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El milagro de Irlanda: en el nombre del PIB

El «milagro irlandés» poco tiene de sobrenatural y mucho de proceso acelerado de desacralización de un territorio y paganización de un pueblo

Irlanda

La sociedad irlandesa ha pasado en apenas dos décadas de apoyarse en principios tradicionales, eternos, a chapotear en el mismo credo que rige los epicentros multiculturales. En un tránsito artificial, de arriba abajo, un país en el que el divorcio estuvo prohibido por la Constitución hasta mediados de los noventa envía hoy a Eurovisión a representantes abiertamente satánicos.

Durante el último siglo, en Irlanda se ha dado un bipartidismo apenas invariable entre el Fianna Fáil, casi siempre en el gobierno, y el Fine Gael, casi siempre en la oposición. Un modelo resquebrajado en los últimos años, como otros tantos en Europa y en buena parte de aquello que se ha convenido en llamar «mundo desarrollado». Desde los gobiernos de Bertie Ahern (1997-2008), cuando su partido era hegemónico, el último cuarto de siglo de Irlanda es la historia de la reversión de una sociedad en nombre del crecimiento económico.

Desde entonces, los partidos de la república han emprendido, a una y sin oposición, un proceso de sustitución de los principios morales comunes de los irlandeses. La familia como estructura básica de la sociedad, la parroquia como referencia central de la comunidad, la austeridad y el sentido del humor de una población próspera por homogénea, confiada y trabajadora, han sido arrasados por la opinión publicada.

Una revolución artificial que nadie pidió, silenciada y fomentada por los medios de comunicación del país: en pocos años, el aborto, el matrimonio homosexual, el consumismo sobre el ahorro, la necesidad de «vivir experiencias» o la persecución de la fe católica han pasado de no estar en el debate político —y mucho menos en la calle— a imponerse como normas morales contra las que apenas cabe contestación.

A cambio del «milagro irlandés»

Los últimos años del siglo XX fueron los del cambio de rumbo de la economía irlandesa. La entrada en el mercado común y la posterior adopción del euro propiciaron y aceleraron la transformación de la isla en el territorio europeo de centenares de empresas estadounidenses. La moneda, el idioma y la cercanía geográfica, condiciones de base, se vieron impulsadas por una fiscalidad y unas facilidades comerciales que hicieron posible la llegada de grandes capitales y la creación de decenas de miles de puestos de trabajo de alta cualificación, que dispararon el poder adquisitivo de los irlandeses.

El progreso material se logró sin mayores peajes sociales e identitarios: el Tigre Celta no los pagó hasta la crisis financiera de mediados de la primera década del siglo, cuando la llegada al poder del Fine Gael (el PP local) supuso la promoción y la aprobación acelerada de numerosas leyes ideológicas, al estilo de José Luis Rodríguez Zapatero en España.

Ya como alumnos aventajados del globalismo, la mayoría de los irlandeses pusieron su fe en la macroeconomía. En el nombre del PIB, la asistencia semanal a misa, que rozaba el 91% en los años setenta, comenzó a desplomarse, y no llega hoy a un tercio de quienes se declaran católicos.

La ficción del PIB

Visto de cerca, el «milagro» tiene letra pequeña. En julio de 2016, la oficina estadística irlandesa (CSO) revisó al alza el PIB del año anterior un 26,3 %, corregido después hasta el 34,4%. El prodigio no fue tanto productivo como burocrático. Apple acababa de trasladar a la isla una montaña de patentes y activos intangibles para aligerar su factura fiscal mundial. No se había producido nada.

En 2017 la propia República de Irlanda comenzó a ignorar el PIB como referencia e ideó un indicador a medida, la renta nacional bruta modificada (RNB*), con el único fin de descontar el espejismo de las multinacionales. Por renta per cápita, el PIB encarama a Irlanda un 113 % por encima de la media europea, la segunda más rica de la Unión tras Luxemburgo; descontado el atrezo, ese margen se desinfla hasta un discreto 22 %. El «milagro irlandés», en efecto, se lee en hojas de cálculo.

Problemas importados

El crecimiento económico y el relativismo moral —la entrada de Irlanda en el mundo actual— han dejado fenómenos que se dan en casi todos los países de su entorno, en especial en aquellos donde ambos han coincidido en el tiempo. La invasión migratoria, impulsada desde el poder nacional y supranacional, se ha disparado en la isla. Como envés de ese fenómeno, se han multiplicado los crímenes desconocidos hasta hace pocos años, por la violencia y naturaleza de los delitos.

El crecimiento de la población, con especial incidencia en Dublín y su área metropolitana, y en otras ciudades como Cork, Galway o Limerick, unido al incremento del poder adquisitivo, ha tenido como consecuencia una subida drástica del precio de la vivienda en toda la isla. En paralelo, la impresión masiva de euros del Banco Central Europeo se tradujo en una inflación que ha golpeado con más fuerza si cabe que en el resto de la eurozona: una pérdida de poder adquisitivo de la que muchos irlandeses no se han recuperado y algunos difícilmente lo harán.

Ante los problemas morales y económicos a los que hacen frente los irlandeses, contrapartida del crecimiento rápido y palpable de su economía, el Fianna Fáil y el Fine Gael —vieja oposición, nueva coalición— se presentan como dos marcas de lo mismo. Ambos niegan que la invasión migratoria o la inseguridad sean problemas nacionales.

Frutos del sistema educativo

Frente a ellos, el Sinn Féin, para el que sabe a poco la revolución moral del último cuarto de siglo, promueve la eutanasia y defiende la sustitución de la población, apenas unos años después de apoyar el asesinato por motivos identitarios.

La marca política del IRA sí señala los problemas económicos —sin ir al fondo del asunto y con recetas que los agravarían— y los rentabiliza entre miles de votantes jóvenes y urbanitas, producto de un sistema educativo ideologizado y anticlerical, herramienta fundamental de la transformación globalista de Irlanda. Que la nueva derecha, al alza en medio Occidente, fracase una y otra vez en el sur y en el norte de la isla dice mucho de la profundidad de esa siembra.

Una grieta, en cambio, permite vislumbrar un cambio de tendencia. Justo cuando ya casi ningún joven irlandés ve nada sobrenatural en el «milagro», crece por primera vez el número de adultos que piden el bautismo. Un fenómeno incipiente que permite preguntarse si, agotado el prodigio de las hojas de cálculo, Irlanda vuelve a estar preparada para un milagro de los de verdad, de los de San Pat