La Hispanidad no necesita pedir perdón, necesita aprender marketing
La batalla por la historia no la gana quien tiene el archivo más completo. La gana quien convierte el archivo en relato y el relato en verdad. Y ahí, amigos, seguimos llegando tarde
Ilustración sobre la Hispanidad
Hoy me voy a meter en aguas movedizas. Lo sé. Hay historiadores —Roca Barea, Fernández-Armesto, Gullo, Chaves y tantos otros— que saben infinitamente más que yo de la presencia española en América y en Asia. No pretendo competir con ellos.
Pero uno también tiene sus límites. Como español residente en Estados Unidos, siento la necesidad de desviarme por un día de Trump, China, Irán y demás volcanes. A veces hay que defender la propia casa.
El problema de España no es solo que otros hayan contado mal nuestra historia. Es que nosotros, durante demasiado tiempo, hemos dejado que la cuenten nuestros enemigos. Luego nos sorprendemos de que el mundo anglosajón nos mire como si la civilización occidental hubiese nacido en Westminster, madurado en Plymouth Rock, y hubiese descubierto la libertad leyendo a Jefferson en bata de seda.
El derecho internacional no nació en una tertulia de Harvard
Como abogado, me irrita la facilidad con la que se ignora la contribución española al desarrollo del derecho moderno. En cualquier facultad anglosajona se recita la genealogía habitual: Magna Carta, common law, Grotius, Locke, Blackstone, Madison, la Corte Suprema y amén. Todo muy británico. Todo incompleto.
Porque mucho antes de que los gringos descubrieran el derecho internacional, la Escuela de Salamanca ya estaba discutiendo cuestiones que hoy siguen siendo centrales: la legitimidad de la guerra, los derechos de los pueblos indígenas (mucho antes que Grotius), los límites del poder político (incluso la moralidad del magnicidio), la propiedad, el comercio, la soberanía y la dignidad de la persona.
Los salmantinos Vitoria, Soto, Azpilicueta o Suárez no estaban escribiendo propaganda. Sometían al poder, a petición del propio monarca, a principios morales y jurídicos universales. España fue el único imperio que se juzgó a sí mismo mientras todavía conquistaba.
Lo mismo ocurre con la tradición anglosajona del equity, esa rama jurídica que permitió a los tribunales corregir la rigidez del common law apelando a la conciencia, la buena fe y la justicia material. La influencia del derecho canónico y de los tribunales eclesiásticos en la formación de esos conceptos es un capítulo que la tradición anglosajona no suele, o sabe, tratar.
La pérfida Albión no siempre mandó en los mares
Como marinero, me divierte especialmente la narrativa británica sobre su dominio natural de los mares. Ese mito según el cual la Royal Navy apareció un martes, conquistó los mares, inventó la navegación y desde entonces todos los demás fuimos meros figurantes mientras escuchábamos el «Rule Britannia». Conviene bajar un poco el volumen al himno.
La Pax Britannica, entendida como hegemonía naval global, pertenece sobre todo al siglo XIX, entre Waterloo y la Primera Guerra Mundial (100 años). Un siglo brillante, sí. Pero un siglo. Antes de eso, durante más de 300 años, España sostuvo una arquitectura marítima planetaria de una complejidad extraordinaria: la Carrera de Indias en el Atlántico y el Galeón de Manila en el Pacífico. La ruta Manila-Acapulco funcionó desde 1565 hasta 1815. 250 años cruzando el Pacífico cuando muchos otros todavía estaban mirando el mapa del revés. Los ingleses se limitaban a piratear lo que podían. Y no cabe aquí, pero no olvidemos Cartagena y a Blas de Lezo.
Ciencia española: el capítulo que nadie rueda en Netflix
Otro de los grandes fraudes de percepción es presentar a la España imperial como una nación de espadones, frailes y oscurantismo. Otra caricatura cómoda.
La Monarquía Hispánica produjo instituciones científicas, cartográficas y médicas de primer nivel. La Casa de la Contratación de Sevilla no era una oficina de turismo con incienso. Era un autentico centro imperial de I+D. Era un centro de acumulación de conocimiento náutico, cartográfico y comercial. El Padrón Real fue durante décadas una herramienta estratégica de navegación y poder. La Corona protegía ese conocimiento como se protege hoy un algoritmo crítico.
España fue también el primer país europeo en regular el ejercicio de la medicina, sometiendo a los galenos a un proceso de aprendizaje. Así evitamos a los druidas, brujas y hechiceros tan comunes en otros lares. Más allá de esto, en medicina, la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, (Javier Balmis) desde 1803, fue una de las primeras campañas globales de vacunación de la historia. Llevó la vacuna de la viruela a América y Asia en condiciones que hoy parecen imposibles. Y no surgía de un vacío. Ya en 1565 Nicolas Monardes introdujo al mundo europeo la farmacopea americana. Los españoles descubrieron, estudiaron y diseminaron el uso de la quina, uno de los medicamentos mas importantes de la historia contra la malaria.
En botánica, minería, navegación, química, metalurgia y cartografía, la lista es larga: Monardes, Hernández, Acosta, Malaspina, Jorge Juan, Ulloa o Ayanz son solo ejemplos. Pero claro: como no venían con sello de Oxford, parece que no existieron.
Estados Unidos también tiene padres españoles
Y aquí llegamos al punto que más me irrita como residente en Estados Unidos: la narrativa nacional americana ha borrado casi por completo la contribución española a su propia existencia.
La historia escolar empieza en Jamestown, se santifica en Plymouth, madura en Filadelfia y se corona en Yorktown. España aparece, si acaso, como decorado exótico en Florida, California o Nuevo México. El único aliado real fue Lafayette.
