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Anatomía de un fracaso anunciado: por qué cayó Keir Starmer

Su capacidad de liderazgo estuvo en entredicho desde su elección como líder laborista

Keir Starmer, primer ministro de Reino Unido, durante su discurso de dimisión

Keir Starmer, primer ministro de Reino Unido, durante su discurso de dimisiónHenry Nicholls / AFP

Nunca se había presenciado la dimisión de un primer ministro del Reino Unido en circunstancias tan humillantes desde que sir Anthony Eden, en enero de 1957, se viera obligado a dejar el poder tras el fiasco de la intervención anglofrancesa en el Canal de Suez, que cambio para siempre la faz del conflicto de Oriente Medio.

En los últimos 70 años, los inquilinos abandonaron la venerable residencia -sede ininterrumpida del Gobierno británico desde 1735- por haber perdido las elecciones (sir Alec Douglas-Hume, Harold Wilson en 1970, Edward Heath, James Callaghan, John Major, Gordon Brown y Rishi Sunak), por decisión propia (Wilson en 1976), por dimisión pactada de antemano (Tony Blair) o por pérdida de la confianza política de su partido (Harold MacMillan, Margaret Thatcher, David Cameron, Theresa May y Boris Johnson).

Pero ni siquiera en el caso de MacMillan (acosado por las consecuencias del caso Profumo, aunque también influyó su mala salud) la salida tuvo los tintes lacerantes de las de Eden, y hoy, la de sir Keir Starmer. Porque la dimisión del todavía primer ministro de Su Majestad -se hará efectiva de aquí a unas semanas- rezuma una debilidad perceptible desde que fue elegido líder laborista en abril de 2020, cuando acababa de empezar la agonía -se prolongaría durante 4 años- de un Partido Conservador incapaz de gestionar la situación generada por el Brexit, pese a la brillante (en clave aritmética) victoria electoral de 2019, posibilitada por la demagogia de Johnson.

De entrada, las originales características de Starmer: tras una carrera como abogado activista de derechos humanos y alto funcionario, logró su primer escaño en los Comunes a los 52 años, edad nada tempranera de acuerdo con los cánones políticos británicos. Después se produjo su ascenso meteórico hacia la cima del partido, otra «transgresión» de las tradiciones establecidas. Mas el corolario de esta curiosa trayectoria fue su desconocimiento tanto de los códigos internos del partido como de los sentimientos genuinos de la militancia.

Starmer es diputado en la Cámara de los Comunes por Holborn y Saint Pancras, un distrito del Gran Londres, que no le obliga a realizar grandes desplazamientos para encontrarse con sus votantes: Brown, sin ir más lejos, era diputado por un distrito de la costa escocesa. Una situación cuyo resultado ha sido que el aún líder del partido nunca ha conocido de cerca las preocupaciones de los humildes votantes laboristas de Liverpool, Manchester -feudo inexpugnable de Andy Burnham- Glasgow o la zona antiguamente minera del norte de Yorkshire.

Segundo error de Starmer como líder de la oposición: su indefinición ideológica. Su programa en 10 puntos de 2020 incluía aumentar el impuesto sobre la renta para el 5 % de los contribuyentes más acaudalados, la abolición de las tasas universitarias, la propiedad pública de los servicios públicos y un Nuevo Pacto Verde. Todas estas medidas eran populares entre los miembros de la izquierda, pero no era del todo seguro que las aceptase el resto.

Cuando Starmer asumió el liderazgo en 2020, el Partido Laborista estaba 26 puntos porcentuales por detrás de los conservadores, residuo del triunfo conservador de 2019. A finales de año, ambos partidos andaban empatados, quizás por obra y gracia de la gestión caótica de la pandemia por parte de Johnson; también por sus otras tropelías. Sin embargo, la ventaja de los conservadores había vuelto a alcanzar los dos dígitos en primavera. El socialismo moral de Starmer no era mucho más popular que el de su predecesor, el controvertido y radical Jeremy Corbyn.

En este curioso escenario se produjo la elección parcial en 2021 de Hartlepool, distrito en poder de los laboristas desde su creación en 1974. Había estado provocada por la dimisión forzada del diputado saliente Mike Hill, involucrado en un escándalo de acoso sexual. Los laboristas, inexplicablemente, la perdieron: ahí surgieron las primeras dudas sobre Starmer.

Pero el viento general seguía soplando a su favor, tendencia confirmada en la apabullante victoria electoral de 2024. La mayoría laborista tras las elecciones de 2024 fue amplia —174 escaños—, pero su apoyo no era sólido. Su porcentaje de votos fue de tan solo el 33,7%, el más bajo de cualquier partido gobernante de la posguerra. Poco después se supo que el primer ministro, su viceprimer ministro y el ministro de Hacienda habían estado aceptando generosos regalos de ropa, gafas y entradas para conciertos de donantes. Nada ilegal, pero…

Las discusiones económicas estallaron desde el principio. Antes de finalizar el primer mes, Starmer había retirado la disciplina de partido a siete diputados que firmaron una enmienda del SNP para eliminar el límite de dos hijos para las prestaciones por hijos, algo que el Partido Laborista haría un año después. Rachel Reeves, la ministra de Hacienda, también anunció al principio que eliminaría las ayudas para la calefacción en invierno a 10 millones de pensionistas. Más de 50 diputados laboristas se negaron a votar a favor. Reeves también daría marcha atrás en esta decisión.

Su primer presupuesto, en octubre de 2024, fue recibido con descontento, especialmente por el aumento de las cotizaciones a la Seguridad Social de los empleadores. Ese mismo mes, Sue Gray, la veterana funcionaria que había sido nombrada jefa de gabinete de Starmer en la oposición con la misión de preparar al Partido Laborista para el gobierno, fue destituida tras una lucha de poder en Downing Street y sustituida por McSweeney. Los diputados se quejaron del trato grosero y autoritario de Downing Street y de su tendencia a sermonear en lugar de liderar. El anuncio del acuerdo para ceder las Islas Chagos —incluida Diego García, una base militar conjunta británico-estadounidense— a Mauricio provocó un nuevo revuelo. La luna de miel había terminado.

Se iniciaba así el declive laborista: la elección de lord Mandelson -ex diputado por Hartlepool, qué casualidad, como embajador en Estados Unidos y el consiguiente escándalo, cuya primera consecuencia fue la dimisión del todopoderoso jefe de gabinete de Starmer, Morgan McSweeney, fue el principio del fin. El resto, las severas derrotas electorales en las municipales, en Escocia y en Gales, han acelerado lo inevitable.

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