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El Manifiesto de Panamá y el futuro de Venezuela

Unas elecciones presidenciales libres y soberanas es la coordenada precisa, la piedra angular que apunta hacia el inicio de una auténtica transición democrática

La líder opositora María Corina Machado en un acto en Ciudad de PanamáMartin Bernetti / AFP

El pasado 22 de mayo, en la histórica Ciudad de Panamá, los diferentes factores políticos y sociales de Venezuela nos encontramos en una jornada de deliberación profunda y trascendental. No fue una reunión más; fue un ejercicio de responsabilidad histórica bajo la conducción del liderazgo legítimo de María Corina Machado y el presidente electo Edmundo González Urrutia. La discusión fue franca, descarnada y libre; cada quien se expresó sin limitaciones, sin enajenar sus principios ni arriar jamás sus banderas de dignidad. Pero logramos algo fundamental: evitar que el apego a las propias posturas se convirtiera en un cepo de la soberbia.

Con irreflexión, con iracundia y con agrios temperamentos no se avanza por caminos farragosos. Y bien se sabe lo enmarañada que resulta esa travesía. Esos son elementos que ciegan, turban y encallan o atascan las grandes causas. Hay circunstancias en la lucha política en las que se deben asumir responsabilidades complejas, aun cuando tengan un costo político inmediato.

Quienes estamos al frente de este compromiso no estamos aquí para cuidar simpatías ni para cultivar halagos efímeros. No estamos en una lucha idílica. Lo que corresponde es trillar la ruta hacia la libertad con audacia y realismo, y para eso hay que hacer valer el sentido de la oportunidad. Lograr la libertad y una paz duradera, a costa de ceder en lo accesorio sin jamás entregar los principios ni los valores, bien vale la pena en aras de alcanzar las metas implícitas en el mandato soberano que dictó el pueblo venezolano el pasado 28 de julio de 2024.

Por eso, la médula de lo contemplado en el Manifiesto de Panamá es trazar una ruta clara que debe terminar en elecciones presidenciales libres y soberanas. Esa es la coordenada precisa, la piedra angular que apunta hacia el inicio de una auténtica transición democrática. Tal como lo declaré firmemente en Panamá, allí no nos reunimos para repartirnos cuotas de poder; al fin y al cabo, hoy no hay ningún poder que distribuir, sino más bien cuotas de responsabilidad que asumir.

Tampoco se trata de instalar un cogobierno con la tiranía, ni de resignarnos a sobrevivir indefinidamente bajo la ficción de un régimen interino. Nada de eso. De lo que se trata es de interpretar a un pueblo cargado de una indignación y una rabia legítimas, que debe ser conducido con una estrategia atinada y con la aplicación de tácticas pertinentes para cada circunstancia.

Es la paciencia estratégica la que nos dio resultados auspiciosos en aquellas azarosas semanas previas a las elecciones primarias y en la antesala de la victoriosa epopeya del 28 de julio. Por eso, digámoslo con optimismo y la frente en alto: aquí nadie ha claudicado, nadie ha capitulado, nadie se ha resignado a darlo todo por perdido. Aquí siguen vivas las bien fundamentadas ilusiones de conquistar la libertad.

María Corina Machado no ha modificado un ápice su manera de pensar; su planteamiento sigue siendo de una coherencia impecable. Cuando el régimen nos invitaba a diálogos tramposos en años pasados, nuestra respuesta fue invariable: creemos en la política y en los diálogos reales, pero no en las parodias de negociación que solo buscaban darle oxígeno a la dictadura. Siempre exigimos condiciones severas y preacuerdos firmes antes de sentarnos con Nicolás Maduro o con Rodríguez Zapatero —en su rol de falso mediador—, tales como la liberación de los presos políticos y el cese inmediato de la persecución y las detenciones arbitrarias.

Hoy, tanto María Corina como Edmundo González han sido enfáticos en que mantenemos una línea bien definida. Nuestra estrategia no se engaña con la naturaleza del régimen, que no va a dejar de ser una dictadura represiva de la noche a la mañana. El oficialismo ha querido borrar de un plumazo los hechos ciertos e incontrovertibles del 28 de julio, cuando millones de venezolanos ungieron a Edmundo González como su presidente electo. En su desesperación, han querido esconder el colapso de su propio relato, pretendiendo hacer desaparecer las fotos de Chávez, de Maduro, de Fidel Castro y de Putin que antes exhibían con arrogancia.

Frente a ese intento de invisibilizar la soberanía popular, el Manifiesto de Panamá coloca en alto relieve ese glorioso 28 de julio e inicia una tarea de mayor presión nacional e internacional para lograr un cronograma electoral definitivo con fecha para elecciones presidenciales verdaderas. Esto pasa, indefectiblemente, por la exigencia de un nuevo elenco de rectores en el Poder Electoral: ciudadanos decentes, independientes y honorables que se ocupen de actualizar de forma transparente el Registro Electoral Permanente y desmontar definitivamente las inhabilitaciones políticas que violan los derechos ciudadanos.

Asimismo, el manifiesto establece que debemos seguir luchando incansablemente por la liberación de todos los presos políticos —civiles y militares— con garantías plenas a sus derechos humanos, así como por el retorno seguro de los exiliados. Es urgente presionar para que se desmonte de una vez por todas ese perverso aparataje de torturas, el acoso a la propiedad privada y la censura, reivindicando plenamente el rol de los medios de comunicación social.

Esta colosal tarea no es para una sola persona, ni para un pequeño grupo. María Corina y Edmundo tienen firmemente el timón en sus manos, pero necesitan del trabajo cooperador y unificado de todos los sectores del país. Esto involucra a los partidos políticos agrupados en la Plataforma Unitaria, pero también a las fuerzas de Vente Venezuela, Alianza Bravo Pueblo (ABP), GENTE y Concertación Democrática, que integran la alianza Por Venezuela. Más allá de las fronteras partidistas, este manifiesto convoca a los movimientos religiosos, a los líderes sindicales, a los trabajadores, a los estudiantes, a los gremios profesionales, a las academias, a los artistas, deportistas y líderes vecinales.

¿Qué hay que conseguir garantías para avanzar? Sí, desde luego. Pero las garantías no van a caer del cielo; hay que salir al terreno, dar el paso al frente y asegurarlas, asumiendo sin miedo ni resabios esa inmensa responsabilidad histórica.

Algunos se preguntarán por qué en este esfuerzo confluyen factores que en el pasado estuvieron vinculados al chavismo. La respuesta es simple: porque María Corina Machado representa hoy a la Venezuela de todos y para todos. En la actualidad, los venezolanos estamos más unidos que nunca. Más del 90 % de la población respalda la propuesta de un cambio profundo. Esta hoja de ruta acordada en Panamá se conecta directamente con el sentir de esas mujeres y hombres que años atrás sufragaron por el proyecto de Hugo Chávez, pero que al día de hoy se encuentran profundamente decepcionados del desastre actual, y ven con una inmensa esperanza el Plan Tierra de Gracia. Este es el ambicioso proyecto de reconstrucción nacional diseñado por María Corina, Edmundo y centenares de técnicos calificados que le han dado forma al futuro de progreso que nos espera.

El Manifiesto de Panamá es nuestra brújula. No hay espacio para el desaliento. Con la legitimidad del 28 de julio como bandera indestructible, avanzamos unidos hacia la libertad definitiva de nuestra patria.