Fundado en 1910

Cubanos manifestándose en MiamiAFP

Miami lleva semanas amaneciendo distinto. En las calles de la Pequeña Habana, en los cafés de la Calle Ocho y en el parque donde los mayores juegan dominó, se respira una mezcla de incredulidad, esperanza y cautela. Las recientes declaraciones –difundidas por líderes del exilio, activistas y comentaristas políticos– asegurando que «Cuba será liberada» y de inmediato se producirá «el milagro cubano» han reactivado un sentimiento –más que una idea– que en Miami nunca desaparece del todo: la expectativa de un cambio histórico en la isla.

Aunque estas afirmaciones no provienen de fuentes oficiales ni de uno u otro lado, su eco ha sido suficiente para encender conversaciones intensas en una comunidad que vive con un ojo en el presente y otro en el recuerdo. Miami, capital emocional del exilio cubano, vuelve a latir al ritmo de la posibilidad.

Una declaración y un rumor reavivan memorias

En el restaurante Versailles, termómetro político del exilio, los clientes comentan la noticia entre sorbos de café. Para muchos, la frase «Cuba será liberada» evoca momentos pasados: la crisis de los misiles, la llegada del Mariel, el Maleconazo, el 11-J. Cada generación del exilio ha tenido su propio instante en el que pareció que el fin del régimen estaba cerca.

«Yo he escuchado esto antes», decía un anciano que llegó a Miami en 1961. «Pero esta vez la gente joven está más involucrada. Eso cambia todo». Su comentario refleja un fenómeno real: la nueva ola de exiliados –los que llegaron tras el 11-J y los que escaparon en los últimos años– trajo una energía contagiosa que se ha ido apagando más rápido, organización digital más que cultural y un discurso más frontal.

Todos están pendientes de las palabras de Donald Trump y de Marco Rubio (ahora concentrados en Oriente Medio), pero también de los empresarios del exilio. Jorge Mas Santos, hijo del incuestionable líder del exilio fallecido hace décadas, fue quien anunció con palabras parecidas a las de su padre de que el exilio próspero está listo para «hacer el milagro cubano», explicó que los millones están listos para ser invertidos y reconstruir la isla, y se supone que esos millones lleven la libertad definitiva necesaria.

Soy escéptica. En la isla, los millones existen, están en manos de unos pocos, de los comunistas. También cabe preguntarse por qué esos millones que aparecen ahora no se emplearon antes en la liberación de la isla y en un cambio de manera radical. Pero al periodista que entrevista a Jorge Mas Santos no se le ocurre hacer ese tipo de preguntas.

Las redes sociales amplifican la expectativa

A diferencia de décadas anteriores, el exilio actual se mueve en un mundo de Lalaland digital. Influencers, activistas y periodistas independientes han multiplicado el mensaje –no siempre correcto ni basado en hechos reales–, generando un clima emocional que se percibe en la ciudad. Vídeos, transmisiones en vivo y análisis circulan sin pausa y con una prisa algo peligrosa, olvidados a medias de que en la isla la gente sufre, muere, y protestan en la medida de sus posibilidades.

Es cierto que esta hiperconectividad es una herramienta de presión; aunque también un riesgo de desinformación. Pero lo cierto es que ha creado un ambiente de efervescencia que se refleja en los espacios públicos de Miami.

Leonger, miembro del Partido Republicano de Cuba, declara, mientras nos dirigimos hacia una reunión del PRC, que está seguro de que esta vez sí ocurrirá algo: «Pero ese algo resulta todavía bastante inmaterial para que nos entusiasmemos por gusto. No pierdo las esperanzas, y nuestra gente en Cuba, allá, y aquí en el exilio, están movilizados y actuando cada segundo de sus vidas en pos de que la libertad llegue lo más pronto posible».

Conversaciones cruzadas: esperanza, escepticismo y unidad

El exilio cubano nunca ha sido monolítico. En Miami, conviven quienes sueñan con regresar a una Cuba democrática, quienes no creen que el cambio sea inminente y quienes prefieren no ilusionarse para evitar otra decepción.

Aun así, las declaraciones han generado un punto de encuentro emocional. En tertulias improvisadas, en programas de radio y en reuniones comunitarias, se repiten tres temas: la posibilidad real de un cambio político, analizado desde perspectivas históricas y geopolíticas; el papel del éxodo, especialmente su capacidad de presión internacional. ¿Serán los millonarios quienes reconstruyan al final lo material? ¿Quiénes reconstruirán lo moral?. Y, por último, el rol de los jóvenes dentro y fuera de la isla, vistos como catalizadores de un futuro distinto.

