durante años en el principal valedor europeo del chavismo, aparece ahora en el centro de una investigación sobre una aerolínea vinculada a capital venezolano, rescatada con dinero público español y conectada con una trama que las autoridades investigan por tráfico de influencias y blanqueo. Y los indicios no acaban allí.

El asunto se vuelve todavía más grave si se confirma lo publicado por The Objective: que la SEPI permitió que Plus Ultra priorizara pagos de combustible a PDVSA antes que la devolución del rescate público. Si ese extremo queda acreditado, el problema ya no sería solo haber rescatado a una empresa discutible. Sería haber utilizado dinero del contribuyente español para sostener una operación que, directa o indirectamente, beneficiaba al ecosistema petrolero venezolano, a ZP y a sus hijas (que no entiendo como no están imputadas).

Conviene detenerse aquí. PDVSA no es una compañía petrolera cualquiera. Es, desde hace años, una de las cajas negras del chavismo. Una estructura donde petróleo, poder político, financiación exterior, divisas, intermediarios y lealtades se mezclan con la naturalidad con la que otros mezclan el café con leche. ¿a quién estaba salvando realmente el rescate? ¿A una aerolínea estratégica? ¿O a una red de intereses conectada con Caracas?

PDVSA es, desde hace años, una de las cajas negras del chavismo

El Gobierno dirá que los tribunales avalaron en su momento la legalidad de la ayuda. Y es cierto que hubo procedimientos anteriores archivados o resueltos en términos favorables para la SEPI. Pero olvida mencionar la condonación de la deuda (José Luis Escrivá) con la seguridad social para poder tener acceso al rescate.

Además, una cosa es la legalidad formal de un expediente administrativo y otra muy distinta la eventual existencia de una red paralela de influencia y pagos. El BOE puede vestir muchas cosas. Pero la contabilidad, los teléfonos y las transferencias suelen tener peor gusto para la sastrería.

El sanchismo y su padrino incómodo

El caso duele al PSOE no solo porque afecta a un expresidente. Duele porque Zapatero no es una reliquia del pasado. Zapatero es uno de los padrinos intelectuales, políticos y sentimentales del sanchismo.

Sánchez no inventó de la nada. Lo perfeccionó. Pero sus semillas ya estaban en Zapatero: el relato por encima de la realidad, la alianza con la izquierda populista, la diplomacia paralela con regímenes asquerosos, el desprecio por los consensos atlánticos y esa habilidad tan española de confundir poder con impunidad. Zapatero fue el presidente que negó la crisis de 2008 hasta que la evidencia entró por la puerta sin pedir permiso. Congeló sueldos públicos, recortó pensiones y reformó el artículo 135 de la Constitución bajo presión de los mercados y de nuestros socios internacionales. El mismo hombre que durante años dio lecciones de sensibilidad social terminó aplicando, tarde y mal, la medicina que había negado que se necesitara.

Años después, se recicló como gran mediador del chavismo. Como abogado político de una dictadura que arruinó uno de los países más ricos de América, encarceló opositores, destruyó instituciones y convirtió el petróleo en una red clientelar transnacional. Y, al contrario que sus amigos de podemos, que se conformaron con cuatro perras por hacer labores de mediación, ZP parece que se metió del todo en el cuarto de las galletas.

Ese es el modelo que Sánchez elevó a referente: resistencia, relato, alianzas tóxicas y una concepción del poder donde la ética siempre es flexible cuando la causa es «progresista». A partir de aquí empieza la pregunta: ¿hasta dónde llegaba la capacidad de influencia de Zapatero dentro del Gobierno de Sánchez?

No se trata de afirmar responsabilidades penales. Se trata de formular la pregunta que cualquier ciudadano tiene derecho a hacerse. ¿Quién autorizó? ¿Quién supervisó? ¿Quién elevó? ¿Quién validó? ¿Quién miró hacia otro lado? Lo que no puede pretender el Gobierno es que una investigación de esta magnitud se despache con el manual habitual: «fango», «lawfare», «ultraderecha» y a otra cosa. A estas alturas, el fango viene embalado desde Homeland Security y los órganos anti-blanqueo franceses y suizos.