Gran parte del oeste americano no se entiende sin la matriz hispánica
Pero San Agustín fue fundada por españoles en 1565, cuarenta y dos años antes de Jamestown y cincuenta y cinco antes de Plymouth. (De hecho, la ciudad americana más antigua no es San Agustín, sino San Juan de Puerto Rico). Gran parte del oeste americano no se entiende sin la matriz hispánica.
La independencia americana tampoco fue un monólogo anglosajón o francés. Luis de Unzuaga, gobernador de Luisiana, fue el primer líder europeo en reconocer la independencia de los Estados Unidos en 1776. Bernardo de Gálvez, desde Luisiana, combatió a los británicos en el Golfo de México y tomó posiciones clave como Baton Rouge, Mobile y Pensacola.
Diego de Gardoqui canalizó ayuda financiera y material española a los rebeldes americanos. Y la declaración de guerra de España para recuperar Menorca, Florida y Gibraltar forzó a Inglaterra de desviar tropas que no estuvieron para defender las colonias. Incluso Yorktown dependió, en gran, parte, del dinero reunido en San Juan y La Habana. Y es, hasta la fecha, la única deuda de EE.UU. que nunca ha repagado. España no fue una nota a pie de página en la Revolución Americana. Fue un actor estratégico.
Incluso la relación con los pueblos indígenas fue distinta en su arquitectura jurídica. No idílica. Pero distinta. La Corona española tendió a incorporar, evangelizar, legislar y reconocer personalidad jurídica a los indígenas como súbditos de la Corona. Las Leyes de Burgos, las Leyes Nuevas y el debate de Valladolid demuestran que el marco jurídico español no fue el de una maquinaria doctrinal de exterminio. La red de misiones jesuíticas, desde Paraguay hasta California, demuestran la actitud de la Iglesia y del imperio ante los habitantes autóctonos. El oeste norteamericano no nació hablando inglés. Nació hablando lenguas indígenas y español. Y los Cowboys son meros descendientes de los vaqueros andaluces.
La leyenda negra ganó por marketing
Aquí viene nuestra parte de culpa. No basta con tener razón. Hay que saber venderla.
La leyenda negra no ha sobrevivido cinco siglos solo porque Italia, Inglaterra, Holanda y Francia fueran muy malos y muy listos. Sobrevivió también porque España fue torpe defendiendo su relato. Mientras otros construían propaganda, relatos nacionales, manuales escolares y películas, nosotros nos enredamos en complejos provincianos y una tendencia a pedir perdón incluso por respirar.
Y hoy seguimos igual. Tenemos historiadores magníficos, académicos formidables y divulgadores valientes. Pero demasiadas veces nos hablamos a nosotros mismos, en español, en España, para convencer a gente ya convencida o para indignar a una izquierda nacional que no tiene ningún interés en ser convencida.
Ahí no está el mercado. El TAM (Total Addressable Market) está en otra parte. Está en Hispanoamérica y, sobre todo, en Estados Unidos. Allí viven más de 65 millones de hispanos. Muchos de ellos tienen hambre de identidad, pero reciben esa identidad filtrada por categorías anglosajonas: «latino», «gente de color», «víctimas» y demás etiquetas producidas en departamentos universitarios donde jamás se ha entendido la complejidad de la Hispanidad. A los hispanos los empobreció Estados Unidos, desde Tejas hasta california, usurpando tierras y expulsando o aislando a grupos enteros de población según avanzaba hacia su wild west, que no tenía nada de wild.
La campaña cultural
Si queremos cambiar la percepción, hay que actuar como en cualquier campaña seria de comunicación: En USA, el idioma principal debe ser el inglés. Los canales son el cine, las series, la música, los podcasts, YouTube, TikTok, Instagram y videojuegos. El público está en Miami, Los Ángeles, San Antonio, Phoenix, Chicago, Nueva York, Houston, Dallas y San Francisco, al igual que Ciudad de México, Lima, Bogotá, Buenos Aires y Madrid. Y el mensaje no puede ser una tesis doctoral de 600 páginas que leen tres catedráticos y un primo.
Necesitamos contar historias: una serie sobre Gálvez, una película sobre Blas de Lezo, un documental sobre la Escuela de Salamanca. Un podcast en inglés sobre España en la independencia americana. Una campaña cultural que deje claro que Occidente no es solo anglosajón, protestante y noratlántico. También es hispánico, Ibérico, católico, mediterráneo, mestizo y americano.
Sin complejos, pero sin cuentos
Defender la experiencia española en América no exige negar sus sombras. Pero una cosa es estudiar la historia con rigor y otra convertirla en un auto de fe contra España.
La Hispanidad no fue una nota marginal de Occidente. Fue una de sus columnas vertebrales. Dio forma al derecho internacional, a la primera globalización, a buena parte de la ciencia náutica moderna, a ciudades, universidades, caminos, hospitales e instituciones que todavía existen. Y dio origen a una cultura mestiza que hoy se extiende desde la Patagonia hasta California.
No se trata de exigir gratitud. Se trata de que la conversación pública deje de estar secuestrada por quienes confunden historia con propaganda. El mundo anglosajón ha contado su historia muy bien. A veces demasiado bien. Nosotros hemos contado la nuestra tarde, mal y en voz baja. Hay dinero para promocionar la igualdad de género en Uganda, pero no para contar nuestra propia historia.
Ha llegado la hora de cambiar de estrategia. Hay que tener grandes narradores. Hay que conquistar el inglés. Y mucho más en la época de los LLMs (Large Language Model ), que solo aprenden lo que está publicado (en inglés). Hay que aparecer en la pantalla donde se forma la imaginación de las próximas generaciones.
Porque la batalla por la historia no la gana quien tiene el archivo más completo. La gana quien convierte el archivo en relato y el relato en verdad. Y ahí, amigos, seguimos llegando tarde.