Fundado en 1910

Europa es un bluf

Si no podemos confiar en Bruselas, ni en una Alianza Atlántica amenazada desde dentro por los desvaríos del presidente de los EE.UU. y desde fuera por los de su colega ruso, es comprensible que renazca la tentación de que España vaya por libre por el mundo

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen en una imagen de archivoDPA vía Europa Press

El programa FCAS, destinado a protagonizar el futuro del poder aéreo español y europeo, ha sido cancelando por las desavenencias entre Airbus y Dassault, que es lo mismo que decir entre Alemania y Francia.

No por esperada la noticia es menos inquietante. La ministra Robles denuncia que «se han antepuesto los intereses de la industria a la defensa de Europa». Tiene razón, claro, aunque siempre es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. Y digo viga porque, en el terreno de la aviación de combate, Alemania y Francia disponen de alternativas que España no tiene.

¿Qué va a pasar ahora? Eso quisiera saber yo. De los programas que ya están en marcha para diseñar un caza de sexta generación —algo que urge a nuestras Fuerzas Armadas porque, por el momento, ya nos hemos saltado la quinta— el más prometedor quizá sea el Tempest, en el que colaboran Londres, Roma y Tokio, tres capitales que, al contrario que nuestro Gobierno, sí han apostado por el furtivo F-35.

El nuevo avión, que está llamado a reemplazar al Eurofighter en las Fuerzas Aéreas de Gran Bretaña e Italia, podría entrar en servicio a mediados de la próxima década. Para España quizá sería una buena solución militar —doctores tiene la Santa Madre Iglesia y yo me siento más cómodo en la mar que en el aire— pero, a estas alturas, seguramente llegaríamos tarde a la negociación de las contraprestaciones industriales.

¿Pondrá nuestro Gobierno la defensa de la nación por delante de la defensa de la industria? Está por ver. El problema es que el tiempo corre y, con el patio político como está, la tentación de aplazar las decisiones hasta que sean innecesarias porque nos hayamos quedado sin opciones seguramente se dejará sentir. Así ocurrió con el F-35 en su versión naval, imprescindible para el futuro de la aviación embarcada y que, por el momento, ha sido desechado bajo la promesa vacía de buscar otras opciones… donde todos sabemos que no las hay.

Si se me permite la digresión, lo ocurrido con el F-35 para la Armada tiene un paralelo en el ámbito doméstico. Es como si yo necesitara dinero para cambiar de coche y le prometiera a mi mujer que buscaría en mis cajones unas decenas de miles de euros que desde luego no están ahí. Para encontrar esos fajos de billetes quizá tendría que registrar los domicilios de alguno de los personajillos que hoy llenan las primeras páginas de los periódicos, pero siento la misma repugnancia por ellos que nuestro Gobierno por los EE.UU., único lugar en donde es posible hallar los aviones que necesitamos. Eso sí, si me esfuerzo mucho quizá podría aparecer alguna moneda olvidada, que ese es el papel que juega en esta historia la vía turca para la sexta generación de aviones de combate. Si no compramos sus coches ni sus ordenadores, ¿qué nos hace pensar que su industria está a la altura del desafío?

Con todo, no es de aviones de lo que yo querría hablar hoy, sino de la defensa de Europa, esa que nuestra ministra dice que se subordina a los intereses de la industria. Si tiene razón, la Europa en la que confiamos para que nos dé seguridad y voz en un mundo donde se imponen los Trump, los Putin o los Xi Jinping, es un bluf. Y si no podemos confiar en Bruselas, ni en una Alianza Atlántica amenazada desde dentro por los desvaríos del presidente de los EE.UU. y desde fuera por los de su colega ruso, es comprensible que renazca la tentación de que España vaya por libre por el mundo, como ya proponía el ínclito ministro Morán hace cuarenta años. Una tentación tan comprensible como desacertada. ¿Qué parte del inspirado «Las potencias medias deben actuar juntas. Si no estás en la mesa, estás en el menú» del primer ministro de Canadá en la última cumbre de Davos resulta tan difícil de comprender?

Tendré que insistir: nadie regala nada. La UE no es un obsequio de nuestros gobernantes. La OTAN no es un producto de la generosidad de Washington. No somos sujetos pasivos de nuestra seguridad. Más pronto que tarde, los líderes democráticos terminan siguiendo los dictados de la opinión pública y eso es precisamente lo que nosotros somos. No tenemos por qué resignarnos. Nuestra opinión –y será más relevante cuanto más alto suene– es la que decidirá si esa Europa que hoy es un bluf sigue siéndolo cuando llegue el día en que de verdad la necesitemos.