Washington no necesitaba conspirar

No hace falta imaginar mucho para entender la dimensión geopolítica del caso. Donald Trump no necesitaba hacer política española para alterar la política española. De hecho, muchos observadores estábamos extrañados de la falta de reacción de Estados Unidos ante las constantes afrontas de Sánchez y su amigo ZP. La única explicación lógica que encontrábamos era que Sánchez, pese a sus deseos, no estaba ni siquiera en la premier league de enemigos.

¿Tiene esto contexto geopolítico? Evidentemente. La pieza de caza mayor ha sido desde la llegada de Trump, y sigue siendo, China. Y había que bloquear el acceso chino al petróleo venezolano a descuento y, de paso, darle una patada en sus sitios a la decrépita dictadura cubana.

Y España llevaba demasiado tiempo jugando a presentarse como un adolescente antiamericano. Eso, en Washington, no se olvida. Durante años, la izquierda española trató al chavismo como una causa romántica. Venezuela era para ellos un laboratorio con caja registradora: petróleo, revolución, antiimperialismo, discursos eternos y enemigos externos a los que culpar de todos los fracasos propios.

El problema es que el laboratorio terminó convertido en morgue económica. Millones de venezolanos huyeron. La oposición fue perseguida. La petrolera nacional se pudrió. El régimen sobrevivió no por legitimidad, sino por represión, redes financieras, apoyo político cubano, oxígeno ruso, y la complicidad de una constelación internacional de mediadores, empresarios y tontos útiles. Mientras tanto, muchos de nuestros políticos «progresistas» se lo llevaban en sacos.

Pero el punto es más peligroso para Sánchez: cuando Trump y Marco Rubio deciden investigar la red financiera vinculada a Venezuela, muchos relatos empiezan a desmoronarse solos. Y la reciente extradición de Alex Saab por parte de Venezuela no augura un buen futuro para ZP y sus amigos. Dicen las malas lenguas que, a cambio de un trato de favor, ya está cantando la traviata. Y no olvidemos que Saab era un actor relevante en el chavismo durante el Gobierno de ZP, José Bono y demás personajes.

Zapatero no fue un mero turista en ese ecosistema chavista. Fue una pieza central. Un expresidente europeo que ofrecía respetabilidad exterior a un régimen que la había perdido ante cualquier observador honesto. Ahora, el problema va a ser inmenso. No solo para Zapatero. Para todo el bloque político que durante años fingió que Caracas era una extravagancia ideológica, no la red de poder que ahora podemos ver todos. Dudo mucho que ZP sea el último en caer.

El sanchismo ha convertido el concepto de la responsabilidad política en una estafa argumental. Si no hay sentencia firme, no hay nada que explicar. Si hay investigación, es persecución. Si hay indicios, es fango. Si hay un juez, es lawfare. Si hay Guardia Civil, son las cloacas. Si hay prensa, ultraderecha. Y si hay Homeland Security, supongo que tocará acusar al imperialismo yanqui.

El problema no es Plus Ultra. Es todo el ecosistema

Plus Ultra va a terminar siendo solo la puerta de entrada. El verdadero asunto es la red de influencia que durante años conectó a determinados sectores del socialismo español con Caracas, con intereses empresariales opacos y con una forma de entender el poder en la que las fronteras entre diplomacia, negocio, partido y Estado se volvieron demasiado porosas. El problema es todo el ecosistema. Un ecosistema en el que Zapatero actuaba como puente, aval, interlocutor y, según la investigación, beneficiario de estructuras económicas totalmente turbias.

Y un ecosistema, finalmente, que desemboca políticamente en el sanchismo: no porque Sánchez sea penalmente responsable de lo que haga Zapatero, sino porque Sánchez es el heredero más eficaz de su método. Sánchez puede envolver a Zapatero en la bandera sentimental del «expresidente de la paz», como si haber salido de Irak en 2004 concediera bula eterna para ser chorizo en Caracas, con Plus Ultra o con cualquier otra excursión caribeña. Pero los hechos ya no caben en el argumentario de Ferraz.

El primer caído es Zapatero, pero el problema es para todo el proyecto político que lo convirtió en referente. La historia a veces tiene algo de justicia poética. Lo que todavía no sabemos es cuánta estructura del PSOE se vendrá abajo con él.