En la «Peña de las Muchachitas», como la llama su organizador, Diego Suárez, el decano del exilio cubano, cumplirá cien años el próximo once de noviembre, tampoco vislumbro consenso relacionado con el tema. Teté, que pronto cumplirá ciento cinco años, y que vio fallecer a su hijo querido, me susurra que no comparte semejante entusiasmo con el hecho de que nuevas generaciones estarían preparadas para asumir un cambio real, el daño para ella como para otros es antropológico y perdurará unas cuantas generaciones más. Diego Suárez se muestra sumamente optimista, por el contrario cree que al igual sucedió con la Generación del Mariel, existen numerosos cubanos de gran valía en Cuba que se unirán a los hijos y nietos del exilio que él cree irán masivamente a poner su granito de arena.

Nos reunimos todos esta vez alrededor de la discusión del libro Se acabó la diversión, de Omar Sixto, cuya lucidez acerca del desastre ocurrido en Cuba a causa del castrocomunismo es devastadora, gran libro que también debiera tenerse en cuenta para los avatares futuros. Omar Sixto estuvo presente y también opinó sobre la recuperación de la isla, es optimista, y es natural que lo sea; es un empresario que además resulta ser un excelente escritor e historiador. En mi caso, vuelvo a lo de los valores y la fe, y ese es un trabajo difícil que estaría pendiente.

Calles que hablan: música, banderas y memoria

En la noche posterior a las declaraciones de enjuiciamiento contra Raúl Castro por el crimen de cuatro jóvenes cubanos de Hermanos al Rescate (Castro II ha asesinado a muchas más personas desde enero de 1959), varios vehículos circularon por la Calle Ocho con banderas cubanas ondeando desde las ventanillas y se dirigieron al restaurante Versalles, sitio emblemático del exilio. No se trataba de una celebración formal, sino de un gesto espontáneo, casi ritual. En algunos bares sonaba canciones acordes con el momento, y varios himnos de resistencia fueron coreados.

En Sentir Cubano, tienda también muy significativa de los cubanos, plena de recuerdos, se celebró el 20 de Mayo con la presentación de mi libro Dignas Cubanas, y con un concierto, el sábado siguiente, con las voces de los grandes Lázaro Reutilio, Carlos Oliva, para cerrar con broche de oro con Malena Burke. Mientras la música esparcía su buena vibra en otro saloncito aledaño le pregunté a uno de los más grandes héroes cubanos y luchador anticomunista (mediante la vía armada y pacífica), Santiago Álvarez, si él creía que los «americanos se tirarían de verdad esta vez». Contundente respondió que creía que «no pasará nada».

En los murales de la Pequeña Habana –rostros de José Martí, Celia Cruz, Oswaldo Payá, Oscar Elías Biscet– parecen cobrar nueva vida. Miami tiene la capacidad de convertir cualquier noticia relacionada con Cuba en un acto cultural, emocional y político al mismo tiempo.

Medios locales: análisis y prudencia

Las emisoras de radio hispana, especialmente las de corte político, dedican horas a analizar las declaraciones de alto nivel. Algunos comentaristas las reciben con entusiasmo; otros piden cautela. La prensa escrita y digital, por su parte, contextualiza el mensaje dentro de la larga historia de anuncios similares.

La palabra clave es prudencia. Los periodistas serios recuerdan que, aunque el deseo de libertad es compartido, los cambios políticos requieren procesos verificables e ideas.

Una comunidad que nunca se desconecta de la isla

Lo que distingue al exilio cubano en Miami es su conexión permanente con Cuba. Cada noticia, cada rumor, cada declaración se vive como algo personal. Muchos tienen familiares en la isla; otros mantienen proyectos culturales, humanitarios o políticos.

Por eso, la frase «Cuba será liberada» no se recibe como un titular más, sino como una posibilidad que se hace palpable, que toca la vida cotidiana. En los supermercados, en los gimnasios, en las escuelas, la conversación se repite: «¿Será esta vez?»

¿Qué viene ahora?

Aunque nadie puede prever el futuro –y cualquier afirmación debe contrastarse con fuentes en Washington–, lo que sí es evidente es que Miami ha entrado en un estado de expectación colectiva. La ciudad vibra, debate, recuerda y sueña con el milagro anunciado.

El exilio cubano, con todas sus diferencias internas, comparte un anhelo común: ver una Cuba libre, democrática y próspera. Las declaraciones recientes han reavivado ese deseo, recordando que, para muchos, la esperanza es una forma de resistencia.